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Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por Yani el Lun 25 Jun - 15:58

 DAY
 
Me mantienen esa noche en el hospital antes de que me liberen a mi apartamento. Para ahora, la noticia ya se sabe: los espectadores me habían visto salir en camilla de mi apartamento, habían corrido la voz a otras personas, y
pronto la propagación fue imparable, y el rumor ha sido pronunciado en cada rincón de la ciudad. He visto los ciclos de noticias tratar de ocultarlo ya dos veces. Yo estaba en el hospital para un chequeo estándar; estaba en el hospital para visitar a mi hermano. Todo tipo de benditas historias. Pero nadie se las cree.
Me paso todo el día disfrutando del lujo de una cama no hospitalaria, viendo              la ligera nieve medio derretida que cae fuera de la ventana, mientras que Eden acampa fuera de la cama a mis pies y juega con un kit de robótica que
habíamos recibido de la República como un regalo. Está armando una especie de robot ahora; coincide un cubo magnético de Luz —una caja del tamaño de la palma de una mano con mini pantallas en sus lados— con varios Brazos, Piernas, y cubos de Ala para crear lo que es esencialmente un pequeño Hombre de Pantallas Gigantes volador. Él sonríe con deleite ante el mismo, luego rompe los cubos por separados y los reorganiza en un par de Piernas andantes que muestran un vídeo alimentador en sus Pantallas Gigantes cada vez que se mueven. Yo sonrío también, momentáneamente contento de que él esté contento. Si hay una cosa buena acerca de la República, es que ellos complacen el amor de Eden por la construcción de cosas. Cada alguna semana parece que conseguimos algún nuevo artilugio que sólo he visto a niños de clase alta poseer. Me pregunto si June es quien apeló esta petición especial para Eden, a sabiendas de lo que hace. O tal vez Anden sólo se siente culpable por todo lo que su padre nos hizo pasar.
Me pregunto si ella ya ha oído la noticia. Debe haberlo hecho.


 
—Ten cuidado —digo cuando Eden se sube a mi cama y se inclina para poner en pie su nueva creación en el borde de la ventana. Sus manos tantean el entorno, palpando el alféizar de la ventana y el cristal—. Si te caes y te rompes algo, vamos a tener que regresar al hospital, y yo no voy a estar feliz por eso.
—Estás pensando en ella de nuevo, ¿no es así? —dispara Eden suavemente en respuesta. Sus ojos ciegos permanecen escudriñando los bloques de pie apenas a unos centímetros de su rostro—. Tu voz siempre cambia.
Parpadeo con sorpresa.
 
—¿Qué?
 
Él mira en mi dirección y levanta una ceja, y la expresión luce cómica en su rostro infantil.
—Oh, vamos. Es tan obvio. ¿Qué es lo que te hizo esta chica, June, de todos modos? Todo el país chismea de ustedes dos, y cuando ella te pidió que fueras a Denver, no pudiste empacar lo suficientemente rápido para los dos. Me dijiste que la llamara a ella en caso de que la República viniera a llevarme alguna vez. Vas a tener que escupirlo tarde o temprano, ¿sí? Siempre estás hablando de ella.
—Yo no hablo de ella todo el tiempo.
 
—Ajá, claro.
 
Me alegro de que Eden no pueda ver mi expresión. Todavía tengo que hablar con él acerca de June y su conexión con el resto de nuestra familia, otra muy buena razón para mantenerme alejado de ella.
—Ella es una amiga —contesto a la final.
 
—¿Te gusta?
 
Mis ojos vuelven a estudiar la escena de lluvia fuera de nuestra ventana.
 
—Sí.
 
Eden espera a que diga más, pero cuando me quedo en silencio, él se encoge de hombros y vuelve a su robot.
—Bien —murmura—. Dime cuando quieras.


 
Como si fuera una señal, mi auricular suena por un segundo de suave estática, advirtiéndome de una llamada entrante. La acepto. Un momento después, la voz susurrada de June se hace eco en mi oído. Ella no dice nada acerca de mi enfermedad, ella sólo sugiere:
—¿Podemos hablar?
 
Yo sabía que sólo sería cuestión de tiempo antes de que yo escuchara de ella. Miro a Eden jugando por un segundo más.
—Tenemos que hacerlo en otro lugar —le susurro en respuesta. Mi hermano me mira fijamente, un momento curioso ante mis palabras. No quiero arruinar mi primer día fuera del hospital al revelar mi pronóstico deprimente a un niño de once años de edad.
—¿Qué tal un paseo, entonces?
 
Miro por la ventana. Es hora de cenar, y los cafés abajo en la planta baja a nivel de la calle están llenos de clientes, casi todos ellos apiñados bajo sombreros, gorras, paraguas y capuchas, manteniéndose a sí mismos protegidos de este crepúsculo de aguanieve. Podría ser un buen momento para caminar sin llamar demasiado la atención.
—¿Qué hay de esto? Ven hasta aquí, y partiremos desde aquí.
 
—Genial —responde June. Ella cuelga.
 
Diez minutos más tarde, mi timbre suena y asusta a Eden por completo; el nuevo robot de cubos que construyó se cae de la cama, tres de sus miembros se separan. Eden vuelve sus ojos hacia mí.
—¿Quién está ahí? —pregunta.
 
—No te preocupes, pequeño —le contesto, caminando hacia la puerta—. Es June.
Los hombros de Eden se relajan ante mis palabras; una sonrisa brillante ilumina su rostro, y él salta fuera del borde de la cama, dejando a su robot de bloques en la ventana. Él tantea su camino hacia el otro extremo de la cama.
—¿Y bueno? —exige—. ¿Es que no la vas a dejar entrar?
 
Parece que durante el tiempo que había pasado viviendo en la calle, me había estado perdiendo de ver a Eden crecer. El chico tranquilo se volvió terco y


 
testarudo. No puedo imaginar cómo es que él heredó eso. Suspiro, no me gusta ocultar las cosas de él, pero ¿cómo puedo explicar esto? Yo le había dicho el año pasado quién es June: una chica de la República que decidió ayudarnos, una chica que ahora está entrenando para ser la futura Princeps del país. No he descubierto todavía cómo decirle el resto, por lo que simplemente no he dicho nada de eso en absoluto.
June no sonríe cuando abro la puerta. Ella mira fijamente a Eden, luego de nuevo a mí.
—¿Ese es tu hermano? —dice en voz baja. Asiento con la cabeza.
—No lo has conocido aún, ¿verdad? —Me doy la vuelta y lo llamo—. Eden. Los modales.
Eden saluda desde la cama.
 
—Hola —dice en voz alta.
 
Doy un paso a un lado para que June pueda entrar. Ella hace su camino hacia donde Eden está, se sienta junto a él con una sonrisa, y toma su pequeña mano en la suya. La sacude dos veces.
—Encantada de conocerte, Eden —dice ella, su voz suave. Me apoyo contra la puerta para ver el intercambio—. ¿Cómo estás?
Eden se encoge de hombros.
 
—Bastante bien, supongo —responde—. Los médicos dicen que mis ojos se han estabilizado. Me tomo diez píldoras diferentes todos los días. —Él inclina la cabeza—. Pero creo que me he estado poniendo más fuerte. —Infla su pequeño pecho un poco, luego adopta una pose fingida flexionando sus brazos. Sus ojos están desenfocados y apuntando ligeramente hacia la izquierda del rostro de June—. ¿Cómo me veo?
June se ríe.
 
—Tengo que decir, te ves mejor que la mayoría de las personas que veo. He oído hablar mucho de ti.
—He oído mucho de ti también —contesta Eden en un apuro—, sobre todo de Daniel. Él piensa que eres muy caliente.


 
—Está bien, ya es suficiente. —Me aclaro la garganta lo suficientemente alto para que él escuche, y luego le disparo una mirada malhumorada a pesar de ser ciego como una roca—. Vayámonos.
—¿Ya has comido? —pregunta ella mientras nos dirigimos hacia la puerta—. Se suponía que debía custodiar a Anden con los otros Princeps Electos, pero él ha sido llamado al cuartel en la Armadura para una rápida sesión informativa… algo acerca de una intoxicación alimentaria entre los soldados. Así que tengo un par de horas libres. —Un ligero rubor toca sus mejillas mientras dice esto—. Pensé que tal vez podríamos tomar un bocado.
Levanto una ceja. Entonces me inclino hacia ella de modo que mi mejilla roza contra la de ella, para mi entusiasmo, la siento temblar ante mi tacto.
—¿Por qué, June? —bromeo en voz baja, suave, sonriendo contra su oído—.
¿Me estás pidiendo una cita?
 
El rubor de June se profundiza, pero ese calor no llega a sus ojos.
 
Mi momento de travesura termina. Me aclaro la garganta, entonces miro por encima del hombro hacia Eden.
—Voy a traer un poco de comida de regreso para ti. No salgas por tu cuenta. Haz lo que Lucy te diga.
Eden asiente, ya absorto con el robot de bloques una vez más.
 
Minutos más tarde, salimos del complejo de apartamentos y entramos en la llovizna espesa. Mantengo mi cabeza baja y el rostro oculto bajo la sombra de una gorra de soldado; mi cuello está protegido debajo de mi gruesa bufanda roja, y mis manos están metidas en los bolsillos de mi abrigo militar.
Es extraño lo mucho que me he acostumbrado a la ropa de la República. June saca el cuello de su abrigo en alto, y su respiración ondea a su alrededor en nubes de vapor. El aguanieve se ha elevado un poco, enviando hielo fresco y agua a mi cara y haciendo cosquillas en mis pestañas. Banderas rojas cuelgan todavía de las ventanas de la mayoría de los rascacielos, y las pantallas gigantes tienen un símbolo rojo y negro en las esquinas de sus emisiones, en honor al cumpleaños de Anden. Otros a lo largo de la calle se apresuran al pasar en un borrón de movimiento. Caminamos en un silencio cómodo, saboreando la simple cercanía del otro.


 
Es un poco raro, en realidad. Hoy es uno de mis mejores días, y no tengo muchos problemas para mantener el ritmo de June; hoy, no se siente como si sólo tengo un par de meses de vida. Tal vez los nuevos medicamentos que me dieron van a funcionar esta vez.
No decimos nada hasta que June finalmente nos detiene en un pequeño y humeante café a varias cuadras de mi apartamento. Ahora mismo puedo ver por qué lo eligió: está en su mayoría vacío, un pequeño punto diminuto en el primer piso de una torre de pisos altos mojados con aguanieve, y no muy bien iluminado. A pesar de que está abierto al aire, al igual que muchas otras cafeterías en la zona, tiene unos cuantos rincones oscuros que son agradables para sentarnos en ellos, y sus únicas luces provienen de las lámparas que brillan intensamente en forma de cubo en cada una de sus mesas. Una anfitriona nos lleva al interior, sentándonos a petición de June en uno de los rincones más oscuros. Placas planas de agua perfumada se asientan dispersas por toda la cafetería. Me estremezco, a pesar de que nuestro lugar es bastante cálido gracias al calor de nuestra lámpara.
¿Qué estamos haciendo aquí otra vez? Una extraña niebla se abalanza sobre             mí, luego se dispersa. Estamos aquí para cenar, eso es lo que estamos haciendo.
Niego con la cabeza. Recuerdo la breve lucha que había tenido hace unos días, cuando no podía recordar el nombre de Lucy. Un pensamiento aterrador emerge.
Tal vez este es un nuevo síntoma. O tal vez sólo estoy siendo paranoico.
 
Después de pedir nuestras órdenes, June toma la palabra. Las motas doradas en sus ojos brillan de color naranja por el resplandor de la lámpara.
—¿Por qué no me lo dijiste? —susurra.
 
Sostengo mis manos contra la lámpara, saboreando el calor.
 
—¿Qué bien habría hecho?
 
June frunce las cejas, y sólo entonces me doy cuenta que sus ojos se ven un poco hinchados, como si hubiera estado llorando. Ella niega con la cabeza hacia mí.
—Los rumores están por todo el lugar —continúa con una voz que apenas puedo oír—. Los testigos dicen que te vieron siendo llevado fuera de tu


 
apartamento en una camilla hace treinta y cuatro horas atrás, uno de ellos al parecer escuchó a un médico hablar de tu condición.
Suspiro y pongo las manos en señal de derrota.
 
—¿Sabes qué?, si esto está de alguna manera causando disturbios en la calle y provocando más problemas para Anden, entonces lo siento. Me dijeron que lo mantuviera en secreto, y lo hice, tan bien como pude. Estoy seguro de que nuestro glorioso Elector encontrará una manera de calmar a la gente.
June se muerde el labio una vez.
 
—Tiene que haber alguna solución, Day. ¿Tus médicos han…?
 
—Ellos ya están intentando todo. —Me estremezco cuando un espasmo doloroso recorre por la parte de atrás de mi cabeza, como si fuera una señal—. He pasado por tres rondas de experimentos. Un progreso lento y doloroso hasta ahora. —Explico a June lo que los médicos me habían dicho, la infección inusual en mi hipocampo, el medicamento que me ha estado debilitando, succionando la fuerza de mi cuerpo—. Créeme, están probando a través de soluciones.
—¿Cuánto tiempo tienes? —susurra.
 
Me quedo en silencio, fingiendo estar fascinado con la lámpara. No sé si tengo el corazón para decirlo.
June se inclina más cerca, hasta que su hombro choca suavemente contra el mío.
—¿Cuánto tiempo tienes? —repite—. Por favor. Espero que todavía te preocupes por mí lo suficiente como para decirme.
Miro hacia ella, lentamente cayendo, como siempre parece que hago, de nuevo bajo su empuje. No me hagas hacer esto, por favor. No quiero decirlo en voz alta para ella; ya que podría significar que en realidad es cierto. Pero ella se ve tan triste y temerosa que no puedo contenerlo. Dejo escapar el aliento, a continuación, corro una mano por mi cabello y bajo mi cabeza.
—Ellos dijeron que un mes —le susurro—. Tal vez dos. Dijeron que debo poner mis prioridades en orden.


 
June cierra los ojos, me parece que la veo balancearse ligeramente en su asiento.
—Dos meses —murmura ausente. La agonía en su rostro me recuerda exactamente por qué yo no quería hacerle saber.
Después de otro largo silencio entre nosotros, June sale de su aturdimiento y alcanza a sacar algo de su bolsillo. Ella vuelve a subir su mano con algo pequeño y metálico en la palma.
—He tenido la intención de darte esto —dice ella.
 
Me quedo mirándolo fijamente. Es un anillo hecho de sujetapapeles, líneas finas de alambres retorcidos en una elegante serie de remolinos y cerrados en un círculo, justo igual al que una vez había hecho para ella. Mis ojos se abren y se abalanzan a los de ella. Ella no dice nada; en cambio, baja la mirada y me ayuda a empujarlo en el dedo anular de mi mano derecha.
—Tuve un poco de tiempo —murmura finalmente.
 
Dirijo una mano a través del anillo asombrado, mis fibras se tensan. Una              docena de emociones se apresuran a través de mí.
—Lo siento —tartamudeo después de un rato, tratando de darle un giro más optimista a todo. ¿Eso es todo lo que puedo decir, después de este regalo de ella?—. Ellos piensan que todavía hay una oportunidad. Van a probar algunos tratamientos más pronto.
—Una vez me dijiste por qué elegiste Day como tu nombre de calle —dice con firmeza. Ella mueve su mano para que esté sobre la mía, ocultando el anillo de sujetapapeles de la vista. El calor de su piel contra la mía hace que mi respiración se entrecorte—. Cada mañana, todo es posible de nuevo. ¿Cierto?
Un río de hormigueos recorre por mi columna vertebral. Quiero tomar su rostro entre mis manos otra vez, besar sus mejillas y estudiar sus ojos oscuros y tristes, y decirle que voy a estar bien. Pero eso no sería más que otra mentira. La mitad de mi corazón se está rompiendo por el dolor en su rostro; y la otra mitad, me doy cuenta con aire de culpabilidad, se hincha de alegría al saber que ella todavía se preocupa. Hay amor en sus trágicas palabras, en los pliegues de ese anillo de metal fino. ¿No es así?
Por último, tomo una respiración profunda.


 
—A veces, el sol se pone más temprano. Los días no duran para siempre, ya sabes. Pero voy a luchar tan duro como pueda. Te puedo prometer eso.
Los ojos de June se suavizan.
 
—No tienes que hacerlo solo.
 
—¿Por qué tendrías que soportar esto? —murmuro de nuevo—. Yo sólo… pensé que sería más fácil de esta manera.
—¿Más fácil para quién? —espeta June—. ¿Tú, yo, el público? ¿Preferirías simplemente pasar a otra vida en silencio un día, sin tener que respirar otra palabra hacia mí?
—Sí, lo preferiría —me encuentro respondiendo bruscamente—. Si te lo hubiera dicho esa noche, ¿habrías aceptado convertirte en una Princeps Electo?
Cualquiera que sean las palabras que se asientan en la punta de la lengua de June van tácitas. Se detiene ante ellas, y luego traga.
—No —admite ella—. No habría tenido el valor de hacerlo. Yo hubiera esperado.
—Exacto. —Tomo una respiración profunda—. ¿Crees que yo quería quejarme contigo acerca de mi salud en ese momento? ¿Para interponerme en el camino entre la posición deseada por toda una vida y tú?
—Esa era mi elección para hacer —dice June con los dientes apretados.
 
—Y yo quería que tú pudieras hacerla sin en el camino. June sacude la cabeza, y sus hombros caen ligeramente.
—¿De verdad crees que me importas tan poco?
 
Nuestra comida llega entonces —humeantes cuencos de sopa, platos de bocadillos para la cena, y un paquete bien envuelto de alimentos para Eden— y caigo con gratitud en silencio. Hubiera sido más fácil para mí, añado para mí. Prefiero hacerme a un lado a que me recuerden todos los días que sólo tengo un par de meses para estar contigo. Sin embargo, me da vergüenza decir esto en voz alta. Cuando June me mira expectante por una respuesta, yo sólo sacudo la cabeza y me encojo de hombros.


 
Y es entonces cuando lo escuchamos. Una alarma resuena lastimera por toda la ciudad.
Es ensordecedor. Ambos nos quedamos inmóviles, entonces levantamos la mirada a los altavoces que cubren todos los edificios de la calle. Nunca he oído una sirena como esta en toda mi vida… un grito interminable y ensordecedor que inunda el aire, ahogando todo a su paso. Las pantallas gigantes se han quedado en negro. Disparo a June una mirada desconcertada. ¿Qué demonios es eso?
Pero June ya no me está mirando. Sus ojos están clavados en los altavoces resonando a todo volumen la alarma por toda la calle, y su expresión está llena de horror. Juntos, observamos como las pantallas gigantes se encienden volviendo a la vida, esta vez cada pantalla es de color rojo sangre, y cada una tiene dos palabras doradas grabadas en negrita a través de sus pantallas:

BUSQUEN CUBIERTA

 
—¿Qué quiere decir? —grito.
 
June agarra mi mano y comienza a correr.
 
—Eso significa que un ataque aéreo está en camino. La Armadura está bajo ataque.




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Yani

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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por mariateresa el Lun 25 Jun - 17:49

Gracias Yani.
Al menos June ya sabe sobre la enfermedad de Day.
Y por que el se alejo de ella.
Que ocurre ahora un ataque aéreo??


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mariateresa

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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por yiany el Mar 26 Jun - 12:17

Gracias Yani por los caps. Se que ya lo dije, pero me enoja la falta de comunicación entre June y Day, les costaba mucho decirse que se extrañan? Por otro lado, Day se preocupa por el bienestar de Eden, pero debería pensar también q pasará con el cuando ya no esté, le pidió que sí algo le ocurría llamara a June, pero no se le ocurre que June debe saber, que merece saber, y ahora se enteró de la peor manera posible.
Y no me gustó lo que dijo Anden, acerca de hacer lo que tenga que hacer, eso y que deliberadamente haya estado manipulando la información que se conoce sobre Day, porque siento q mas que por respetar los deseos de Day, es para evitar una revuelta, para manipular al pueblo, y creo que así como Thomas, en el fondo piensa que el fin justifica los medios.


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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por yiany el Mar 26 Jun - 15:10

me habia perdido el último capi,   Embarassed Embarassed, bueno al menos June tuvo el coraje de ir a hablar con Day y por fin empiezan a poner las cartas sobre la mesa, Day dice q prefiere que no se hubiera enterado, en lugar de recordar que le queda poco tiempo juntos,  violent violent si desperdiciaste un montón de tiempo con ella. entiendo q no quiera ser una carga, etc. pero hay q ser obtuso y ahora están bajo ataque. OMG, OMG


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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por Yani el Mar 26 Jun - 19:04

                     
 

 
 JUNE
 
—Eden.
 
Es la primera palabra que sale de la boca de Day. Las pantallas gigantes siguen transmitiendo su siniestra noticia escarlata mientras los ecos de
alarma resuenan por toda la ciudad, ensordeciéndome con su rugido rítmico y borrando todos los demás sonidos de la ciudad. A lo largo de la calle, algunos se están asomando por las ventanas y evacuando por las entradas de los edificios, tan desconcertados como nosotros estamos por la alarma inusual. Los soldados están fluyendo en formación en la calle, gritando en sus auriculares al ver que el enemigo se acerca. Corro a su lado, los pensamientos
              y los números corriendo a través de mi mente a medida  que avanzamos.
(Cuatro segundos. Doce segundos. Quince segundos una cuadra, lo que significa setenta y cinco segundos hasta que lleguemos al apartamento de Day si seguimos a nuestro ritmo. ¿Hay una ruta más rápida? Y Ollie. Necesito sacarlo de mi apartamento y tenerlo a mi lado.) Un extraño enfoque se apodera de mí, al igual que en el primer momento en que liberé a Day de la Intendencia de Batalla hace tantos meses, como el momento en que Day subió a la Torre del Capitolio para hacer frente al pueblo y yo conduje a los soldados fuera de su camino. Puedo convertirme en un silencioso observador incómodo en la cámara del Senado, pero aquí en las calles, en medio del caos, puedo pensar. Puedo actuar.
Recuerdo haber leído y haber ensayado para esta alarma en particular en la escuela secundaria, aunque Los Ángeles está tan lejos de las Colonias que incluso esos simulacros eran raros. La alarma se iba a utilizar solo si las fuerzas enemigas atacasen nuestra ciudad, si estuviesen justo en las fronteras de la ciudad y abriéndose paso para ingresar. No sé cómo es el proceso en Denver, pero me imagino que no puede ser tan diferente: tenemos que evacuar inmediatamente, luego buscar el búnker subterráneo asignado más cercano y el complejo subterráneo que nos permita transportarnos a una


 
ciudad más segura. Después de que entré a la universidad y me convertí oficialmente en un soldado, el ejercicio cambió para mí: Los soldados deben reportarse de inmediato a la ubicación que sus oficiales les den a través de sus auriculares. Debemos estar preparados para la guerra en cualquier momento.
Pero nunca he escuchado la alarma ser utilizada durante un ataque real en una ciudad de la República, ya que no ha habido uno hasta ahora. La mayoría de los ataques fueron frustrados antes de que nos pudieran alcanzar. Hasta ahora. Y mientras corro junto a Day, sé exactamente lo que debe estar pasando por su mente. Esto desencadena un sentimiento de culpa familiar en mi estómago.
Day nunca ha oído la alarma antes, ni ha ido alguna vez a través de un simulacro para ello. Esto se debe a que es de un sector marginado. Nunca estuve segura antes, y tengo que admitir que nunca pensé mucho sobre ello, pero al ver la expresión confusa de Day hace que sea muy claro. Los búnker subterráneos son solo para la clase alta, los sectores gema. Los pobres son dejados a su suerte.
              Por encima de nosotros, un motor rechina. Un avión de la República. Entonces varios más. Los gritos se elevan y se mezclan con la alarma; me preparo para una llamada de Anden en cualquier momento. Luego, a lo lejos en el horizonte, veo los primeros resplandores de color naranja claro a lo largo de la Armadura. La República está lanzando un contraataque desde el muro. Esto está sucediendo realmente. Pero no debería ser así. Las Colonias nos habían dado tiempo, aunque sea poco, para entregarles un antídoto, y desde ese ultimátum, han pasado solo cuatro días. Mi ira brota. ¿Nos quieren capturar con la guardia baja de una manera tan extrema?
Agarro la mano de Day y acelero mi ritmo.
 
—¿Puedes llamar a Eden? —grito.
 
—Sí —jadea Day. Inmediatamente puedo decir que él no tiene la resistencia que solía tener, su respiración está ligeramente dificultosa, sus pasos un poco más lentos. Un nudo se alberga en mi garganta. De alguna manera, esta es la primera evidencia de su salud desvaneciéndose, lo que me golpea, y mi corazón se aprieta. Detrás de nosotros, otra explosión retumba en el aire nocturno. Aprieto mi agarre en su mano.


 
—Dile a Eden, que esté listo en la entrada del complejo —le grito—. Sé a dónde podemos ir.
Una voz urgente viene por mi auricular. Es Anden.
 
—¿Dónde estás? —dice. Me estremezco mientras detecto un leve atisbo de miedo en sus palabras, otra cosa que rara vez escucho—. Estoy en la Torre del Capitolio. Voy a enviar un jeep para que te recoja.
—Envía un jeep al apartamento de Day. Estaré ahí en un minuto. Y Ollie, mi perro…
—Lo he enviado a los búnker de inmediato —dice Anden—. Ten cuidado. — Entonces, suena un clic, y escucho estática durante un segundo antes de que mi auricular se apague. A mi lado, Day repite mis instrucciones para Eden a través de su propio micrófono.
Cuando llegamos al complejo de apartamentos, los jets de la República están cruzando las nubes cada dos segundos, pintando decenas de senderos en el cielo de la tarde. Multitud de personas ya han comenzado a reunirse fuera del complejo y están siendo guiados en diferentes direcciones por las patrullas de ciudad. Una sacudida de miedo se apodera de mí cuando me doy cuenta que algunos de los aviones en el horizonte no son jets de la República en absoluto, sino desconocidos pertenecientes al enemigo. Si están tan cerca, entonces deben haber conseguido pasar más allá de nuestros misiles de mayor alcance. Dos puntos negros más grandes rondan en el extremo del cielo. Dirigibles de las Colonias.
Day ve a Eden antes que yo. Él es una figura pequeña, de cabellos dorados agarrando la barandilla de la puerta de entrada del complejo de apartamentos, entrecerrando los ojos en vano en el mar de gente que lo rodea. Su cuidadora detrás de él con ambas manos firmemente sobre sus hombros.
—¡Eden! —llama Day en voz alta. El niño eleva su cabeza en nuestra dirección. Day salta los escalones y lo recoge en sus brazos, luego se vuelve hacia mí—. ¿A dónde vamos? —grita.
—El Elector está enviando un jeep para nosotros —le respondo en su oído, para que los demás no escuchen. Ya algunas personas nos están echando miradas de reconocimiento incluso cuando corren por delante de nosotros en


 
una nube de pánico. Me levanto el cuello del abrigo tan alto como puedo, y luego inclino la cabeza. Vamos, murmuro para mis adentros.
—June —dice Day. Me encuentro con sus ojos—. ¿Qué va a pasar con los otros sectores?
Ahí está la pregunta que he estado temiendo. ¿Qué va a pasar con los sectores marginados? No me atrevo a contestar, y en ese breve momento de silencio, Day se da cuenta de la respuesta. Sus labios se contraen en una delgada línea. Una rabia profunda se eleva en sus ojos.
La llegada del jeep me salva de responder inmediatamente. Chilla hasta detenerse varios metros desde donde los demás se han reunido, y dentro veo a Anden saludar una vez hacia mí desde el lado del pasajero.
—Vamos —le insto a Day.
 
Nos abrimos paso por las escaleras mientras un soldado abre la puerta para nosotros. Day ayuda a Eden y a su cuidadora a entrar primero, y cuando los dos están con el cinturón puesto, nosotros subimos. El jeep despega a ritmo vertiginoso a medida que más aviones de la República vuelan por encima. A lo lejos, otra nube brillante naranja se desata de la Armadura. ¿Soy yo, o esa parece alcanzarnos más cerca que antes? (Tal vez más cerca por unos cien metros, dada la magnitud de la explosión.)
—Me alegra ver que todos están a salvo —dice Anden sin darse la vuelta. Él profiere un saludo rápido a cada uno de nosotros, y luego murmura un comando para el conductor, quien hace una curva cerrada alrededor de la siguiente cuadra. Eden deja escapar un grito asustado. La cuidadora le aprieta los hombros y trata de calmarlo.
—¿Por qué tomar el camino más lento? —dice Anden mientras nos desviamos por una calle estrecha. La tierra tiembla desde otro impacto lejano.
—Mis disculpas, Elector —le grita el conductor—. Palabras de que varias explosiones se han disparado en el interior de la Armadura… nuestra ruta más rápida ya no es segura. Ellos han bombardeado algunos jeeps en el otro lado de Denver.
—¿Algún daño?
 
—No muchos, por suerte. Un par de jeeps volcados, varios prisioneros escaparon, y un soldado está muerto.


 
—¿Qué prisioneros?
 
—Todavía estamos confirmando.
 
Un presentimiento desagradable me golpea. Cuando me había ido a ver a Thomas, había habido una rotación de guardias de pie frente a la celda de la comandante Jameson. Cuando me fui, los guardias eran diferentes.
Anden hace un sonido de frustración, luego se vuelve para mirar hacia nosotros.
—Nos dirigimos a una bodega subterránea designada como el Subterráneo Uno. En caso de que tengan que entrar o salir de la bodega, mis guardias escanearán sus pulgares en la puerta de entrada. Ya han oído a nuestro conductor: no es seguro salir por su cuenta. ¿Entienden?
El conductor presiona una mano a su oreja, palidece, y mira a Anden.
 
—Señor, tenemos la confirmación de los prisioneros fugados. Fueron tres. — Duda, luego traga—. El capitán Thomas Bryant. El teniente Patrick Murrey. La comandante Natasha Jameson.
Mi mundo se encoge. Lo sabía. Lo sabía. Tan sólo ayer había visto a la comandante Jameson segura tras las rejas, y hablé con Thomas mientras él se estaba marchitando en la cárcel. No pueden haber ido muy lejos, me digo a mi misma.
—Anden —susurro, forzando mis sentidos en orden—. Ayer, cuando fui a ver a Thomas, había una rotación diferente de guardias. ¿Esos soldados debían estar ahí?
Day y yo intercambiamos una mirada rápida, y por un instante me siento como si el mundo entero nos está tomando por tontos, tejiendo nuestras vidas en una broma cruel.
—Encuentren a los prisioneros —suelta Anden en su micrófono. Su rostro se ha vuelto blanco—. Dispárenles a primera vista. —Mira hacia atrás, a mí, mientras él continúa hablando—. Y tráiganme a los guardias que estaban de guardia. Ahora.
Me estremezco mientras otra explosión hace temblar el suelo. No pueden haber ido muy lejos. Van a ser capturados y disparados para final del día. Repito


 
estas palabras para mí una y otra vez. No, hay algo más en juego aquí. Mi mente revolotea a través de las posibilidades:
No es ninguna coincidencia que la comandante Jameson lograra escapar, que ese ataque de las Colonias ocurriese en el mismo día en que ella iba a ser transferida. Debe haber otros traidores en las filas de la República, soldados que Anden no ha erradicado todavía. La comandante Jameson podría haber estado pasando información a las Colonias a través de ellos. Después de todo, las Colonias de alguna manera sabían cuándo rotaban de turnos nuestros soldados en la Armadura, y en particular que hoy tendrían menos soldados colocados que lo habitual debido a la intoxicación alimentaria. Sabían cómo atacar en nuestro momento más débil.
Si ese es el caso, entonces las Colonias pueden haber estado planeando un ataque durante meses. Tal vez incluso antes del brote de la plaga.
Y Thomas. ¿Estaba él en todo esto? A menos que él hubiese tratado de advertirme. Por eso es que pidió por mí ayer. Como su última petición, pero también con la esperanza de que yo notara algo raro en los guardias. Mi ritmo cardíaco se acelera. Pero, ¿por qué no sólo gritar una advertencia?
—¿Qué pasa a continuación? —pregunto aturdida.
 
Anden inclina su cabeza contra el asiento. Probablemente está pensando en una lista similar de posibilidades sobre los prisioneros fugados, pero no lo dice en voz alta.
—Nuestros aviones están ocupados justo afuera de Denver. La Armadura debería resistir durante un buen rato, pero hay una gran posibilidad de que más fuerzas de las Colonias estén en camino. Vamos a necesitar ayuda. Otras ciudades cercanas han sido alertadas y están enviando a sus tropas en refuerzo, pero… —Anden se detiene para mirarme por encima de su hombro—, podría no ser suficiente. Mientras mantenemos concentrada a la población civil bajo tierra, June, tú y yo necesitamos tener una conversación privada inmediatamente.
—¿En dónde va evacuar a los pobres, Elector? —dice Day tranquilamente.
 
Anden se voltea en su asiento otra vez. Se encuentra con los ojos azules hostiles de Day con la mirada más nivelada que él puede manejar. Me doy cuenta que evita mirar a Eden.


 
—Tengo tropas en su camino hacia los sectores exteriores —dice—. Van a encontrar refugio para los civiles y defenderlos hasta que dé una orden contraria.
—No hay búnker subterráneos para ellos, supongo —responde Day con frialdad.
—Lo siento. —Anden deja escapar un largo suspiro—. Los búnker fueron construidos hace mucho tiempo, antes de que mi padre incluso llegara a ser el Elector. Estamos trabajando para añadir más.
Day se inclina y entrecierra los ojos. Su mano derecha agarra a Eden estrechamente.
—Entonces divide los búnker entre los sectores. Mitad marginados, mitad ricos. La clase alta debería arriesgar el cuello al descubierto tanto como la clase baja.
—No —dice Anden con firmeza, a pesar de que he oído lamento en sus palabras. Él comete el error de discutir este punto con Day, y yo no lo puedo parar—. Si tuviéramos que hacerlo, la logística sería una pesadilla. Los sectores exteriores no tienen las mismas rutas de evacuación, si las explosiones golpearan la ciudad, cientos de miles de personas estarían vulnerables a la intemperie, ya que no seríamos capaces de organizar a todos a tiempo. Evacuamos los sectores gema primero. Entonces podemos…
¡Hazlo! —grita Day—. ¡No me importa tu maldita logística! El rostro de Anden endurece.
—Tú no me vas a hablar a mí de esa manera —espeta él. Hay acero en su voz que reconozco del juicio de la comandante Jameson—. Yo soy tu Elector.
—Y yo te puse ahí —estalla Day de vuelta—. Bien, ¿quieres hablar lógicamente? Juguemos. Si no haces un esfuerzo mayor para proteger a los marginados ahora mismo, prácticamente puedo garantizarte que tendrás una revuelta completa en tus manos. ¿De verdad quieres eso mientras las Colonias están atacando? Como has dicho, tú eres el Elector. Pero no lo serás si el resto de los marginados del país se enteran de cómo estás manejando esto, y hasta yo podría no ser capaz de impedir que inicien una revolución. Ellos ya piensan que la República está tratando de matarme. ¿Cuánto tiempo crees que la


  República podrá sostenerse contra una guerra tanto desde el exterior como
del interior?
 
Anden está mirando hacia delante de nuevo.
 
—Esta conversación ha terminado. —Como siempre, su voz es peligrosamente tranquila, pero podemos escuchar cada palabra.
Day suelta una maldición y se desploma hacia atrás en su asiento. Intercambio una mirada con él, luego niego con la cabeza. Day tiene un punto, por supuesto, y lo mismo ocurre con Anden. El problema es que no tenemos tiempo para éstas tonterías. Después de un momento de silencio, me inclino hacia delante en el asiento, aclaro mi garganta, y pruebo una alternativa.
—Tenemos que evacuar a los marginados dentro de los sectores ricos — digo—. Van a seguir estando sobre tierra, pero los sectores ricos están situados en el centro de Denver, no a lo largo de la Armadura donde la lucha está ocurriendo. Es un plan defectuoso, pero los pobres también verán que estamos haciendo un esfuerzo concertado para protegerlos.  Después,  a
              medida que la gente en los búnker sea evacuada gradualmente a Los Ángeles a través del metro subterráneo, tendremos el tiempo y el espacio para
empezar a filtrar al resto bajo tierra también.
 
Day murmura algo entre dientes, pero al mismo tiempo, gruñe una aprobación reacia. Me lanza una mirada de agradecimiento.
—Suena como un plan mejor para mí. Por lo menos la gente tendrá algo. — Un segundo después, me doy cuenta de qué era lo que había murmurado. Serías un mejor Elector que este tonto.
Anden permanece en silencio por un momento mientras considera mis palabras. Entonces él asiente en acuerdo y aprieta una mano contra su oreja.
—Comandante Greene —dice, luego lanza una serie de órdenes.
 
Me encuentro con los ojos de Day. Él todavía se ve molesto, pero al menos sus ojos no arden en ira como lo estaban hace un segundo. Él vuelve su atención en Lucy, quien tiene un brazo protector envuelto alrededor de Eden. Él se acurruca en un rincón del asiento del jeep con las piernas encogidas y los brazos envueltos alrededor de ellas. Mira de reojo a la escena borrosa que pasa frente a él, pero no estoy segura de qué tanto en realidad puede


 
comprender. Me estiro a través de Day y toco el hombro de Eden. Se tensa inmediatamente.
—Está bien, soy June —le digo—. Y no te preocupes. Vamos a estar bien, ¿me oyes?
—¿Por qué las Colonias entraron? —pregunta Eden, volviendo sus grandes ojos de tono púrpura en mí y Day.
Trago saliva. Ninguno de los dos le responde. Finalmente, después de que él repite su pregunta, Day lo abraza más cerca y le susurra algo al oído. Eden se recuesta del hombro de su hermano. Él todavía se ve triste y asustado, pero el terror es al menos moderado, y nos las arreglamos para terminar el resto del viaje sin decir una palabra más.
Se siente como una eternidad (en realidad el viaje dura apenas dos minutos y doce segundos), pero finalmente llegamos a un edificio indescriptible cerca del corazón del centro de Denver, un rascacielos de treinta pisos cubierto con vigas entrecruzadas en sus cuatro lados. Docenas de patrullas de la ciudad se mezclan con la multitud de civiles, organizándolos en grupos en la entrada.
               Nuestro conductor dirige el jeep a un lado del edificio, donde las patrullas nos dejan pasar la puerta de una cerca improvisada. A través de la ventana, veo
soldados juntar sus talones en sostenidos saludos al pasar. Uno de ellos está sosteniendo a Ollie con una correa. Me desplomo en alivio al verlo. Cuando se detiene el jeep, dos de ellos abren rápidamente las puertas para nosotros. Anden sale, inmediatamente es rodeado por cuatro capitanes de patrulla, todos febrilmente lo actualizan sobre cómo va la evacuación. Mi perro tira de su soldado frenéticamente a mi lado. Agradezco al soldado, tomo la correa, y froto la cabeza de Ollie. Él está jadeando en angustia.
—Por este camino, señorita Iparis —dice el soldado que me abre la puerta.
 
Day me sigue detrás en un silencio tenso, con la mano todavía aferrada con fuerza alrededor de la de Eden. Lucy sale de última. Miro por encima de mi hombro donde está Anden ahora enfrascado en una conversación con sus capitanes; él hace una pausa para intercambiar una rápida mirada conmigo. Sus ojos se mueven a Eden. Sé que el pensamiento que tiene debe ser el mismo pensamiento que atraviesa la mente de Day: Mantén a Eden seguro. Asiento, señalando a él que entiendo, y luego nos movemos más allá de un grupo de evacuados esperando y lo pierdo de vista.


 
En lugar de hacer frente a la formación de civiles en la entrada, la escolta de soldados nos acompaña a través de una entrada independiente y bajando un sinuoso conjunto de escaleras, hasta que llegamos a un pasillo poco iluminado que termina en una serie de anchas doble puertas de acero. Los guardias de pie a la entrada cambian su posición cuando me reconocen.
—Por aquí, señorita Iparis —dicen. Uno de ellos se pone rígido al ver a Day, pero aparta rápidamente la vista cuando Day se encuentra con su mirada. Las puertas se abren para nosotros.
Somos recibidos con una ráfaga de aire caliente y húmedo, y una escena de caos ordenado. La habitación en la que hemos entrado parece como un enorme almacén (tiene la mitad del tamaño de un estadio de Pruebas, tres docenas de luces fluorescentes, y seis filas de vigas de acero que recubren el techo), con una solitaria pantalla gigante en la pared izquierda manando instrucciones para los evacuados de clase alta que se plantan alrededor de nosotros. Entre ellos hay un puñado de personas de los sectores marginados (catorce de ellos, para ser exactos), quienes deben haber sido las amas de llaves y trabajadores de limpieza de algunas de las casas del sector gema.
              Para mi decepción, veo soldados que los separan aparte en una línea diferente. Varias personas de la clase alta les echan miradas de simpatía,
mientras que otras miradas de desprecio. Day los ve también.
—Supongo que todos somos creados iguales —murmura. Yo no digo nada.
 
Algunas de las habitaciones más pequeñas se alinean en la pared derecha. En el otro extremo de la habitación, el final de un vagón de metro estacionado descansa en el interior de un túnel, y la multitud de soldados y civiles se han reunido a lo largo de sus dos plataformas. Los soldados están tratando de organizar a las multitudes de personas asustadas, confundidas, en el metro. A dónde los llevará, sólo puedo adivinar.
A mi lado, Day observa la escena en silencio, con los ojos a fuego lento. Su mano se mantiene sujeta sobre la de Eden. Me pregunto si él está tomando nota de la ropa aristocrática que la mayoría de estos evacuados están usando.
—Disculpe el desorden —me dice un guardia mientras nos acompaña hacia una de las habitaciones más pequeñas. Ella golpea el borde de su gorra en


 
cortesía—. Estamos en las primeras etapas de las evacuaciones, y como puede ver, la primera oleada aún está en curso. Podemos ponerla, así como a Day y a su familia, en la primera oleada también, si no les importa descansar por un momento en una suite privada.
Mariana y Serge podrían ya estar esperando en sus habitaciones también.
 
—Gracias —le respondo.
 
Pasamos por delante de varias puertas, sus ventanas largas y rectangulares revelando vacías habitaciones en blanco con los retratos de Anden colgando en sus paredes. Un par de ellas parecen estar reservadas para funcionarios de alto rango, mientras que otras parecen estar reteniendo a personas que deben haber causado problemas: detenidos con caras hoscas flanqueados por pares de soldados. Una habitación que pasamos retiene varias personas rodeadas de guardias.
Esta es la habitación en la que hago una pausa. Reconozco a una de las personas allí. ¿Realmente es ella?
—Espera —digo en voz alta, dando un paso más cerca de la ventana. Sin lugar a dudas, veo a una chica joven con grandes ojos contundentes, y un desordenado cabello corto, sentada en una silla al lado de un chico de ojos grises y otras tres personas que se ven más andrajosos de lo que recuerdo. Echo un vistazo a nuestra soldado.
—¿Qué están haciendo ahí?
 
Day sigue mi ejemplo. Cuando él ve lo que yo veo, aspira una bocanada de aire.
—Llévanos allí —me susurra. Su voz adquiere una urgencia desesperada—.
Por favor.
 
—Son prisioneros, señorita Iparis —replica la soldado, desconcertada por nuestro interés—. No recomiendo…
Aprieto mis labios.
 
—Quiero verlos —le interrumpo.
 
La soldado duda, echa una mirada alrededor de la habitación, y luego asiente a regañadientes.


 
—Por supuesto —responde ella. Da un paso hacia la puerta y la abre, luego nos introduce en su interior. Lucy se queda justo afuera con su mano agarrando con fuerza a Eden. La puerta se cierra detrás de nosotros.
Me encuentro mirando directamente a Tess y a un puñado de Patriotas.




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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por yiniva el Mar 26 Jun - 19:18

No se si lo que hizo Day de ocultar su enfermedad a June fue lo mejor o no pero por lo menos ella ya lo sabe ahora.
Lo del ataque sorpresivo mostró otra cara del elector, no se vio tan bien que digamos, Day hizo muy bien al confrontarlo, se que no hay tiempo, pero toda la gente pobre que? a ellos que se los cargue el payaso 
gracias Yani


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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por yiany el Miér 27 Jun - 18:36

De acuerdo contigo, Yiniva, todo su discurso de ser diferente hasta el momento es sólo eso, parece que sus actos de cambio son sólo para aplacar que para realmente encontrar una solución al problema.


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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por Yani el Miér 27 Jun - 19:55

                     
 
Traducido por Martinafab y LizC (SOS)
 
Corregido por Vero
DAY
 
 
ueno, maldición. La última vez que vi a Tess, ella estaba de pie en medio del callejón cerca de donde se supone que íbamos a asesinar a Anden, sus puños cerrados y su rostro una imagen rota.
Ella se ve diferente ahora. Más tranquila. Mayor. También se ha vuelto un poco más alta, y su cara que una vez fue de bebé ha adelgazado. Raro de ver.
Ella y los demás están encadenados a sillas. Esa visión no ayuda a mi estado de ánimo. Reconozco a uno de sus compañeros de inmediato, Pascao, el Corredor de piel oscura con una cabeza llena de rizos cortos y esos ojos grises ridículamente pálidos. No ha cambiado mucho, aunque ahora que estoy lo
              suficientemente cerca, puedo ver las huellas de una cicatriz en su nariz y otra
cerca de su sien derecha. Él me lanza una sonrisa blanca y brillante que destila sarcasmo.
—¿Eres tú, Day? —dice, y dándome un guiño coqueto—. Aún tan espléndido como siempre has sido. El uniforme de la República te sienta bien.
Sus palabras escosen. Vuelvo la mirada a los soldados que les están haciendo guardia.
—¿Por qué demonios son prisioneros?
 
Uno de ellos levanta su nariz hacia mí. Basado en todas las malditas condecoraciones en su uniforme, debe ser el capitán de este grupo o algo así.
—Son antiguos Patriotas —dice, enfatizando la última palabra como si estuviera tratando de inducir un pinchazo sobre mí—. Los atrapamos a lo largo del límite de la Armadura, donde estaban tratando de desactivar nuestro equipo militar y ayudar a las Colonias.
Pascao se remueve indignado en su silla.


 
—Tonterías, chico ciego —estalla—. Estábamos acampados a lo largo de la Armadura porque estábamos tratando de ayudar a sus soldados heridos. Tal vez no deberíamos habernos molestado.
Tess me observa con una mirada cautelosa que nunca ha usado conmigo antes. Sus brazos se ven tan pequeños y delgados con esos grilletes gigantes sujetos alrededor de sus muñecas. Aprieto los dientes; mi mirada se posa en las pistolas en los cinturones de los soldados. No hagas movimientos bruscos, me recuerdo a mí mismo. No en torno a estos idiotas de gatillos fáciles. Por el rabillo de mi ojo, me doy cuenta que uno de los otros está sangrado por el hombro.
—Suéltenlos —le digo al soldado—. No son el enemigo. El soldado me mira con frío desprecio.
—Por supuesto que no. Nuestras órdenes eran detenerlos hasta el momento que…
A mi lado, June levanta la barbilla.
 
             —¿Órdenes de quién?
La bravuconería del soldado vacila un poco.
 
—Señorita Iparis, mis órdenes vinieron directamente del mismísimo glorioso Elector. —Sus mejillas se sonrojan cuando ve a June estrechar sus ojos, y luego empieza a balbucear algo acerca de su período de servicio en torno a la Armadura y cuán intensa ha sido la batalla. Doy un paso más cerca a Tess y me agacho hasta que estamos al mismo nivel de ojos. Los guardias mueven sus armas, pero June les suelta una advertencia para que se detengan.
—Has vuelto —le susurro a Tess.
 
A pesar de que Tess todavía se ve cautelosa, algo se suaviza en sus ojos.
 
—Sí.
 
—¿Por qué?
 
Tess vacila. Ella mira a Pascao, quien vuelve sus sorprendentes ojos grises completamente hacia mí.
—Volvimos —responde él—, porque Tess te escuchó llamándonos.


 
Ellos me habían escuchado. Todas esas transmisiones de radio que había estado enviando durante meses y meses no habían terminado perdidas en algún lugar en la oscuridad, de alguna manera, ellos me escucharon. Tess traga saliva antes de reunir el valor suficiente para hablar.
—Primero Frankie te captó en las ondas de aire hace unos meses —dice, señalando a una chica de cabello rizado atada a una de las sillas—. Ella dijo que estabas tratando de ponerte en contacto con nosotros. —Tess baja la mirada—. Yo no quería responder. Pero luego me enteré de tu enfermedad… y…
Así que. La noticia definitivamente se había esparcido.
 
—Oye —le interrumpe Pascao cuando captura mi expresión—. No hemos vuelto a la República sólo porque lo sentimos por ti. Hemos estado escuchando las noticias procedentes de ambos, de ti y las Colonias. Hemos oído hablar de la amenaza de guerra.
—¿Y decidieron venir en nuestra ayuda? —salta June. Sus ojos son suspicaces—. ¿Por qué tan generosos repentinamente?
La sonrisa sarcástica de Pascao se desvanece. Observa a June con una inclinación de la cabeza.
—Eres June Iparis, ¿no es así?
 
El capitán comienza a decirle que se dirija a June de una manera más formal, pero ella simplemente asiente.
—Así que eres la que saboteó nuestros planes y dividió a nuestro equipo.
—Pascao se encoge de hombros—. Sin resentimientos, no es que, ya sabes, fuera un gran fan de Razor o lo que sea.
—¿Por qué están de vuelta en el país? —repite June.
 
—De acuerdo, bien. Nos echaron de Canadá. —Pascao toma una respiración profunda—. Estábamos escondidos por ahí después de que todo se vino abajo durante la… —se detiene para mirar a los soldados a su alrededor—, la, eh, ya sabes. Nuestro juego con Anden. Pero luego los canadienses se dieron cuenta que se suponía que no teníamos que estar en su país, y tuvimos que huir hacia el sur. Muchos de nosotros se dispersaron. No sé en dónde está la mitad de nuestro grupo original ahora, las posibilidades son que algunos de ellos todavía estén en Canadá. Cuando la noticia sobre Day


 
irrumpió, la pequeña Tess aquí preguntó si podía dejarnos y regresar a Denver por su cuenta. No quería que, bueno, muriera… así que vinimos. —Pascao baja la mirada por un momento. Él no para de hablar, pero puedo decir que sólo está balbuceando a este punto, tratando de darnos alguna razón salvo la primera—. Con las Colonias invadiendo, pensé que si intentábamos ayudar como refuerzo en la guerra, entonces tal vez podríamos conseguir el perdón y el permiso para permanecer en el país, pero sé que su Elector no es probablemente nuestro mayor…
—¿Qué es todo esto?
 
Todos nos damos la vuelta ante la voz, justo cuando los soldados en la habitación estallan en saludos. Me levanto de mis cuclillas para ver a Anden parado en la puerta con un grupo de guardaespaldas detrás de él, sus ojos oscuros y ominosos, su mirada fija por primera vez en June, en mí, y luego en los Patriotas. A pesar de que no ha pasado tanto tiempo desde que lo dejamos atrás para hablar con sus generales, tiene una fina capa de polvo sobre los hombros de su uniforme, y su rostro se ve sombrío. El capitán que había estado hablando con nosotros antes ahora se aclara la garganta con
             nerviosismo.
—Mis disculpas, Elector —comienza—, pero detuvimos a estos criminales cerca de la Armadura…
Ante eso, June se cruza de brazos.
 
—Entonces, ¿supongo que usted no fue el que aprobó esto, Elector? —le dice ella a Anden. Hay un borde en su voz que me dice que ella y Anden no están en el mejor de los términos en este momento.
Anden observa la escena. Nuestra discusión del paseo en auto está probablemente aún hirviendo en su mente, pero no se molesta en mirar en mi dirección. Bueno, bien. Tal vez le he dado algo en que pensar. Finalmente, mueve la cabeza hacia el capitán.
—¿Quiénes son?
 
—Antiguos Patriotas, señor.
 
—Ya veo. ¿Quién ordenó esto?
 
El capitán se vuelve de color rojo brillante.


 
—Bueno, Elector —responde, tratando de sonar oficial—, mi comandante…
 
Pero Anden ya ha quitado su atención del capitán mentiroso y empieza a salir de la habitación.
—Sáquenles esos grilletes —dice sin darse la vuelta—. Manténganlos aquí por ahora, y luego evacúenlos con el grupo final. Vigílenlos cuidadosamente.
—Hace un gesto para que lo sigamos—. Señorita Iparis. Señor Wing. Si hacen el favor.
Miro hacia atrás una vez más a Tess, quien está mirando a los soldados soltar las ataduras de sus muñecas. Entonces salgo con June. Eden se precipita hacia mí, casi chocando conmigo ante su prisa, y tomo su mano de vuelta en la mía.
Anden nos detiene ante un grupo de soldados de la República. Frunzo el ceño al verlos. Cuatro de los soldados están de rodillas en el suelo con las manos en la cabeza. Sus ojos permanecen bajos. Uno llora en silencio.
Los soldados restantes del grupo tienen sus armas apuntando a los soldados arrodillados. El soldado a cargo se dirige a Anden.
—Estos son los guardias que estaban a cargo de la comandante Jameson y el capitán Bryant. Encontramos una comunicación sospechosa entre uno de ellos y las Colonias.
No hay duda del por qué nos trajo hasta aquí, para ver las caras de nuestros potenciales traidores. Miro de nuevo a los guardias capturados. El que está llorando levanta la mirada hacia Anden con ojos suplicantes.
—Por favor, Elector —ruega—. No tuve nada que ver con sus escapes. Y-yo no sé cómo sucedió. Yo… —Sus palabras se cortan cuando un cañón de pistola le golpea en la cabeza.
El rostro de Anden, normalmente serio y reservado, se ha vuelto helado. Miro a los soldados arrodillados de espaldas a él. Está en silencio por un momento. Luego inclina la cabeza hacia sus hombres.
—Interróguenlos. Si no cooperan, dispárenles. Corran la voz al resto de las tropas. Que sea una lección para otros traidores dentro de nuestras filas. Háganles saber que vamos a eliminarlos de raíz.
Los soldados con las armas juntan sus talones en posición de firmes.


 
—Sí, señor. —Arrastran sobre sus pies a los traidores acusados. Una sensación de malestar llega a mi estómago. Pero Anden no se arrepiente de sus palabras, en lugar, observa cómo los soldados son arrastrados, gritando y suplicando, fuera del búnker. June luce afectada. Sus ojos siguen a los prisioneros.
Anden se vuelve hacia nosotros con una expresión severa.
 
—Las Colonias tienen ayuda.
 
Un ruido sordo se hace eco desde algún lugar por encima de nosotros, y el suelo y el techo tiemblan en respuesta. June observa más de cerca a Anden, como si lo analizara.
—¿Qué clase de ayuda?
 
—Vi sus escuadrones en el aire, justo más allá de la Armadura. No son todos aviones de las Colonias. Algunos de ellos tienen estrellas africanas pintadas en sus lados. Mis generales dicen que las Colonias son lo suficientemente confiadas como para haber estacionado una aeronave y un escuadrón de jets a menos de un kilómetro de nuestra Armadura, estableciendo una pista de aterrizaje improvisada sobre la marcha. Están preparándose para otro asalto.
Mi mano se estrecha alrededor de la de Eden. Él mira de reojo a la multitud de evacuados cerca del metro, pero probablemente no puede ver nada más que una masa de borrones en movimiento. Me gustaría poder quitar esa mirada asustada de su cara.
—¿Cuánto tiempo aguantará Denver? —pregunto.
 
—No lo sé —responde Anden con gravedad—. La Armadura es fuerte, pero no podemos luchar contra una superpotencia por mucho tiempo.
—Así que, ¿qué hacemos ahora? —dice June—. Si no podemos mantenerlos a raya solos, entonces, ¿simplemente vamos a perder esta guerra?
Anden niega con la cabeza.
 
—Necesitamos ayuda también. Voy a conseguirnos una audiencia con las Naciones Unidas o con Antártida, ver si están dispuestos a reforzar las tropas. Nos podrían dar tiempo suficiente para… —Él mira a mi hermano, tranquilo y calmado a mi lado. Una punzada de culpa y rabia me golpea. Estrecho mis ojos hacia Anden, la palma de mi mano se aprieta más en el brazo de mi


 
hermano. Eden no debería estar en medio de esto. Yo no debería tener que elegir entre perder a mi hermano y perder este maldito país.
—Con suerte no se llegará a eso —le digo.
 
Mientras él y June se lanzan en una conversación profunda acerca de Antártida, miro hacia atrás a la sala donde Tess y los Patriotas son retenidos. A través de la ventana, puedo ver a Tess atender con esmero a la chica con el hombro sangrando mientras los soldados miran con expresiones incómodas. No sé por qué todos esos asesinos entrenados deberían tener miedo de una niña armada con un puñado de vendas y alcohol. Me estremezco al pensar en la forma en que Anden ordenó a sacar fuera del refugio y ser asesinados a esos soldados acusados. Pascao se ve frustrado, y por un momento, se encuentra con mi mirada a través del cristal. A pesar de que no mueve la boca, puedo decir lo que está pensando.
Él sabe que capturar a los Patriotas en el interior de una habitación durante la mitad de una batalla, mientras que los civiles y soldados del mismo modo están siendo asesinados por encima del suelo, es una maldita pérdida total.
                 —Elector —digo de repente, volviéndome para enfrentar a Anden y a June. Él se detiene a mirarme—. Déjenlos salir de este refugio. —Cuando Anden permanece en silencio, obligándome a seguir, agrego—: Ellos pueden ayudar
a sus fuerzas allá arriba. Apuesto a que pueden jugar el juego de guerrillas mejor que cualquiera de sus soldados, y puesto que no vas a evacuar los sectores marginados por un tiempo, vas a necesitar toda la ayuda que puedas tener.
June no dice nada acerca de mi golpe, pero Anden cruza los brazos sobre el pecho.
—Day, perdoné a los Patriotas como parte de nuestro acuerdo original, pero no me he olvidado de mi difícil historia con ellos. Aunque no quiero ver a tus amigos encadenados como prisioneros, no tengo ninguna razón para creer que ahora van a ayudar a un país que ellos han aterrorizado durante tanto tiempo.
—Son inofensivos —insisto—. No tienen ninguna razón para luchar en contra de la República.
—Tres presos condenados a muerte acaban de escapar —espeta Anden—. Las Colonias han lanzado un ataque sorpresa en nuestra capital. Y ahora mis


 
aspirantes a asesinos están sentados a unos diez metros de mí. No estoy de humor más indulgente.
—Estoy tratando de ayudarte —le espeto en respuesta—. Acabas de atrapar a tus traidores, de todos modos, ¿no? ¿De verdad crees que los Patriotas tuvieron algo que ver con la fuga de la comandante Jameson? ¿Sobre todo cuando ella los lanzó a los perros? ¿Crees que me gusta la idea de que los asesinos de mi madre anden sueltos ahora? Dale rienda suelta a los Patriotas, y ellos van a luchar para ti.
Anden entorna los ojos.
 
—¿Qué te hace pensar que son tan leales a la República?
 
Permíteme liderarlos —le digo. Eden sacude su cabeza hacia mí con sorpresa—. Y tendrás su lealtad. —June me lanza una mirada de advertencia; respiro profundo, trago mi frustración, y me obligo a calmarme. Ella tiene razón. No tiene sentido enojarse con Anden si lo necesito de mi lado—. Por favor —agrego en voz más baja—. Deja que te ayude. Tienes que confiar en alguien. No te limites a dejar morir a la gente ahí fuera.
Anden estudia mi rostro por un largo momento, y con un escalofrío, me doy cuenta de lo mucho que se parece a su padre. Sin embargo, la similitud está allí sólo por un instante, y luego desaparece, sustituida por la mirada severa, preocupada de Anden. Como si de repente se acordara de quienes somos. Suspira profundamente y aprieta los labios.
—Quiero saber cuál es tu plan —dice finalmente—. Y ya veremos. Mientras tanto, te sugiero que lleves a tu hermano en el tren. —Cuando él ve mi expresión, añade—, va a estar a salvo hasta que te unas a él. Te doy mi palabra.
Luego se da la vuelta y le hace señas a June para que lo acompañe. Dejo que mi aliento salga a medida que veo a un soldado conducirlo a él y a June hacia un grupo de generales. June me mira por encima del hombro a medida que avanzan. Sé que está pensando lo mismo que yo. Está preocupada por lo que esta guerra está haciendo a Anden. Lo que está haciendo a todos nosotros.
Lucy interrumpe mis pensamientos.
 
—Tal vez deberíamos llevar a tu hermano al tren de evacuación —dice ella. Me da una mirada comprensiva.


 
—Cierto. —Miro hacia Eden y doy unas palmaditas en su hombro. Intento mi mejor esfuerzo para tener fe en la promesa del Elector—. Vayamos hacia el tren y obtengamos los detalles sobre cómo sacarte de aquí.
—¿Qué hay de ti? —pregunta Eden—. ¿De verdad vas a liderar algún tipo de asalto?
—Me reuniré contigo en Los Ángeles. Te lo juro.
 
Eden no hace ni un sonido cuando nos encaminamos hacia la plataforma del tren y dejo que los soldados nos escolten hacia el frente. Su expresión se ha tornado seria y hosca. Cuando por fin estamos en frente de la puerta de cristal cerrada del metro, me inclino a la altura de sus ojos.
—Mira… lo siento, no voy contigo en este momento. Tengo que quedarme aquí y ayudar, ¿de acuerdo? Lucy va a ir contigo. Ella va a mantenerte a salvo. Me reuniré contigo tan pronto…
—Sí, está bien —se queja Eden.
—Oh. —Me aclaro la garganta. Eden está enfermo, es de mente cerrada y de               vez en cuando odioso, pero raramente está enojado como esta vez. Incluso después de su ceguera, se ha mantenido optimista. Así que su franqueza me
derriba—. Bien, eso es bueno —me decido a responder—. Me alegra que estés…
—Estás escondiendo algo de mí, Daniel —me interrumpe—. Lo puedo decir.
¿Qué es?
 
Hago una pausa.
 
—No, no lo hago.
 
—Eres un mentiroso terrible. —Eden se aparta de mi alcance y frunce el ceño—. Algo pasa. Lo pude oír en la voz del Elector, y luego me dijiste aquella cosa rara el otro día, acerca de cómo tenías miedo que los soldados de la República vinieran a llamar a nuestra puerta… ¿Por qué iban a hacer eso, de repente? Pensé que todo estaba bien ahora.
Suspiro e inclino mi cabeza. Los ojos de Eden se ablandan un poco, pero su mandíbula se mantiene firme.
—¿Qué es? —repite.


 
Él tiene once años. Merece saber la verdad.
 
—La República quiere que vuelvas para más experimentación —le contesto, manteniendo mi voz baja para que sólo él pueda oírme—. Hay un virus que se está propagando en las Colonias. Ellos creen que tienes el antídoto en tu sangre. Quieren llevarte a los laboratorios.
Eden se queda mirando en mi dirección durante un largo rato, en silencio. Por encima de nosotros, otro ruido sordo sacude la tierra. Me pregunto qué tan bien está aguantando la Armadura. Segundos se arrastran. Por último, pongo una mano en su brazo.
—No voy a dejar que te lleven lejos —digo, tratando de tranquilizarlo—. ¿De acuerdo? Vas a estar bien. Anden, el Elector, sabe que no te pueden llevar sin arriesgar una revolución en el pueblo. Él no puede hacerlo sin mi permiso.
—Todas esas personas en las Colonias van a morir, ¿no es así? —murmura Eden en voz baja—. ¿Los que tienen el virus?
Vacilo. Nunca me atreví a preguntar sobre cuáles eran exactamente los síntomas de la peste, dejé de escuchar al instante en que mencionaron a mi hermano.
—No lo sé —le confieso.
 
—Y luego van a extenderla a la República. —Eden baja la cabeza y se retuerce las manos—. Tal vez la están extendiendo ahora mismo. Si se apoderan de la capital, la enfermedad se propagará. ¿No es así?
—No lo sé —repito.
 
Los ojos de Eden buscan mi cara. A pesar de ser casi ciego, puedo ver la tristeza en ellos.
—No tienes que tomar todas mis decisiones, sabes.
 
—No pensé que lo estuviera haciendo. ¿No quieres evacuar a Los Ángeles? Es más seguro ahí, y ya te dije… me reuniré contigo allí. Lo prometo.
—No, eso no. ¿Por qué decidiste mantener esto en secreto?
 
¿Esto es lo que le molesta?
 
—Es una broma, ¿verdad?


  —¿Por qué? —insiste Eden.
 
—¿Habrías aceptado? —Me acerco a él, luego, echo un vistazo alrededor a los soldados y los evacuados y bajo la voz—. Sé que declaré mi apoyo a Anden, pero eso no significa que me he olvidado de lo que la República hizo a nuestra familia. A ti. Cuando te vi enfermar, cuando las patrullas de la peste llegaron a nuestra puerta y te arrastraron fuera en esa camilla, con la sangre oscureciendo tus ojos… —Me detengo, cierro los ojos, y aparto la escena. La he reproducido en mi cabeza un millón de veces; no hay necesidad de volver a examinarla de nuevo. La memoria hace que el dolor estalle en la parte posterior de mi cabeza.
—¿No crees que lo sé? —contraataca Eden en voz baja, desafiante—. Eres mi hermano, no nuestra madre.
Estrecho mis ojos.
 
—Lo soy ahora.
 
—No, no lo eres. Mamá está muerta. —Eden toma una respiración profunda—. Recuerdo lo que la República nos hizo. Por supuesto que sí. Sin embargo, las Colonias están invadiendo. Quiero ayudar.
No puedo creer que Eden me esté diciendo esto. No entiende las longitudes a la que irá la República… ¿realmente ha olvidado sus experimentos?
Me inclino hacia adelante y pongo mi mano en su pequeña muñeca.
 
—Podría matarte. ¿Te das cuenta de eso? Y puede que incluso no encuentren una cura usando tu sangre.
Eden se aleja de mí otra vez.
 
—Es mi decisión. No tuya.
 
Sus palabras se hacen eco a las de June.
 
—Bien —espeto—. Entonces, ¿cuál es tu decisión, chico? Él se arma de valor.
—Tal vez quiero ayudar.
 
—Tienes que estar bromeando. ¿Quieres ayudarlos en esto? ¿Sólo lo estás haciendo para ir en contra de lo que yo estoy diciendo?


  —Lo digo en serio.
 
Un nudo se levanta en mi garganta.
 
—Eden —comienzo—, hemos perdido a mamá y John. Papá se ha ido. Eres todo lo que me queda. No puedo soportar perderte también. Todo lo que he hecho hasta ahora, lo he hecho por ti. No voy a dejar que arriesgues tu vida para salvar a la República… o las Colonias.
El desafío se desvanece de los ojos de Eden. Él apoya sus brazos en la barandilla e inclina la cabeza contra sus manos.
—Si hay una cosa que sé de ti —dice—, es que no eres egoísta.
 
Hago una pausa. Egoísta. Soy egoísta: quiero que Eden esté protegido, fuera de peligro, y no me importa lo que piensa acerca de eso. Pero ante sus palabras, mi culpa burbujea. ¿Cuántas veces John había intentado mantenerme fuera de problemas? ¿Cuántas veces tuvo él que advertirme en contra de meterme con la República, o tratar de encontrar una cura para Eden? Yo nunca había escuchado, y no me arrepiento de ello. Eden se me queda mirando con sus ojos ciegos, una discapacidad que la República le provocó. Y ahora él se está ofreciendo a sí mismo, un cordero de sacrificio para la masacre, y no puedo entender por qué.
No. Lo entiendo. Él es yo… está haciendo lo que yo habría hecho.
 
Pero la idea de perderlo es demasiado difícil de soportar. Pongo mi mano sobre su hombro y lo empiezo a dirigir al interior.
—Llega a Los Ángeles primero. Hablaremos de esto más tarde. Es mejor que pienses en esto, porque si te ofreces voluntariamente para esto…
Ya lo pensé —responde Eden. Luego se retira de mi alcance y da un paso atrás a través de la puerta de abordaje—. Y además, si vinieran por mí, ¿de verdad crees que podremos detenerlos?
Y entonces le llega su turno para entrar. Lucy lo ayuda a pasar al metro, y yo sostengo su mano por un breve momento antes de que tenga que dejarlo ir. A pesar de lo molesto que parece estar, Eden aun así agarra mi mano con fuerza.


 
—Date prisa, ¿de acuerdo? —me dice. Sin previo aviso, lanza sus brazos alrededor de mi cuello. Junto a él, Lucy me da una de sus sonrisas tranquilizadoras.
—No te preocupes, Daniel —dice ella—. Voy a ver por él como un halcón.
 
Asiento con gratitud hacia ella. Entonces abrazo a Eden fuertemente, aprieto mis ojos ya cerrados, y tomo una respiración profunda.
—Nos vemos pronto, pequeño —le susurro. Luego de mala gana desenredo sus dedos de los míos. Eden desaparece en el metro. Momentos más tarde, el tren se aleja de la estación y lleva la primera oleada de evacuados hacia la costa oeste de la República, dejando sólo las palabras de Eden detrás, zumbando en mi mente.
Tal vez quiero ayudar.
 
Me siento solo por algún tiempo después de la salida de su metro, perdido en mis pensamientos, repasando esas palabras varias veces. Yo soy su guardián ahora, tengo todo el derecho de evitar que se haga daño, y demonios, si voy a verlo de nuevo en los laboratorios de la República después de todo lo que he hecho para mantenerlo lejos de ahí. Cierro los ojos y entierro mis manos en mi cabello.
Después de un rato, me dirijo de nuevo a la sala donde mantienen retenido a los Patriotas. La puerta está abierta. Cuando entro, Pascao deja de estirar sus brazos y Tess levanta la vista de donde está terminando el vendaje del hombro de la chica herida.
—Así que —les digo, mis ojos demorándose en Tess—. ¿Han regresado a la ciudad para provocarles a las Colonias un infierno? —Tess deja caer su mirada.
Pascao se encoge de hombros.
 
—Bueno, no importará si nadie nos va a permitir regresar hasta allá. ¿Por qué? ¿Tienes algo en mente?
—El Elector ha dado su permiso —respondo—. Siempre y cuando yo esté a cargo, él piensa que vamos a ser lo suficientemente buenos como para no volvernos en contra de la República. —Qué estúpido miedo, de todos modos. Todavía tienen a mi hermano, ¿no?


  Una lenta sonrisa se extiende en el rostro de Pascao.
 
—Bueno. Eso suena a que podría ser divertido. ¿Qué tienes en mente? Pongo mis manos en mis bolsillos y adopto mi máscara arrogante de nuevo.
—En lo que siempre he sido bueno.




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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por yiniva el Jue 28 Jun - 13:58

Ijole, esto cada vez esta mas bueno, no pensé que Eden quisiera ayudar, pero esta dispuesto, y ahora que regresaron los chicos volverán a pelear juntos.
gracias Yani


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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por mariateresa el Jue 28 Jun - 16:18

Por que no se acaba esa guerra insensata..
Ahora que Day va a tener su pequeño grupo de rebeldes esperemos que a Edén no le ocurra nada estando solo con Lucy.
Gracias


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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por yiany el Vie 29 Jun - 6:40

Gracias por el cap. Eden quiere ayudar a su manera, lo mismo que Day. Sin embargo, no me gusta nada la actitud de Anden, Ojalá no se compliquen más las cosas


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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por FernandaGnzlz el Vie 29 Jun - 15:54

gracias por el cap
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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por Yani el Sáb 30 Jun - 15:08

                      JUNE
 
Traducido por ElyCasdel y Nelshia (SOS)
 
Corregido por Vero
 
 
 
51.5 HORAS DESDE MI ÚLTIMA CONVERSACIÓN CON THOMAS.
15 HORAS DESE LA ÚLTIMA VEZ QUE VI A DAY.
8 HORAS DESDE QUE EL BOMBARDEO DE LAS COLONIAS EN LA ARMADURA DE DENVER LLEGÓ A UNA TREGUA.
 
 
stamos en el avión del Elector dirigido a Ross City, Antártida.
 
Me siento frente a Anden. Ollie está recostado a mis pies. Los otros dos Princeps Electos están en el compartimento adyacente,
                                       separados de nosotros por un vidrio (1x2 metros, a prueba de
balas, el sello de la República curvado en el lado frente a mí, a juzgar por las orillas del corte). Fuera de la ventana, el cielo es azul brillante y una manta de nubes rellena el fondo de nuestra vista. En cualquier minuto, deberíamos sentir el descenso del avión y ver la expansión de la metrópolis de Antártida hacerse visible.
He estado callada durante la mayor parte del viaje, he escuchando mientras Anden toma una lluvia interminable de llamadas de Denver sobre la batalla. Solo cuando estamos casi en las aguas antárticas finalmente hay silencio. Veo como la luz juega con sus facciones, contorneando el joven rostro que posee ese tipo de pensamientos, hartos del mundo.
—¿Cuál es la historia entre Antártida y nosotros? —pregunto después de un rato. Lo que realmente quiero decir es: ¿Crees que nos ayudarán? Pero esa pregunta es sólo una tontería, imposible de responder y no tiene sentido preguntar.
Anden mira lejos de la ventana y fija sus brillantes ojos verdes sobre mí.


 
—Antártida nos brindó ayuda. Hemos estado teniendo ayuda internacional por décadas. Nuestra economía no es lo suficientemente fuerte para mantenerse sola.
Aún me desquicia que la nación que una vez creí tan poderosa esté en realidad luchando por sobrevivir.
—¿Y cuál es nuestra relación con ellos ahora?
 
Anden mantiene su mirada fijamente en mí. Puedo ver la tensión en sus ojos, pero su rostro permanece recompuesto.
—Antártida ha prometido duplicar su ayuda si podemos redactar un tratado que consiga que Las Colonias conversen nuevamente con nosotros. Y han amenazado con reducir a la mitad su ayuda si no tenemos un tratado antes de finales de este año. —Hace una pausa—. Así que estamos visitándolos no sólo para buscar ayuda, sino para persuadirlos de no negar la ayuda.
Tenemos que explicar por qué todo se ha venido abajo. Trago.
 
—¿Por qué Antártida?
 
—Tienen gran rivalidad con África —responde Anden—. Si alguien con poder nos ayudará a ganar una guerra contra las Colonias y África, serán ellos. —Se acerca y descansa los codos en sus rodillas. Sus manos enguantadas están a treinta centímetros de mis piernas—. Veremos qué sucede. Les debemos mucho dinero, y no han estado contentos con nosotros durante los últimos años.
—¿Alguna vez has visto al Presidente en persona?
 
—Algunas veces lo visité con mi padre —responde Anden. Me ofrece una sonrisa torcida que manda revoloteos inesperados a mi estómago—. Él era encantador durante las reuniones. ¿Crees que tengo una oportunidad?
Le sonrío en respuesta. Puedo sentir el doble sentido de su pregunta; no sólo está hablando de Antártida.
—Eres carismático, si es lo que estás preguntando —decido responder.
 
Anden se ríe un poco. El sonido me da calor. Él voltea a otra parte y baja la mirada.
—No he sido muy bueno siendo encantador últimamente —murmura.


 
El avión desciende. Giro mi atención a la ventana y tomo una respiración profunda, luchando contra el ligero rubor en mis mejillas.
Las nubes se acercan mientras descendemos, y pronto estamos envueltos en una niebla gris; después de unos minutos salimos del centro para ver una gran extensión de tierra cubierta con una densa capa de rascacielos que vienen en un gran surtido de colores brillantes. Contengo el aliento ante la visión. Una mirada es todo lo que necesito para confirmar justo cuán grande es la brecha tecnológica y económica entre la República y Antártida. Un delgado y transparente domo se extiende por la ciudad, pero pasamos a través de él tan fácilmente como nos deslizamos entre las nubes.
Cada edificio parece tener la capacidad de cambiar de colores a su antojo (dos han pasado de un verde pastel a un azul profundo, y uno ha cambiado de dorado a blanco), y cada edificio luce flamante, pulido y perfecto en una forma que muy pocos edificios de la República lo hacen. Enormes y elegantes puentes conectan muchas de las torres de los rascacielos, brillantemente blancos bajo la luz del sol, cada uno uniendo el piso de un edificio con el edificio adyacente y formando una red de panales de marfil. Los puentes más
               altos tienen plataformas redondas en el centro. Cuando miro más de cerca, veo lo que parecen aeronaves estacionadas en las plataformas. Otra rareza:
todos los rascacielos tienen enormes hologramas plateados de números flotando sobre los techos, cada uno oscila entre el uno y el treinta mil. Frunzo el ceño. ¿Están siendo transmitidas por una luz en las azoteas? Tal vez significan la población habitando cada edificio, aunque si ese fuera el caso, treinta mil parece ser relativamente bajo dado el tamaño de cada edificio.
La voz de nuestro piloto suena a través del intercomunicador para confirmar nuestro arribo. Mientras los edificios coloreados dulcemente llenan nuestra vista gradualmente, nos detenemos en una de las plataformas de los puentes. Abajo, veo gente corriendo para preparar el aterrizaje de nuestro jet. Cuando finalmente estamos suspendidos sobre la plataforma, una abrupta sacudida nos tira a todos en nuestros asientos. Ollie levanta su cabeza y gruñe.
—Estamos magnéticamente ensamblados ahora —me dice Anden cuando ve mi expresión sorprendida—. De aquí en adelante, nuestro piloto no necesita hacer nada. La plataforma por sí misma nos jalará para el aterrizaje.


 
Bajamos tan suavemente que no siento ni una cosa. Mientras salimos del avión, rodeados de nuestro séquito de senadores y guardias, estoy sorprendida primero por la temperatura de fuera. Una brisa fresca, la calidez del sol. ¿No estamos en el extremo más alejado de la tierra? Veintidós grados es mi percepción, viento del suroeste, una brisa sorpresivamente ligera considerando cuán alto del nivel del mar estamos. Luego recuerdo el delgado domo sin sustancia por el que pasamos. Debe ser la forma en que los antárticos controlan el clima en sus ciudades.
A continuación, estoy sorprendida de vernos inmediatamente dirigidos dentro de una carpa por un grupo de personas en batas blancas y máscaras de gas; la noticia de las plagas de las Colonias debe haberse esparcido aquí. Uno de ellos rápidamente inspecciona mis ojos, nariz, y oídos, y después pasa una luz verde brillante por todo mi cuerpo. Espero en tenso silencio mientras la persona —¿hombre o mujer? No puedo estar segura— analiza las lecturas en un dispositivo manual. Por la esquina de mi ojo, puedo ver a Anden pasando por los mismos exámenes, ser el Elector de la República no parece exentarlo de estar posiblemente contaminado con la plaga. Eso toma unos buenos diez minutos antes de que estemos completamente aprobados para
              entrar y ser conducidos fuera de la tienda.
Anden saluda a tres antárticos —cada uno vestido de traje de un corte extraño color verde, negro y azul, respectivamente— esperándonos en la bajada del puente con unos cuantos guardias.
—Espero que su vuelo estuviera bien —dice uno de ellos mientras Mariana, Serge y yo nos aproximamos. Ella nos saluda en inglés, pero su acento es espeso y exuberante—. Si lo prefieren, podemos enviarlos a casa en uno de nuestros jets.
La República difícilmente es perfecta, lo he sabido durante mucho tiempo, y ciertamente desde que conocí a Day. Pero las palabras de la mujer antártica son tan arrogantes que me siento enfadada. Aparentemente los jets de nuestra República no son suficientemente buenos para ellos. Miro a Anden para ver cuál será su reacción, pero simplemente inclina la cabeza y le ofrece una hermosa sonrisa a la mujer.
Gracias, Lady Medina. Usted siempre tan agraciada —responde—. Estoy muy agradecido por su ofrecimiento, pero ciertamente no quiero abusar. Nos las arreglaremos.


 
No puedo evitar admirar a Anden. Cada día, veo más evidencia de la carga que lleva.
Después de algo de discusión, renuentemente permito que uno de los guardias se lleve a Ollie a las habitaciones de hotel donde nos estaremos quedando. Luego todos permanecemos en silencio durante el paseo mientras los antárticos nos guían desde la plataforma y nos llevan por el puente que conecta con el edificio color escarlata, aunque no estoy segura de si es en honor a nuestro aterrizaje. Hago mi camino cerca del borde del puente, así puedo mirar abajo hacia la ciudad. Por una vez, me cuesta trabajo contar los pisos (basada en los puentes saliendo de cada piso, este edificio tiene más de trescientos pisos, aproximadamente: trescientos veintisiete, aunque eventualmente aparto la mirada ante la sensación de vértigo).
La luz del sol baña los pisos más altos, pero los más bajos también están brillantemente iluminados; deben estar simulando luz solar para esos que caminan a nivel del suelo. Miro a Anden y Lady Medina platicar y reír como si fueran viejos amigos. Anden parece tan interesado en ello que no puedo decir si le gusta en serio esta mujer o simplemente está interpretando el rol
             de político agradable. Aparentemente nuestro último Elector ha entrenado a su hijo muy bien en relaciones internacionales.
 
La entrada al puente del edificio, un arco enmarcado con curvas intrincadas, se desliza abierto para darnos la bienvenida. Nos detenemos en un vestíbulo ricamente decorado (alfombra gruesa color marfil que, para mi fascinación, estalla con curvas de colores dónde sea que piso; filas de palmeras en macetas; un muro de vidrio esmerilado luciendo anuncios brillantes y lo que parecían estaciones interactivas para cosas que no entiendo). Mientras caminamos, los antárticos nos ofrecen a cada uno de nosotros un par de lentes. Anden y muchos de los senadores inmediatamente se los ponen como si estuvieran acostumbrados a este ritual, pero los antárticos explican los lentes de todas formas. Me pregunto si saben quién soy, o les importa. Ciertamente notan mi confusión ante los lentes.
—Déjenselos puestos durante su visita —nos dice Lady Medina con su rico acento, aunque sé que sus palabras se dirigen a mí—. Les ayudarán a ver a Ross City como realmente es.
Intrigada, me pongo los lentes.


 
Parpadeo por la sorpresa. La primera cosa que siento es un sutil cosquilleo en los oídos, y la primera cosa que veo son los pequeños y brillosos números flotando sobre las cabezas de cada antártico. Lady Medina tiene 28,627: NIVEL 29, mientras sus dos compañeros —quienes no han emitido sonido— tienen 8,189: NIVEL 11 y 11,201: NIVEL 13 respectivamente. Cuando miro alrededor en la recepción, noto toda clase de números virtuales y palabras, las verdes plantas bulbosas de la esquina tienen AGUA: +1 flotando sobre ellas, mientras LIMPIO:
+1 flota sobre un oscuro, medio círculo al lado de la mesa. En la esquina de mis lentes, veo pequeñas palabras brillantes:
JUNE IPARIS PRINCEPS ELECTO 3
REPÚBLICA DE AMÉRICA NIVEL 1
SEPT. 22. 2132 PUNTAJE DEL DÍA: 0
             PUNTAJE ACUMULADO: 0
 
 
Hemos comenzado a caminar de nuevo. Ninguno de los otros parece particularmente consternado por el ataque violento de los textos virtuales y los números puestos sobre el mundo real, así que soy abandonada a mi propia intuición. Aunque los antárticos no están usando lentes, sus ojos ocasionalmente vacilan ante las cosas virtuales en el mundo en una forma que me hace preguntarme si tienen algo en sus ojos, o tal vez en sus cerebros, que permanentemente simula todas estas cosas virtuales para ellos.
Uno de los compañeros de Lady Medina, un hombre de hombros anchos, cabello blanco, con ojos muy oscuros y piel dorado-marrón, camina más lento que los otros. Eventualmente se me acerca al final del paseo y camina a mi paso. Me tenso por su presencia. Cuando habla, además, su voz es baja y amable:
—¿Señorita June Iparis?


 
—Sí, señor —respondo, inclinando mi cabeza respetuosamente como Anden había hecho. Para mi sorpresa, veo que los números en la esquina de mis lentes han cambiado.
 
 
SEPT. 22. 2132 PUNTAJE DEL DÍA: 1 PUNTAJE ACUMULADO: 1
 
Mi mente da vueltas. De alguna forma, los lentes han grabado mi acción de inclinarme y añadieron un punto al sistema de puntajes de los antárticos, lo que significa que inclinarse es equivalente a un punto. Aquí es cuando me doy cuenta de algo más: cuando el hombre de cabello blanco habla, escucho que no tiene ningún acento, ahora está hablando perfecto inglés. Miro hacia Lady Medina, y cuando capto indicios de lo que está diciendo a Anden, me doy cuenta que su inglés también suena impecable. Parpadeo. Las cosquillas que
              sentí en mis oídos cuando me puse los lentes… tal vez está actuando como algún aparato de traducción  del  lenguaje, permitiendo  a  los  antárticos,
convertir su lenguaje nativo para que se sigan comunicando con nosotros sin perdernos un sonido.
El hombre de cabello blanco ahora se inclina hacia mí y me susurra:
 
—Soy el Guardia Makoare, uno de los guardaespaldas más nuevos de Lady Medina. Ella me ha designado para ser su guía, señorita Iparis, ya que parece que es ajena a nuestra ciudad. Es muy diferente de su República, ¿cierto?
A diferencia de Lady Medina, la manera en que el Guardia Makoare habla no tiene ninguna condescendencia en absoluto, y su pregunta no me afecta de forma equivocada.
—Gracias, señor —le contesto con gratitud—. Y sí, tengo que admitir que estos números virtuales que veo por todo el lugar son extraños para mí. No acabo de entenderlo.
Él sonríe y se rasca la pequeña barba en su mentón.
 
—La vida en Ross City es un juego, y todos somos jugadores. Los nativos de Antártida no necesitan lentes como ustedes los visitantes lo hacen, todos


 
obtenemos chips integrados cerca de nuestra sien una vez que cumplimos trece. Es una pieza de software que asigna puntos a todo lo que nos rodea.
—Hace un gesto hacia las plantas—. ¿Ve las palabras Agua: +1 que se cierne sobre esa planta? —Asiento—. Si decide regar esa planta, por ejemplo, usted recibiría un punto por hacerlo. Casi todas las acciones positivas que realice en Ross City le harán ganar puntos de logro, mientras que las acciones negativas restan puntos. A medida que se acumulan puntos, gana niveles. En este momento, usted está en el Nivel 1. —Hace una pausa para señalar en el número virtual flotando sobre su cabeza—. Estoy en el Nivel 13.
—¿Cuál es el punto de alcanzar los… niveles? —pregunto mientras salimos de la sala y entramos a un ascensor—. ¿Eso determina su estatus en la ciudad? ¿Mantiene a sus civiles en línea?
El Guardia Makoare asiente.
 
—Ya lo verá.
 
Salimos del ascensor y nos dirigimos afuera sobre otro puente —esta vez está cubierto con un techo de cristal abovedado— que conecta este edificio a
             otro. Mientras caminamos, empiezo a ver de lo que el Guardia Makoare está hablando. El nuevo edificio al que entramos parece una enorme academia, y
mientras nos asomamos a través de los paneles de vidrio en las aulas alineadas en filas de lo que deben ser estudiantes, me doy cuenta que todos ellos tienen sus propios puntajes y niveles cerniéndose sobre sus cabezas. En la parte delantera de la sala, una pantalla gigante de cristal muestra una serie de preguntas de matemáticas, cada una con una puntuación brillante sobre ellas.
 
 
CÁLCULO SEMESTRAL 2
P1: 6 PTS
P2: 12 PTS
 
 
Y así sucesivamente. En un momento, veo a uno de los estudiantes tratar de inclinarse y hacer trampa a un vecino. El puntaje por encima de su cabeza parpadea en rojo, y un segundo después, el número se reduce en cinco.


 
TRAMPA: -5 PTS
1642: NIVEL 3
 
 
El estudiante se congela, luego rápidamente vuelve a mirar su propio examen.
El Guardia Makoare sonríe cuando me ve analizando la situación.
 
—El nivel significa todo en Ross City. Cuanto mayor sea tu nivel, más dinero haces, mejores puestos de trabajo puedes solicitar, y más respetado eres. Nuestros puntajes más altos son ampliamente admirados y muy famosos. — Apunta hacia la espalda del estudiante tramposo—. Como puede ver, nuestros ciudadanos están tan absortos en este juego de vida que la mayoría de ellos entienden que hacer ciertas cosas disminuirá sus puntuaciones. Como resultado tenemos muy poca delincuencia en Ross City.
—Fascinante —murmuro, mis ojos aún pegados en la sala de clases, incluso cuando llegamos al final del pasillo y me dirijo hacia afuera sobre otro puente. Después de un tiempo, un nuevo mensaje aparece en la esquina de mis gafas.
 
 
CAMINADO 1000 METROS: +2 PTS
PUNTUAJE DIARIO: 3
PUNTAJE ACUMULADO: 3
 
 
Para mi sorpresa, ver los números subir me da una breve emoción por el logro. Me dirijo al Guardia Makoare.
—Puedo entender cómo este sistema de nivelación es una buena motivación para sus ciudadanos. Brillante. —No digo mi siguiente pensamiento en voz alta, pero en secreto me pregunto: ¿Cómo distinguen entre las buenas y malas acciones? ¿Quién decide eso? ¿Qué sucede cuando alguien habla en contra del gobierno? ¿Su puntuación sube o baja? Estoy maravillada por la tecnología disponible aquí, lo que realmente pone de manifiesto, por primera vez,


 
exactamente hasta qué punto está atrasada la República. ¿Las cosas siempre han sido tan desiguales? ¿Alguna vez fuimos los líderes?
Finalmente nos instalamos dentro de un edificio con una cámara grande, semicircular utilizada para reuniones políticas, Lady Medina la llama: “La Habitación de Debate”. Está llena de banderas de países de todo el mundo. En el centro de la cámara hay una larga mesa de caoba, y ahora los delegados de Antártida se sientan en un lado mientras nosotros nos sentamos en el otro. Dos delegados más que se encuentran en niveles similares a los de Lady Medina se unen a nosotros a medida que comenzamos nuestras conversaciones, pero es un tercer delegado el que me llama la atención. Está en sus cuarenta y tantos años, con cabello color bronce y piel oscura y una barba bien recortada. El texto que se cierne sobre su cabeza indica NIVEL 202.
—Presidente Ikari —dice Lady Medina mientras lo presenta. Anden y los otros senadores inclinan la cabeza respetuosamente. Hago lo mismo. Aunque no me atrevo a alejar mis ojos de la discusión, puedo ver la bandera de la República, en mi visión periférica. Con mis gafas veo el texto virtual de LA REPÚBLICA DE AMÉRICA por encima de ella en letras que brillan intensamente.
             Justo al lado de ella, está la bandera de las Colonias, con sus rayas negras y grises y el pájaro de oro brillante en su centro.
 
Algunas de las banderas de los otros países tienen la palabra Aliado
cerniéndose bajo sus nombres. Pero nosotros no. Desde el principio, nuestra discusión es tensa.
—Parece que los planes de su padre han repercutido en tu contra —dice el Presidente a Anden. Él se inclina rígidamente hacia adelante—. Las Naciones Unidas están, por supuesto, preocupadas de que África ya haya prestado ayuda a las Colonias. Las Colonias rechazaron una invitación para hablar con nosotros.
Anden suspira.
 
—Nuestros científicos están trabajando muy duro para encontrar una cura — continúa. Me doy cuenta que no menciona al hermano de Day en todo esto, y la falta de cooperación de Day—. Pero las fuerzas de las Colonias son abrumadoras con el dinero y el ejército de África apoyándolos. Necesitamos ayuda para hacerlos retroceder, o corremos el riesgo de ser invadidos este mes. El virus podría propagarse a nosotros mientras…


 
—Habla con pasión —le interrumpe el Presidente—. Y no tengo ninguna duda de que está haciendo grandes cosas como nuevo líder de la República, pero en una situación como esta… El virus debe ser contenido primeramente. Y he oído que las Colonias ya han violado sus fronteras.
Los ojos color miel dorado del Presidente son profundamente brillantes. Cuando Serge intenta hablar, la hace callar de inmediato, sin apartar los ojos de Anden.
—Deja que tu Elector responda —dice. Serge vuelve a caer en un hosco silencio, pero no antes de que yo capte una mirada de suficiencia entre los senadores. Mi temperamento se eleva. Ellos —el Senador, el Presidente de Antártida, incluso los propios Princeps Electo— están todos burlándose de Anden en sus propias maneras sutiles. Interrumpiéndole. Destacando su edad. Miro a Anden en silencio deseando que se haga valer por sí mismo. Mariana asiente una vez hacia él.
—¿Señor? —dice ella.
Me   siento   aliviada  cuando   Anden   dispara   primero   una                          mirada  de             desaprobación a Serge, a continuación, levanta la barbilla y responde con
calma.
 
—Sí. Nos las hemos arreglado para mantenerlos a raya, por ahora, pero están justo en las afueras de nuestra capital.
El Presidente se inclina hacia adelante y apoya los codos sobre la mesa.
 
—Por lo tanto, ¿existe la posibilidad de que este virus ya haya ingresado dentro de su territorio?
—Sí —responde Anden.
 
El Presidente está en silencio por un momento. Por último, dice:
 
—¿Qué es exactamente lo que quiere?
 
—Necesitamos apoyo militar —responde Anden—. Su ejército es el mejor del mundo. Ayúdenos a proteger nuestras fronteras. Pero sobre todo, ayúdenos a encontrar una cura. Nos han advertido que con una cura es la única manera en que van a retirarse. Y necesitamos tiempo para que esto suceda.
El Presidente aprieta los labios y niega con la cabeza una vez.


 
—Ningún apoyo militar, dinero o suministros. Me temo que está demasiado en deuda con nosotros para eso. Puedo ofrecer mis científicos para ayudar a encontrar una cura para la enfermedad. Pero no voy a enviar a mis tropas a una zona infectada con la enfermedad. Es demasiado peligroso. —Cuando ve la mirada en el rostro de Anden, sus ojos se endurecen—. Por favor, manténganos actualizados, mientras tanto espero tanto como usted ver una solución para esto. Me disculpo por no poder ser de más ayuda para usted, Elector.
Anden se inclina sobre la mesa y entrecruza los dedos juntos.
 
—¿Qué puedo hacer para persuadirlo de que nos ayude, señor Presidente? — dice.
El Presidente se sienta en su silla y considera a Anden por un momento con una mirada pensativa. Me estremece. Él ha estado esperando a que Anden diga esto.
—Va a tener que ofrecer algo digno de mi tiempo —dice finalmente—. Algo que tu padre nunca ofreció.
—¿Y qué es eso?
 
—Tierra.
 
Mi corazón se retuerce dolorosamente ante esas palabras. Renunciar a la tierra. Con el fin de salvar a nuestro país, vamos a tener que vendernos a otra nación. Algo acerca de eso se siente como una violación tanto como vender nuestros propios cuerpos. Dar voluntariamente tu propia hija a un extraño. Arrancar un pedazo de nuestra casa. Miro a Anden, tratando de descifrar las emociones detrás de su compuesto exterior.
Anden se le queda mirando por un largo momento. ¿Está pensando en lo que diría su padre en una situación como esta? ¿Se está preguntando si él es tan buen líder para su pueblo? Finalmente, Anden inclina la cabeza. Elegante, incluso en humildad.
—Estoy abierto a discusión —dice en voz baja.
 
El Presidente asiente una vez. Puedo ver la pequeña sonrisa en las comisuras de sus labios.


 
—Entonces discutiremos —responde—. Si encuentra una cura para este virus, y si estamos de acuerdo en la tierra, entonces te prometo apoyo militar. Hasta entonces, el mundo tendrá que lidiar con esto como lo hacemos nosotros con cualquier pandemia.
—¿Y qué quiere decir con eso, señor? —pregunta Anden.
 
—Tendremos que cerrar sus puertos y fronteras, así como los de las Colonias. Tendrá que ser notificado a otras naciones. Estoy seguro de que entiende.
Anden se queda en silencio. Espero que el Presidente no vea la mirada afligida en mi rostro. Toda la República va a ser puesta en cuarentena.




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Yani

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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por FernandaGnzlz el Sáb 30 Jun - 15:14

graciasss por el capiii
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FernandaGnzlz

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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por Yani el Miér 4 Jul - 14:12

   DAY

June se fue a Antártida. Eden ha ido a Los Ángeles con la segunda oleada de evacuados. El resto de nosotros permanecemos en este búnker, escuchando cómo el asalto de las Colonias continúa. Esta vez la lucha suena peor. A veces la tierra tiembla tanto que polvo
fino llueve sobre nosotros desde el techo del búnker subterráneo, cubriendo filas de evacuados con ceniza gris mientras se apresuran a los trenes esperando. Luces rotativas sobre el túnel nos bañan en destellos de color rojo. Me pregunto cómo estarán aguantando los demás refugios en toda la ciudad. Las evacuaciones se vuelven más urgentes a medida que cada metro sale a la hora y es sustituido por uno nuevo. Quién sabe cuánto tiempo este túnel se mantendrá estable. De vez en cuando veo soldados empujando a los civiles de nuevo en filas cuando se tornan ingobernables.
—¡Una sola fila! —ladran, alzando sus armas amenazadoramente. Sus rostros están ocultos detrás de máscaras antidisturbios que conozco demasiado malditamente bien—. Los disconformes se quedarán atrás, sin hacer preguntas. ¡Muévanse, gente!
Me quedo en un extremo del búnker mientras el polvo sigue lloviendo, acurrucado con Pascao, Tess, y los otros Patriotas restantes. Al principio algunos soldados trataron de empujarme a uno de los trenes, pero me dejaron tranquilo después de que arremetí contra ellos con una sarta de maldiciones. Ahora ellos me ignoran. Observo a las personas siendo cargadas en el tren durante unos segundos antes de que vuelva a mi conversación con Pascao. Tess se sienta a mi lado, aunque la tensión implícita entre nosotros la hace sentir mucho más lejos. Mi siempre presente dolor de cabeza martillea a un ritmo sordo contra la parte posterior de mi cabeza.
—Tú viste más de la ciudad que yo —le susurro a Pascao—. ¿Cómo crees que esté resistiendo la Armadura?


 
—No muy bien —responde Pascao—. De hecho, con otro país ayudando a las Colonias, no me sorprendería que la Armadura se rompa en cuestión de días con este tipo de asalto. No va a aguantar por mucho tiempo, confía en mí.
Me vuelvo para ver cómo muchas personas todavía están esperando para subir a los trenes.
—¿Cómo deberíamos hacer para sorprender a las Colonias?
 
Otra voz empieza a hablar. Es uno de los Hackers, Frankie, la chica con el hombro herido.
—Si podemos poner nuestras manos en un par de electrobombas —dice ella con voz pensativa—, es probable que las pueda volver a colocar para codificar algunas de las armas de las Colonias o algo así. Podríamos ser capaces de poner sus aviones fuera de combate también.
Aviones. Es cierto, Anden había mencionado a los aviones de las Colonias estacionados en una pista de aterrizaje improvisada fuera de los muros de la Armadura.
             —Puedo poner mis manos en algunas —susurro—. Y algunas granadas también.
 
Pascao chasquea la lengua con emoción.
 
—Así que, ¿vamos a divertirnos con nitroglicerina en tú plan? Ponte en eso entonces. —Él se da vuelta para hacer frente a Baxter, quien me lanza una mirada de mal humor. Su oído se ve tan destrozado como siempre—. Oye, chico Baxter. Respalda a Gioro y Frankie, asegúrate de cubrirlos mientras trabajan su magia.
—Pascao —digo en voz baja—. ¿Estás preparado para un poco de trabajo de señuelo?
Él se ríe.
 
—Es para eso que son mejores los Corredores, ¿no?
 
—Vamos a jugar un poco con ellos… quiero que seas mi doble mientras me dirijo hacia su pista de aterrizaje improvisada.
—Suena prometedor.


 
—Bien. —A pesar de la severidad de la situación, sonrío. Una nota de soberbia se apodera de mi voz—. Esta noche terminará con un montón de costosas e inútiles máquinas militares.
—Estás loco, chico cegador —me espeta Baxter—. ¿La República en sí no puede ni siquiera mantener las Colonias fuera y tú piensas que nuestro pequeño grupo tiene una oportunidad de derrotarlos?
—Nosotros no tenemos que ganarles. Todo lo que necesitamos hacer es detenerlos. Y estoy bastante seguro de que somos buenos en eso.
Baxter deja escapar un sonoro bufido de irritación, pero la sonrisa de Pascao se ensancha. A mi lado, Tess se remueve incómodamente. Ella está pensando probablemente de nuevo en mis crímenes pasados, cómo había tenido que presenciarlos todos ellos y cómo había tenido que vendarme después de cada uno. Tal vez está preocupada por mí. O tal vez se alegra. Tal vez preferiría que yo no esté aquí en absoluto. Pero ella había vuelto aquí por mí. Eso es lo que dijo, ¿cierto? Ella todavía tiene que importarle, por lo menos en algún nivel.
Trato de pensar en lo correcto por decirle para llenar este silencio incómodo,             pero en lugar de eso cuestiono a los demás.
—Me dijeron antes en la sala que ustedes habían venido hasta aquí porque quieren ser perdonados. Pero podrían haber intentado escapar a un país distinto de la República, ¿no? Ni siquiera tendrían que ayudar a la República. Anden, es decir, el Elector, los habría perdonado de todos modos. —Mis ojos se posan en Pascao—. Tú lo sabías, ¿cierto? ¿Por qué todos han vuelto realmente? Sé que no es sólo porque han oído mi súplica.
La sonrisa de Pascao se desvanece, y por un momento en realidad parece serio. Él suspira, luego mira en torno a nuestro pequeño grupo. Es difícil de creer que solían ser parte de algo mucho más grande.
—Nosotros somos los Patriotas, ¿verdad? —dice finalmente—. Se supone que estamos comprometidos a ver a los Estados Unidos volver de alguna manera u otra. Con la forma en que parecen ser las cosas en las Colonias, no sé si serían los más adecuados para traer esa clase de cambio. Pero tengo que admitir, que el nuevo Elector de la República tiene potencial, y después de lo que Razor nos hizo hacer, incluso yo creo que Anden podría ser la respuesta que hemos estado esperando. —Pascao pausa para asentir a Baxter, quien se encoge de hombros—. Incluso el chico Baxter aquí cree que sí.


  Yo frunzo el ceño.
 
—Así que, ¿han venido aquí porque ustedes realmente quieren ayudar a la República a ganar esta guerra? ¿De verdad quieren ayudar a defendernos?
Pascao asiente de nuevo.
 
—¿Por qué no dijiste eso en la sala? Hubiera sonado bastante noble.
 
—No, no lo habría hecho. —Pascao sacude la cabeza—. Ellos no nos habrían creído. ¿Los Patriotas, los terroristas que solían hacer estallar soldados de la República en cada oportunidad que tenían? Sí, claro. Pensé que sería mejor para nosotros si jugábamos la carta del perdón en su lugar. Parecía una respuesta más realista para tu Elector y tu pequeña Princeps Electo.
Me quedo en silencio. Cuando Pascao ve me dudar, se quita el polvo de las manos y se levanta.
—Vamos a empezar —me dice—. No hay tiempo que perder, no con esta tormenta de granizo pasando arriba. —Le hace un gesto a los otros Patriotas para que se reúnan alrededor y comiencen repartiéndose sus tareas
             individuales. Me pongo en cuclillas.
Tess toma una respiración profunda, y cuando captura mí mirada otra vez, me habla por primera vez desde que estamos en la sala.
—Lo siento, Day —dice ella en voz baja, para que los demás no puedan oír.
 
Me congelo donde estoy, descansando los codos sobre mis piernas en cuclillas.
—¿Por qué? —contesto—. No tienes nada que lamentar.
 
—Sí, tengo. —Tess mira hacia otro lado. ¿Cómo pudo crecer tan rápidamente?  Ella  sigue  siendo  delgada,  todavía  delicada,  pero  sus  ojos pertenecen a alguien mayor de lo que yo recuerdo—. No quise dejarte atrás, y no quise culpar a June de todo. Realmente no creo que ella sea mala. Nunca realmente creí eso. Estaba tan… enojada.
Su rostro me tira hacia ella como siempre lo hace, de la forma en que lo hizo cuando la vi por primera vez escarbando en ese contenedor. Me gustaría poder abrazarla, pero me siento y espero, dejando que ella tome la decisión.


 
—Tess… —digo despacio, tratando de averiguar la mejor manera de expresar lo que siento. Caray, le he dicho tantas cosas estúpidas en el pasado—. Te quiero. Sin importar lo que pase entre nosotros.
Tess envuelve sus rodillas con sus brazos.
 
—Lo sé.
 
Trago duro y bajo la mirada.
 
—Pero no te quiero del modo que tu quieres. Lamento mucho si alguna vez te di la impresión equivocada. No creo que te haya tratado tan bien como te lo mereces. —Mi corazón se retuerce dolorosamente mientras las palabras dejan mi boca, golpeándola al salir—. Así que, no lo lamentes. Es mi culpa, no la tuya.
Tess sacude su cabeza.
 
—Sé que no me quieres de ese modo. ¿No crees que sabría eso para ahora?
—Una nota de amargura entra en su voz—. Pero tú no sabes cómo me siento sobre ti. Nadie lo sabe.
Le doy una mirada de soslayo.
 
—Dime, entonces.
 
—Day, significas más para mí que algún enamoramiento. —Sus cejas se fruncen cuando intenta explicarse—: Cuando todo el mundo me dio la espalda y me dejó para morir, me acogiste. Fuiste la única persona que se preocupó de lo que podría pasarme. Fuiste todo. Todo. Te transformaste en toda mi familia, fuiste mis padres, hermanos y cuidador, mi único amigo y compañero, fuiste a la vez mi protector y alguien que necesitaba protección.
¿Lo ves? No te amaba en el modo que podrías creer que lo hacía, aunque no puedo negar que hubo parte de eso. Pero el modo en que me siento va más allá de eso.
Abro mi boca para responder, pero nada sale. No sé qué decir. Todo lo que puedo hacer es ver.
Tess suelta un suspiro tembloroso.
 
—Así que, cuando pensé que June podría llevarte lejos, no supe qué hacer. Sentí que se llevaba todo lo que me importaba. Sentí que ella te sacaba todas


 
las cosas que yo no hacía. —Ella baja sus ojos—. Eso es por lo que lo siento. Lo siento porque no se suponía que significaras todo para mí. Te tenía, pero había olvidado que me tenía a mí también. —Ella se pausa para ver a los Patriotas, que están inmersos en una conversación—. Es un sentimiento nuevo, algo a lo que aún me estoy acostumbrando.
Y sólo así, somos niños de nuevo. Nos veo de niños, balanceando nuestros pies sobre el borde roto de algún edificio, viendo al sol esconderse cada noche en el borde del océano. Cuánto hemos visto desde entonces, cuán lejos hemos llegado.
Me inclino a tocar su nariz una vez, como siempre había hecho. Ella sonríe por primera vez.
* * *
 
La noche se ha convertido en la hora temprana antes del amanecer, y el rocío ya se ha pausado, dejando la ciudad brillando bajo la luz de la luna. La alarma de evacuación aún resuena de vez en cuando, y las pantallas gigantes continúan con su ominosa advertencia roja para buscar refugio, pero una
              breve tregua ha llegado a la batalla y los cielos no están llenos de aviones y explosiones. Supongo que ambos lados tienen que descansar o algo. Froto
mis ojos del cansancio y trato de ignorar mi dolor de cabeza, me vendría bien descansar.
—No va a ser fácil, sabes —me susurra Pascao, dado que ambos somos los vigías de la mañana—. Probablemente están buscando soldados de la República. —Estamos encima de la Armadura, observando el campo justo fuera de los límites de la ciudad. No es como si la gente no viviera fuera de la Armadura, pero a diferencia de Los Ángeles, la cual es sólo una larga sucesión de edificios que se funde directamente con las ciudades vecinas, la población de Denver es mayor fuera de la seguridad de los muros. Pequeñas agrupaciones de edificios se encuentran aquí y allá. Parecen vacíos, y me pregunto si la República vio a las Colonias acercándose desde la distancia y evacuaron a su gente dentro de la Armadura. Aunque la fuerza aérea de las Colonias han vuelto a su propia tierra para recargarse, han dejado un grupo de jets en los campos, y las áreas que han ocupado están bien iluminadas. Estoy un poco sorprendido por lo repugnado que me siento ante el pensamiento de las Colonias ganándonos. Hace un año, hubiera estado alentando con todos mis pulmones por este mismo escenario. Pero ahora


 
sólo oigo el slogan de las Colonias una y otra vez en mi cabeza. Un estado libre es un estado corporativo. Las propagandas que recuerdo de sus ciudades me hacen temblar.
Es difícil decidir cuál prefiero, realmente: mirar a mi hermano crecer bajo las leyes de las Colonias, o ver cómo se lo llevan para experimento por la Republica.
—Sí, estarán en guardia —concuerdo. Luego me alejo del borde de la Armadura y comienzo a bajar de la pared. A lo largo del borde externo, aviones de la Republica están estacionados, posicionados, listos—. Pero no somos soldados de la República. Si pueden golpearnos con un ataque sorpresa, entonces nosotros también podemos.
Pascao y yo estamos vestidos exactamente iguales, de negro de pies a cabeza con máscaras sobre nuestras caras. Si no fuera por la diferencia de altura, no creo que nadie nos podría diferenciar.
—¿Están ustedes dos listos? —murmura Pascao por su micrófono a nuestros Hackers. Luego me mira y me da una señal con los pulgares en alto. Si están
             en su sitio, significa que Tess también. Mantente a salvo.
Bajamos al piso y luego dejamos a varios soldados de la República guiarnos a un pasaje subterráneo secreto y discreto. Éste lleva fuera de la Armadura y a terreno peligroso. Los soldados asienten un silencioso “buena suerte” a nosotros antes de irse de nuevo adentro. Espero como el infierno que todo funcione.
Miro al campo donde los aviones de las Colonias están estacionados. Cuando cumplí quince, había prendido fuego a una serie de aviones nuevos de ataque de la República estacionados en la base de la fuerza Aérea de Burbank en Los Ángeles. Fue la primera maniobra que me puso en el primer lugar de los más buscados, y uno de los crímenes que June me hizo confesar cuando había sido arrestado. Lo hice primero robando toneles de nitroglicerina líquida azul altamente explosiva de las bases de la fuerza aérea, luego vertiéndola en los tanques de los aviones y a lo largo de la cola de los mismo. Al instante en que encendieron los motores, sus colas explotaron en llamas.
La memoria vuelve a mí con fuerza. El diseño de los jets de las colonias se ve diferente, con sus extrañas alas hacia delante, pero al final del día sólo son


 
maquinas. Y esta vez no trabajo solo. Tengo el apoyo de la República. Más importante aún, tengo sus explosivos.
—¿Listo para tu movimiento? —susurro a Pascao—. ¿Tienes tus bombas?
 
—¿Crees que yo olvidaría traer bombas? Deberías conocerme mejor que eso.
—La voz de Pascao se vuelve temblorosa—. Day… no lo arruines esta vez.
¿Entendido, niño bonito? Si repentinamente decides que quieres irte, más te vale decirme primero. Al menos tendré tiempo de golpearte en la cara.
Sonrío un poco a sus palabras.
 
—Sí, señor.
 
Nuestros atuendos se funden en la sombra. Nos arrastramos adelante sin un sonido, hasta que estamos más allá de la corta distancia donde las armas de la Armadura podrían protegernos desde el suelo. Ahora estamos fuera de alcance, y el aeródromo improvisado de las Colonias se ve a nuestro alcance. Sus soldados están en guardia a lo largo de los límites del campo. No muy lejos hay unas pocas líneas de tanques. Su fuerza aérea puede no estar aquí, pero de seguro como el infierno hay suficientes máquinas de guerra para empezar otra batalla.
Pascao y yo nos agachamos detrás de una pila de piedras cerca de la pista de aterrizaje. Todo lo que puedo ver con esta luz es su silueta. Asiente su cabeza una vez antes de susurrar algo en su micrófono.
Esperamos unos segundos de tensión. Entonces las pantallas gigantes que se alinean en los bordes exteriores de la Armadura se iluminan al unísono. Mostrada en todas las pantallas hay una bandera de la República, y por los altavoces de la ciudad, la promesa resuena por toda la noche. Todo eso se ve exactamente como una de esas películas de propaganda típica de la República, las pantallas gigantes empiezan a mostrar vídeos genéricos de soldados patriotas y civiles, victorias de guerra y calles prósperas. En la pista de aterrizaje, la atención de los soldados se desplaza a las pantallas gigantes. Al principio se ven alerta y cuidadosos, pero a medida que la película se prolonga durante unos segundos más, los soldados de las Colonias se relajan.
Bien. Ellos piensan que la República sólo está transmitiendo un vídeo para levantar la moral. Nada lo suficientemente raro como para poner a las Colonias en estado de alerta, sino algo entretenido lo suficiente como para mantener su interés. Escojo un área en donde todos los soldados están


 
viendo las pantallas gigantes, a continuación, asiento con la cabeza a Pascao. Él hace un gesto hacia mí. Mi turno para salir.
Entorno más los ojos para ver en dónde puedo escabullirme en el aeródromo. Hay cuatro soldados de las Colonias aquí, todas ellos enfocados en la emisión; un soldado vestido como un piloto es el más alejado y está de espaldas a mí, y desde aquí se ve como si estuviera burlándose de la emisión con un amigo suyo. Espero a que todos los guardias estén mirando lejos de donde estoy. Entonces, correteo por el borde sin hacer ruido y me escondo detrás de la parte trasera de la rueda de aterrizaje del jet más cercano. Me enrosco a mí mismo en un ovillo, dejando que mi traje negro me mezcle con las sombras.
Uno de los guardias mira casualmente por encima de su hombro hacia el avión. Sin embargo, cuando no ve nada interesante, vuelve a inspeccionar la Armadura.
Espero unos segundos más. Luego ajusto mi mochila y subo adentro de la boquilla de escape del jet. Mi corazón late con anticipación ante el déjà vu que esto me provoca. No pierdo el tiempo ahora: saco un pequeño cubo de
metal de mi mochila y lo fijo firmemente a la parte interior de la boquilla. El             panel de la pantalla emite una luz roja muy tenue, tan tenue que apenas
puedo verla. Me cercioro de que es seguro, y luego muevo al borde de la boquilla. No tenemos mucho tiempo antes de que los guardias pierdan el interés en nuestra pequeña distracción. Cuando la costa está despejada, salgo por la boquilla. Mis botas acolchadas aterrizan sin sonido. Me fundo en las sombras proyectadas por el tren de aterrizaje del avión, vigilo a los guardias, y me muevo a la siguiente fila de aviones. Pascao debería estar haciendo exactamente el mismo trabajo en el otro lado del campo. Si todo sale como estaba previsto, entonces un explosivo por fila debería hacer mucho daño.
Para cuando me dirijo a la tercera fila de aviones y termino mi trabajo allí, estoy empapado en sudor. A lo lejos, la propaganda en la pantalla gigante, sigue corriendo, pero puedo decir que algunos de los guardias ya han perdido interés. Es hora de salir de aquí. Me bajo en silencio hacia el suelo otra vez, cuelgo allí en las sombras, y luego escojo el momento adecuado para bajar y correr hacia la oscuridad.
Excepto que no era el momento adecuado. Una de mis manos se desliza y el borde de metal de la boquilla de escape corta mi palma. Mi cuerpo debilitado


 
no aterriza perfectamente, dejo escapar un gruñido de dolor y me muevo muy lentamente entre las sombras del tren de aterrizaje. Un guardia me descubre. Antes de que pueda detenerlo, sus ojos se abren y él levanta su arma.
Ni siquiera ha tenido la oportunidad de gritar cuando un cuchillo brillante viene volando de la oscuridad y se hunde en el cuello del soldado. Miro por un instante, horrorizado. Pascao. Sabía que era él, salvando mi trasero, mientras que llama la atención sobre sí mismo. Ya un par de gritos han surgido en el otro lado de la pista de aterrizaje. Él está apartando su atención de mí. Aprovecho la oportunidad, corriendo hacia la seguridad relativa de la tierra fuera de la pista de aterrizaje.
Pongo mi micrófono en encendido y llamo a Pascao.
 
—¿Estás a salvo? —susurro con urgencia.
 
—Tan a salvo como tú, niño bonito —susurra de vuelta, los sonidos de una respiración pesada y pisadas fuertes resuenan en mi auricular—. Acabo de salir del rango de la pista de aterrizaje. Dale el visto bueno a Frankie. Tengo
               que quitarme a dos más de mi cola. —Él cuelga.
Me comunico con Frankie.
 
—Estamos listos —le digo—. Déjalas ir.
 
—Entendido —responde Frankie. Las pantallas gigantes de repente detienen su película y se apagan, el sonido resonando en toda la ciudad cesa, sumiendo a todos en un extraño silencio. Los soldados de las Colonias que probablemente habían estado persiguiendo a Pascao ahora miran las pantallas gigantes en blanco con desconcierto, junto con los demás.
Unos segundos de silencio más pasan.
 
Entonces, una brillante y cegadora explosión rasga el centro de la pista de aterrizaje. Me estabilizo. Cuando miro hacia atrás a la primera línea de soldados en la calle, los veo derribados y recogiéndose a ellos mismos poco a poco de su aturdimiento. Las chispas de electricidad llenan el aire, saltando frenéticamente de un lado a otro entre los jets. Los soldados más abajo en la calle apuntan con sus armas hacia los edificios, disparando al azar, pero los que están a lo largo de la línea del frente descubren que sus armas ya no funcionan. Yo sigo corriendo hacia la Armadura.


 
Otra explosión sacude la misma zona y una enorme bruma dorada envuelve todo a la vista. Los gritos de pánico aumentan desde las tropas de las Colonias. Ellos no pueden ver lo que está pasando, pero sé que en este momento cada una de las bombas que habíamos plantado están destruyendo las filas de jets, paralizando y desactivando al mismo tiempo de forma temporal los imanes en sus armas. Algunos de ellos sacan sus armas y disparan al azar en la oscuridad, mientras soldados de la República están al acecho. Supongo que no están del todo mal. Justo en ese momento, los aviones de la República a lo largo de la Armadura despegan hacia el cielo. Sus rugidos me ensordecen.
Enciendo mi micrófono de vuelta a Frankie.
 
—¿Cómo van las evacuaciones?
 
—Lo mejor posible —responde ella—. ¿Probablemente dos oleadas más de personas se fueron. ¿Listo para tu gran momento?
—Voy a ello —susurro de vuelta.
 
Las pantallas gigantes brillan a la vida. Esta vez, sin embargo, están mostrando mi cara pintada en todas sus pantallas. Un vídeo pregrabado que tomamos. Sonrío ampliamente para las Colonias, incluso a medida que se pelean por los jets que todavía tienen, y en este instante, siento como si estuviera mirando el rostro de un desconocido, un rostro que es desconocido y aterrador detrás de su gran banda negra. Por un momento, ni siquiera puedo recordar la grabación de este vídeo en primer lugar. El pensamiento me hace luchar por la memoria en estado de pánico, hasta que finalmente lo recuerdo y doy un suspiro de alivio.
—Mi nombre es Day —afirma mi vídeo en la pantalla gigante lo afirma—, y estoy luchando por la gente de la República. Si yo fuera tú, sería un poco más cuidadoso.
Frankie corta el avance de nuevo. En lo alto, los aviones de la República suenan en el cielo. Veo bolas de fuego naranja iluminar la pista de aterrizaje. Con nuestro truco, la mitad de sus jets idos, y la ventaja de la sorpresa, los soldados de las Colonia se revuelven en retirada. Apuesto a que las llamadas retornando a sus oficiales están volando rápidas y furiosas ahora.
Frankie viene de nuevo en línea. Suena exaltada.


 
—Las tropas de la República se han enterado de nuestro éxito —dice ella. En el fondo escucho, para mi alivio, la línea de Pascao conectarse también—. Buen trabajo, Corredores. Gioro y Baxter ya están en camino. —Ella parece distraída—. Nos estamos retirando en este momento. Denme unos segundos, y estaremos…
Se corta. Parpadeo, sorprendido.
 
—¿Frankie? —digo, volviendo a conectar con ella. Nada. Todo lo que oigo es estática.
—¿A dónde se fue? —dice Pascao a través del ruido—. ¿Se desconectó para ti también?
—Sí. —Me apresuro hacia adelante, tratando de no pensar en lo peor. La seguridad de la Armadura no está muy lejos, puedo distinguir la pequeña entrada lateral por la que se supone que regresaremos, y aquí, en medio de todo el caos, veo varios soldados de la República acometiendo a través del polvo para enfrentarse contra cualquier tropa de las Colonias que podrían habernos seguido. A pocos metros de la puerta ahora.
Una bala pasa volando junto a mí, rozando muy cerca de mi oreja. Entonces oigo un grito que hiela mi sangre. Cuando me giro alrededor, veo a Tess y Frankie corriendo detrás de mí. Están apoyándose la una en la otra. Detrás de ellas deben haber cinco o seis soldados de las Colonias. Me congelo, luego cambio rápidamente de curso. Arranco un cuchillo del cinturón y lo arrojo tan fuerte como puedo a los soldados. Alcanza a uno de ellos justo en el costado, él cae de rodillas. Los otros me notan. Tess y Frankie apenas llegan a la puerta. Yo corro hacia ellas. Detrás de mí, los soldados alzan sus armas.
Justo cuando Tess empuja a Frankie a través de la entrada, un soldado sale de las sombras cerca de la puerta. Lo reconozco al instante. Es Thomas, una pistola cuelga de una mano.
Sus ojos están fijos en Tess y en mí, y su expresión es oscura, mortal, y furiosa. Por un instante, el mundo parece quedarse en silencio. Echo un vistazo a su pistola. Él la carga. No. Instintivamente, me acerco a Tess, protegiéndola con mi cuerpo. Él va a matarnos.
Pero aunque este pensamiento corre a través de mi mente, Thomas nos da la espalda, enfrentando en cambio a los soldados de las Colonias que se


 
aproximan. Su mano tiembla de rabia y se tensa en la pistola. Pulsadas de sorpresa me atraviesan, pero no hay tiempo para pensar en eso ahora.
Ve —le urjo a Tess. Nos tambaleamos a través la puerta lateral.
 
En ese mismo momento, Thomas levanta la pistola, él dispara un solo disparo, luego otro, luego otro. Deja escapar un grito escalofriante mientras cada bala se precipita hacia las tropas enemigas. Me toma un segundo entender lo que está gritando.
—¡Larga vida al Elector! ¡Larga vida a la República!
 
Logra seis tiros antes de que los soldados de las Colonias den fuego en respuesta. Abrazo a Tess a mi pecho, luego cubro sus ojos. Ella deja escapar un grito de protesta.
—No mires —le susurró al oído. En ese momento, veo la cabeza de Thomas caer violentamente hacia atrás y todo su cuerpo queda lánguido. Una imagen de mi madre parpadea ante mis ojos.
Un disparo justo en su cabeza. Le dispararon en la cabeza. La muerte por un            pelotón de fusilamiento.
El disparo hace saltar a Tess, ella pronuncia un sollozo ahogado detrás de mis manos protectoras. La puerta se cierra.
Pascao nos recibe al instante en que estamos seguros al otro lado. Está cubierto de pies a cabeza con polvo, pero aún tiene una media sonrisa en su rostro.
—La oleada de evacuación final nos espera —dice, señalando a dos jeeps listos, estacionados para llevarnos de vuelta al búnker. Soldados de la República ya han empezado a venir hacia nosotros, pero antes de que cualquiera pueda sentirse aliviado, me doy cuenta que Frankie ha colapsado en el suelo y Tess se cierne sobre ella. La media sonrisa de Pascao se desvanece. Mientras soldados sellan la entrada lateral, nos reunimos alrededor de Frankie. Tess, saca un kit de suministros. Frankie ha comenzado a convulsionar.
Su abrigo se abre por completo, dejando al descubierto una camisa empapada de sangre debajo. Sus ojos están abiertos en estado de shock, y ella está luchando por respirar.


 
—Le dispararon mientras estábamos alejadas —dice Tess mientras rasga la tela de la camisa de Frankie. Gotas de sudor a lo largo de su frente—. Tres o cuatro veces. —Sus manos temblorosas vuelan a través del cuerpo de Frankie, esparciendo polvo y presionando pomada en las heridas. Cuando ella termina, saca de un tirón un grueso fajo de vendas.
—Ella no va a lograrlo —murmura Pascao a Tess cuando lo empuja fuera del camino y presiona firmemente en una de las heridas de bala de Frankie—. Tenemos que movernos. Ahora.
Tess se limpia la frente.
 
—Dame un minuto más —insiste con los dientes apretados—. Tenemos que controlar la hemorragia.
Pascao empieza a protestar, pero lo silencio con una mirada peligrosa.
 
—Déjala hacerlo. —Entonces me arrodillo junto a Tess, mis ojos impotentes atraídos por la figura lastimosa de Frankie. Puedo decir que no va a lograrlo—
. Haré lo que sea que digas —murmuro a Tess—. Permítenos ayudar.
             —Mantén la presión sobre sus heridas —responde Tess, agitando una mano en las vendas que ya son más rojas que blancas. Ella se apresura a hacer un emplasto.
 
Los párpados de Frankie revolotean. Se atraganta con un grito ahogado, y luego se las arregla para mirarnos.
—Tienen que… conseguir… irse. Las Colonias… están… viniendo…
 
Le lleva un minuto entero para morir. Tess mantiene la aplicación de medicamentos por un tiempo más, hasta que finalmente pongo una mano sobre la de ella para detenerla. Miro a Pascao. Uno de los soldados de la República se nos acerca de nuevo y nos da un ceño fruncido.
—Esta es la última advertencia —dice, señalando hacia las puertas abiertas de dos jeeps—. Nos vamos.
—Ve —le digo a Pascao—. Vamos a tomar el jeep justo detrás de ti.
 
Pascao vacila un segundo, azotado ante la vista de Frankie, pero luego salta a sus pies y desaparece en el primer jeep. Este sale disparado, dejando una nube de polvo a su paso.


 
—Vamos —insto a Tess, quien permanece inclinada sobre el cuerpo sin vida de Frankie. En el otro lado de la Armadura, los sonidos de la batallan rugen—. Tenemos que irnos.
Tess se libra de mi agarre y lanza su rollo de vendas fuerte contra la pared. Luego se vuelve a mirar el rostro pálido de Frankie. Me pongo de pie, obligando a Tess a hacer lo mismo. Mi mano sangrienta deja huellas en su brazo. Los soldados nos agarran a los dos y nos conducen hacia el jeep restante. Cuando finalmente hacemos nuestro camino al interior, Tess vuelve sus ojos a los míos. Están llenos de lágrimas, y la visión de su angustia me rompe el corazón. Nos alejamos de la Armadura mientras los soldados cargan a Frankie en un camión. Luego giramos en una esquina y aceleramos hacia el búnker.
En el momento en que llegamos, el jeep de Pascao ya ha descargado y se han dirigido hacia el tren. Los soldados están tensos. A medida que nos guían más allá de la cadena cerca del acoplamiento de la entrada del refugio, otra explosión desde la Armadura envía temblores a través del suelo. Como en un sueño, nos apresuramos por la escalera de metal y por los pasillos inundados
             de luz roja tenue, el sonido de golpes de botas resonando sordamente desde fuera. Vamos más lejos y más abajo, hasta que finalmente alcanzamos el
búnker y nos dirigimos hacia el tren en espera. Los soldados nos empujan a bordo.
A medida que el metro brota a la vida y nos aleja del búnker, una serie de explosiones reverberan a través del espacio, casi derribándonos de nuestros pies. Tess se aferra a mí. Al abrazarla, el túnel detrás de nosotros se derrumba, encerrándonos en la oscuridad. Aceleramos a lo largo del camino. Los ecos de las explosiones resuenan a través de la tierra.
Mi dolor de cabeza se enciende.
 
Pascao intenta decirme algo, pero ya no puedo oírle. No puedo escuchar nada. El mundo a mí alrededor se torna gris, y me siento a mí mismo girar.
¿Dónde estamos otra vez? En alguna parte, Tess grita mi nombre, pero no sé qué es lo que dice después de eso, porque me pierdo en un océano de dolor y colapso en la oscuridad.




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Yani

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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por Yani el Miér 4 Jul - 14:14

JUNE





2100 HORAS.

SALÓN 3323, NIVEL INFINITY. HOTEL, ROSS CITY.
 
 
 
 
Todos nos hemos asentado en nuestras habitaciones individuales de hotel. Ollie está descansando a los pies de mi cama, completamente noqueado después de un día agotador. Sin embargo, no me puedo imaginar quedarme dormida. Después de
un rato, me levanto en silencio, dejo tres golosinas para Ollie cerca de la puerta y salgo. Vago por los pasillos con mis gafas virtuales metidas en el
              bolsillo, aliviada al ver el mundo como realmente es de nuevo sin la avalancha
de números y palabras flotando. No sé a dónde voy, pero al final termino dos pisos más arriba y no lejos de la habitación de Anden. Es más tranquilo aquí. Anden podría ser el único que se aloja en este piso, junto con unos pocos guardias.
Mientras voy, paso una puerta que conduce a una gran cámara que debe ser alguna sala pública y central de este piso. Me vuelvo hacia atrás y miro dentro. El lugar parece encalado, probablemente porque no tengo mis gafas virtuales puestas y no puedo ver todas las simulaciones; la sala se divide en una serie de altos cilindros como cabinas, cada una, un círculo de altas losas transparentes de vidrio. Interesante. Tengo una de esas cabinas cilíndricas en un rincón de mi habitación del hotel, aunque no me he molestado en probarlo todavía. Miro alrededor de la sala, luego, empujo con cuidado la puerta. Se desliza abriéndose sin sonido.
Entro y tan pronto como la puerta se cierra detrás de mí, la sala declara algo en antártico que no puedo entender. Tomo mis gafas virtuales de mi bolsillo y me las pongo.


 
Automáticamente, la voz de la habitación se ilumina y repite su frase, esta vez en inglés. «Bienvenida a la sala de simulación, June Iparis». Veo mi puntaje virtual subir en diez puntos, felicitándome por usar una sala de simulación por primera vez. Así como yo sospechaba, la sala ahora se ve brillante y llena de colores, y las paredes de cristal de las habitaciones cilíndricas tienen todo tipo de pantallas móviles en ellas.
¡Su acceso al portal fuera de casa! dice un panel. Úselo en conjunción con las gafas virtuales para una experiencia de total inmersión. Detrás del texto está un exuberante vídeo que muestra lo que parecen ser escenas hermosas de todo el mundo. Me pregunto si su portal es su manera de conectarse a Internet. De repente, mi interés despierta. Nunca he navegado en Internet fuera de la República, nunca he visto el mundo como lo que era, sin máscaras y filtros de la República. Me acerco a una de las cabinas de los cilindros de vidrio y paso al interior. El cristal de mí alrededor se ilumina.
—Hola, June —dice—. ¿Qué puedo encontrar para ti?
 
¿Qué debo buscar? Decido probar lo primero que me viene a la cabeza. Respondo, vacilante, preguntándome si tan sólo leerá mi voz.
—Daniel Altan Wing —le digo. ¿Cuánto más sabe el resto del mundo sobre Day?
De repente, todo a mí alrededor se desvanece. En cambio, estoy de pie en un círculo blanco con cientos —miles— de flotantes pantallas rectangulares a mí alrededor, cada una cubierta con imágenes, vídeos y textos. Al principio no sé qué hacer, así que me quedo donde estoy, mirando con asombro las imágenes a mí alrededor. Cada pantalla tiene información diferente de Day. Muchos de ellos son artículos de noticias. El más cercano a mí está reproduciendo un viejo vídeo de Day de pie en la cima de la terraza de la Torre del Capitolio, enalteciendo a la gente a apoyar a Anden. Cuando miro el tiempo suficiente (tres segundos), una voz empieza a hablar.
«En este vídeo, Daniel Altan Wing, también conocido como Day, da su apoyo al nuevo Elector de la República y evita un levantamiento nacional. Fuente: Archivos públicos de la República de América. ¿Ver todo el artículo?»
Mis ojos parpadean a otra pantalla, y la voz de la primera pantalla se desvanece. Esta segunda pantalla cobra vida cuando miro hacia ella, reproduciendo el vídeo de una entrevista a una chica que no conozco, con la


 
piel de color marrón claro y pálidos ojos color avellana. Lleva una raya escarlata en el cabello. Ella dice:
«He vivido en Nairobi durante los últimos cinco años, pero nunca habíamos oído hablar de él hasta que los vídeos de sus ataques contra el R-cero-A empezaron a aparecer en línea. Ahora pertenezco a un club…»
El vídeo se detiene allí, y la misma voz suave de antes dice:
 
«Fuente: Kenya Broadcasting Corporation. ¿Ver todo el vídeo?»
 
Doy un cuidadoso paso hacia adelante. Cada vez que me muevo, las pantallas rectangulares se reorganizan a mí alrededor para mostrar el siguiente círculo de imágenes para que examine. Imágenes de Day aparecen de cuando él y yo todavía estábamos trabajando para los Patriotas; veo una imagen borrosa de Day mirando por encima del hombro, con una sonrisa en los labios. Me hace sonrojar, así que rápidamente aparto la mirada. Miro a través de dos rondas más de ellos, entonces decido cambiar mi búsqueda. Esta vez busco algo con lo que siempre he tenido curiosidad.
—Los Estados Unidos de América —digo.
 
Las pantallas con vídeos e imágenes de Day se desvanecen, dejándome extrañamente decepcionada. Una nueva serie de pantallas voltean a mí alrededor, y casi puedo sentir una ligera brisa a medida que cambian en su lugar. Lo primero que aparece es una imagen que al instante reconozco como la bandera completa que los Patriotas utilizan y en la que basan su símbolo. La voz dice:
“La bandera de los antiguos Estados Unidos de América. Fuente: Wikiversidad, la Academia Libre. Historia de Estados Unidos Uno-cero-dos, Grado Once. ¿Ver entrada completa? Para la versión textual, decir: ‘Texto’”.
—Ver entrada completa —digo. La pantalla se acerca hacia mí, me envuelve en su contenido. Parpadeo, momentáneamente sacudida por la avalancha de imágenes. Cuando abro los ojos otra vez, casi me tropiezo. Estoy flotando en el cielo sobre un paisaje que se ve a la vez familiar y extraño. El esquema parece ser una versión de América del Norte, excepto que no hay lago extendiéndose desde Los Ángeles a San Francisco, y el territorio de las Colonias se ve mucho más grande de lo que recuerdo. Las nubes flotan por debajo de mis pies. Cuando doy un paso vacilante hacia abajo, cubro parte de


 
las nubes y de hecho puedo sentir el silbido de aire frío debajo de mis zapatos.
La voz comienza:
 
Los Estados Unidos de América, también conocido como USA, los Estados Unidos, EE.UU, América y los Estados; era un país importante en América del Norte compuesto por cincuenta estados unidos como una república constitucional federal. En primer lugar, declaró su independencia de Inglaterra el 4 de julio de 1776, y llegó a ser reconocido el 3 de septiembre de 1783. Los Estados Unidos se dividió no oficialmente en dos países el 01 de octubre de 2054 y oficialmente se convirtió en la República del oeste de América y las Colonias del este de América el 14 de marzo el año 2055”.
Aquí la voz pausa, y luego cambia.
 
“¿Ir a un subtema? Subtemas más populares: los tres años de inundación, la inundación de 2046, la República de América, las Colonias de América”.
Una serie de marcadores de color azul brillante aparece en las costas este y oeste de América del Norte. Me quedo mirando por un momento, mi corazón late con fuerza, antes de alcanzar y tratar de tocar un marcador cerca de la costa sur de las Colonias. Para mi sorpresa, puedo sentir la textura del paisaje debajo de mi dedo.
—Las Colonias de América —digo.
 
El mundo se precipita hacia mí a una velocidad vertiginosa. Ahora estoy de pie en lo que parece ser una base sólida, y todo a mí alrededor son miles de personas apiñadas en refugios improvisados en un paisaje urbano inundado, mientras que cientos están lanzando un ataque frontal contra los soldados vestidos con uniformes que no reconozco. Detrás de los soldados hay cajas y sacos de lo que parecen ser raciones.
A diferencia de la República de América”, comienza la voz, “donde el gobierno hace cumplir la regla a través de la ley marcial con el fin de acabar con la afluencia de refugiados hacia sus fronteras, las Colonias de América formadas el 14 de marzo de 2055 después de que las corporaciones tomaran el control del gobierno federal (los antiguos Estados Unidos, ver arriba en el índice), tras el fracaso de este último para manejar la deuda acumulada de la inundación de 2046”. Doy unos pasos hacia adelante, es como si estuviera aquí en medio de la escena, de pie sólo a unas pocas docenas de metros de donde está la gente


 
en disturbios. Mi entorno parece poco sólido y pixelado, como si representara un vídeo personal de alguien. “En esta grabación civil, la ciudad de Atlanta da escena a una revuelta de quince días contra la Agencia Federal de Manejo de Emergencias de Estados Unidos. Disturbios similares aparecieron en todas las ciudades del este en el transcurso de tres meses, después de lo cual las ciudades declararon lealtad a la corporación militar DesCon, la cual disponía de fondos que el gobierno asediado no tenía”.
La escena se desdibuja y borra, colocándome en el centro de un enorme campus lleno de edificios, cada uno mostrando un símbolo que reconozco como el logotipo DesCon.
“Junto con otras doce corporaciones, DesCon aportó los fondos para ayudar a los civiles. A principios de 2058, el gobierno de Estados Unidos dejó de existir por completo en el este y se sustituyó por las Colonias de América, formado por una coalición de las principales trece empresas del país y alentado por sus beneficios comunes. Después de una serie de fusiones, las Colonias de América se componen actualmente de cuatro corporaciones dominantes: DesCon, Cloud, Meditech, y Evergreen. ¿Ir a una corporación en específico?”.
               Me quedo en silencio, mirando el resto del vídeo mientras se despliega hasta que finalmente se detiene en el último fotograma, una imagen inquietante de un desesperado civil protegiéndose la cara de la pistola alzada de un soldado. Entonces me quito las gafas virtuales, me froto los ojos y salgo del cilindro de vidrio, ahora en blanco y estéril. Mis pasos resuenan en la cámara vacía. Me siento mareada y aturdida por la repentina falta de imágenes en movimiento.
¿Cómo es posible que dos países con tales filosofías radicalmente distintas puedan reunirse? ¿Qué esperanza tenemos, posiblemente, de transformar la República y las Colonias en lo que alguna vez fueron? O tal vez no son tan radicalmente diferentes como creo que son. ¿No son las corporaciones de las Colonias y el gobierno de la República en realidad la misma cosa? El poder absoluto es el poder absoluto, sin importar cómo se llame. ¿No es así?
Salgo de la cámara, perdida en mis pensamientos y cuando doy vuelta a la esquina para ir a mi habitación, casi me tropiezo con Anden.
—¿June? —exclama cuando me ve. Su cabello ondulado está ligeramente despeinado, como si él hubiera estado rastrillando sus manos a través de él, y el cuello de su camisa está arrugado, las mangas arremangadas hasta los codos y los botones cerca de su cuello abiertos. Se las arregla para serenarse


 
lo suficiente como para ofrecer una sonrisa y una reverencia—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Sólo explorando. —Le devuelvo la sonrisa. Estoy demasiado cansada para mencionar toda mi investigación en línea—. No estoy segura de lo que estoy haciendo aquí, para ser honesta.
Anden ríe suavemente.
 
—Yo tampoco. He estado vagando por los pasillos durante más de una hora.
—Hacemos una pausa por un momento. Luego se vuelve hacia atrás en la dirección de su suite y me da una mirada inquisitiva—. Los antárticos no nos van a ayudar, pero han tenido la amabilidad de enviar una botella de su mejor vino arriba a mi habitación. ¿Te importaría tomar un sorbo? Me vendría bien un poco de compañía… y algunos consejos.
¿Consejos de su humilde Princeps Electo? Camino con él, demasiado consciente de la cercanía entre nosotros.
—¡Qué amable de parte de ellos! —respondo.
 
              —Extremadamente amable —murmura en voz baja para que yo casi no lo oiga—. Para la próxima van a estar lanzándonos un desfile.
 
La suite de Anden es más agradable, por supuesto, que la mía; por lo menos los antárticos le dieron esa cortesía. Una ventana de cristal curvado corre a lo largo de la mitad de la pared, dándonos una vista impresionante de Ross City envuelta en miles de luces parpadeantes. Los antárticos deben simular esta caída de la noche también, teniendo en cuenta que se supone que es verano aquí, pero la simulación parece impecable. Pienso en la cúpula pareciendo una película por la que pasábamos mientras bajábamos a la ciudad. Tal vez actúa como una pantalla gigante también. Vetas danzan en silencio a través del cielo en hojas de colores increíbles, turquesa, magenta y oro, todos ellos se arremolinan juntos y desaparecen y reaparecen en un contexto de estrellas. Me deja sin aliento. Debe imitar la aurora austral. Había leído acerca de estas luces del sur durante nuestras lecciones semanales, aunque no esperaba que se vieran así de hermosas, ya sea una simulación o no.
—Hermosa vista —digo.
 
Anden sonríe con ironía, una pequeña chispa de diversión brillando a través de su estado de ánimo de otro modo cansado.


 
—Las inútiles ventajas de ser el Elector de la República —responde—. Me han asegurado que podemos ver a través de este cristal, pero que nadie desde fuera puede vernos. Por otra parte, tal vez sólo están jugando conmigo.
Nos instalamos en sillas suaves cerca de la ventana. Anden nos vierte dos copas de vino.
—Uno de los guardias acusados confesó acerca de la comandante Jameson
—dice mientras me entrega una copa—. Soldados de la República descontentos con mi autoridad, pagados por las Colonias. Las Colonias se están aprovechando del conocimiento de la comandante Jameson de nuestras fuerzas armadas. Incluso ella podría aún estar dentro de nuestras fronteras.
Me tomo mi vino, aturdida. Por lo tanto, todo era verdad. Deseo desesperadamente poder volver atrás en el tiempo a cuando yo había visitado a Thomas en su celda, que pudiera haber notado la configuración inusual en el tiempo. Y ella todavía podría estar dentro de nuestras fronteras.
¿Dónde está Thomas?
 
—Ten la seguridad —dice Anden cuando ve mi expresión—, de que estamos haciendo todo lo posible para encontrarla.
Todo lo que podamos podría no ser suficiente. No con nuestra atención y soldados repartidos tan débilmente, tratando de luchar una guerra en tantas partes.
—¿Qué hacemos ahora?
 
—Volvemos a la República mañana por la mañana —responde—. Eso es lo que haremos. Y vamos a empujar las Colonias de vuelta sin ayuda de los antárticos.
—¿De verdad vas a cederles algunas de nuestras tierras? —pregunto después de una pausa.
Anden gira el vino en su copa antes de tomar un sorbo.
 
—No los he rechazado aún —dice. Puedo escuchar el disgusto consigo mismo en su voz. Su padre debe haber visto tal movimiento como la mayor traición de su país.


 
—Lo siento —digo en voz baja, sin saber cómo consolarlo.
 
—Yo también lo siento. La buena noticia es que he recibido noticias de que Day y su hermano han sido evacuados con éxito a Los Ángeles. —Exhala un largo suspiro—. No quiero forzarlo a nada, pero podría estar quedándome sin opciones. Él está cumpliendo su palabra, ya sabes. Había acordado ayudarnos en cualquier forma posible, sin llegar a renunciar a su hermano. Está tratando de ayudar, con la esperanza de que va a hacerme sentir culpable de pedir a Eden. Me gustaría haberlo traído. Me gustaría que pudiera ver la situación desde mi punto de vista. —Mira hacia abajo.
Mi corazón se contrae de nuevo ante la idea de Day siendo muerto en acción, y se alivia ante la noticia de que ha sobrevivido ileso.
—¿Y si persuadimos a los antárticos de ingresar a Day para su tratamiento? Podría ser su única oportunidad de sobrevivir a su enfermedad, y puede, al menos, hacer que considere el riesgo de dejar que Eden se someta a la experimentación.
Anden niega con la cabeza.
 
—No tenemos nada con qué negociar. Antártida nos ha ofrecido toda la ayuda a la que están dispuestos. No se van a involucrar tomando a uno de nuestros pacientes.
En el fondo, sé esto también. Es sólo una idea final, desesperada de mi parte. Entiendo, así como él lo hace, que Day nunca va a entregar a su hermano a cambio de salvar su propia vida. Mis ojos se pierden de nuevo en la pantalla de luz exterior.
—Yo no los culpo, en absoluto —dice Anden después de una pausa—. Debería haber parado esas armas biológicas en el instante en que me nombraron Elector. El mismo día en que murió mi padre. Si yo fuera inteligente, eso es lo que hubiera hecho. Pero es demasiado tarde para pensar en eso ahora. Day tiene todo el derecho de negarse.
Siento una oleada de simpatía por él. Si él toma a la fuerza a Eden en custodia, Day no dudará en llamar al pueblo a levantarse en rebelión. Si respeta la decisión de Day, corre el riesgo de no encontrar una cura a tiempo y permitir que las Colonias se hagan cargo de nuestra capital y de nuestro país. Si él entrega un pedazo de nuestra tierra a la Antártida, el pueblo podría


 
verlo como un traidor. Y si se sellan nuestros puertos, no vamos a recibir importaciones y suministros en absoluto.
Y, sin embargo, no puedo culpar a Day tampoco. Trato de ponerme en sus zapatos. La República intenta matarme cuando era un niño de diez años de edad; experimentan en mí antes de que me escape. Vivo los próximos años en los suburbios más duros de Los Ángeles. Veo a la República envenenar a mi familia, matar a mi madre y mi hermano mayor, y cegar a mi hermano menor con sus plagas de ingeniería. A causa de los experimentos de la República, estoy muriendo lentamente. Y ahora, después de todas las mentiras y la crueldad, la República se acerca a mí, pidiendo mi ayuda. Rogándome para que puedan experimentar una vez más en mí hermano menor, experimentos que no pueden garantizar su seguridad absoluta. ¿Qué iba a decir? Probablemente me negaría, tal como lo hizo él. Es cierto que mi propia familia sufrió destinos horribles a manos de la República… pero Day ha estado en el frente, viendo todo lo que se despliega desde que era pequeño. Es un milagro que Day haya dado su apoyo a Anden en primer lugar.
              Anden y yo tomamos vino durante cuatro minutos más, viendo las luces de la ciudad en silencio.
 
—Envidio a Day, sabes —dice, su voz tan suave como siempre—. Estoy celoso de que él consiga tomar decisiones con el corazón. Cada elección que hace es honesta, y el pueblo lo ama por eso. Él puede darse el lujo de usar su corazón. —Su rostro se oscurece—. Pero el mundo fuera de la República es mucho más complicado. Simplemente no hay espacio para la emoción, ¿de acuerdo? Todas las relaciones de nuestros países se llevan a cabo junto con una frágil red de hilos diplomáticos, y estos temas son lo que nos impide ayudar a los otros.
Algo se rompe en su voz.
 
—No hay lugar para la emoción en el escenario político —contesto, bajando mi copa. No estoy segura de si estoy ayudando, pero las palabras salen de todos modos. Ni siquiera sé si yo las creo—. Cuando falla la emoción, la lógica te salvará. Es posible que envidies a Day, pero nunca serás él y él nunca será tú. Él no es el Elector de la República. Es un chico protegiendo a su hermano. eres un político. Tienes que tomar decisiones que rompen tú corazón, que duelen y defraudan, que nadie va a entender. Es tú deber. —Incluso cuando


 
digo esto, siento la duda en el fondo de mi mente, las semillas que ha sembrado Day.
Sin emoción, ¿cuál es el punto de ser humano?
 
Los ojos de Anden están cargados de tristeza. Se encorva, y por un momento lo puedo ver como realmente es, un joven gobernante de pie solo contra una marea de oposición y tratando de llevar la carga de su país sobre sus hombros, con un Senado cooperando sólo por miedo.
—Echo de menos a mi padre a veces —dice—. Sé que no debería admitir eso, pero es verdad. Sé que el resto del mundo lo ve como un monstruo. —Él pone su copa de vino en la mesa lateral, y luego entierra su cabeza en sus manos y se frota la cara una vez.
Me duele el corazón por él. Por lo menos puedo llorar a mi hermano sin miedo del odio de los demás. ¿Cómo debe ser saber que el padre que una vez amó fue el responsable de estos actos malvados?
—No te sientas culpable por tu dolor —digo suavemente—. A pesar de todo era tu padre.
Su mirada se detiene en mí, y como si fuera halado por una mano invisible, se inclina hacia delante. Él vacila allí, rondando peligrosamente entre el deseo y la razón. Está tan cerca, tan cerca ahora que si tuviera que moverme aunque sea un poco, nuestros labios podrían rozarse entre sí. Siento su respiración ligeramente contra mi piel, el calor de su cercanía, la dulzura tranquila de su amor. En este momento, me siento atraída por él.
—June… —susurra. Sus ojos bailan a través de mi cara.
 
Entonces me toca la barbilla con una mano, llevándome hacia adelante, y me besa.
Cierro los ojos. Debería detenerlo, pero no quiero. Hay algo electrizante sobre la pasión desnuda en el joven Elector de la República, la forma en que se inclina hacia mí, su deseo expuesto incluso por debajo de su cortesía inquebrantable. Cómo abre su corazón a nadie más que a mí. Cómo, a pesar de que todo funcione en contra de él, todavía tiene la fuerza para salir todos los días con su cabeza en alto y la espalda recta. Cómo continúa a pesar de todo, por el bien de su país. Como hacemos todos. Me dejo sucumbir. Él se separa de mis labios para besar mi mejilla. Luego, la línea suave de mi


 
mandíbula, justo debajo de mi oreja. Entonces mi cuello, sólo el más suave susurro de un toque. Un escalofrío barre a través de mí. Puedo sentirlo reteniéndose, y sé que lo que realmente quiere hacer es enlazar los dedos por mi cabello y ahogarse en mí.
Pero no lo hace. Él sabe, tanto como yo, que esto no es real.
 
Tengo que parar. Y con un esfuerzo doloroso, me aparto. Me esfuerzo por recuperar el aliento.
—Lo siento —susurro—. No puedo.
 
Anden baja la mirada, avergonzado. Pero no sorprendido. Sus mejillas se ruborizan en un rosa pálido en la penumbra de la habitación, y se pasa la mano por el cabello.
—No debería haber hecho eso —murmura. Caemos en silencio durante unos segundos incómodos, hasta que Anden suspira y se inclina totalmente hacia atrás. Me encorvo un poco, tanto decepcionada como aliviada—. Yo… sé que te preocupas profundamente por Day. Sé que no puedo esperar competir con eso. —Hace una mueca—. Eso fue inapropiado de mi parte. Mis disculpas, June.
Tengo un deseo fugaz de besarlo otra vez, para decirle que me importa, y borrar el dolor y la vergüenza en su cara que tira de mi corazón. Pero también sé que no lo amo, y no puedo provocarlo así. Sé que la verdadera razón por la que fuimos tan lejos es que no pude soportar la idea de alejarme en su momento más oscuro. Que me hubiera gustado, en el fondo… que él fuera otra persona. La verdad me llena de culpa.
—Debería irme —digo tristemente.
 
Anden se mueve más lejos de mí. Parece más solo que nunca. Aún así, se recompone e inclina la cabeza respetuosamente. Su momento de debilidad ha pasado, y su cortesía habitual se hace cargo. Como siempre, esconde su dolor también. Luego se pone de pie y tiende una mano hacia mí.
—Te voy a llevar de regreso a tu habitación. Descansa un poco, saldremos temprano en la mañana.
Me levanto también, pero no tomo su mano.


 
—Está bien. Puedo encontrar mi propio camino de regreso. —Evito mirarlo a los ojos. No quiero ver cómo todo lo que digo sólo le duele más. Entonces me vuelvo hacia la puerta y lo dejo atrás.
Ollie me saluda meneando la cola cuando vuelvo a mi habitación. Después de una sesión de caricias, me decido a probar el portal de Internet en mi habitación mientras se acurruca cerca y cae rápidamente dormido. Dirijo una búsqueda sobre Anden, así como sobre su padre. El portal de mi habitación es una versión simplificada del portal que usé más temprano, y sin texturas interactivas y sonidos envolventes conectados, pero aún así va mucho más allá de lo que he visto en la República.
Rebusco en silencio a través de los resultados de búsqueda. La mayoría son fotos y vídeos de propaganda que reconozco: Anden teniendo su retrato hecho cuando era un niño, el ex Elector de pie delante de Anden en los eventos de prensa y reuniones oficiales. Incluso la comunidad internacional parece tener poca información sobre la relación entre padre e hijo. Pero mientras más profundo investigo, más me tropiezo a través de momentos de algo sorprendentemente genuino. Veo un vídeo de Anden como de cuatro
             años de edad, sosteniendo su saludo con un rostro joven solemne mientras su padre pacientemente le muestra cómo. Encuentro una foto del  difunto
Elector sosteniendo a un lloroso, asustado Anden en sus brazos y susurrándole algo al oído, ajeno a la multitud que los rodea. Veo una imagen de él con enojo alejando a la prensa internacional de su pequeño hijo, de él agarrando la mano de Anden con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Me tropiezo a través de una inusual entrevista entre él y un periodista de África, que le pregunta qué es lo qué más le importa de la República.
—Mi Hijo —responde el último Elector sin dudar. Su expresión nunca se ablanda, pero los bordes de su voz cambian ligeramente—. Mi hijo siempre será todo para mí, porque algún día va a ser todo para la República. —Hace una pausa por un segundo para sonreír a la reportera. Dentro de esa sonrisa, me parece ver atisbos de un hombre diferente que alguna vez existió—. Mi hijo… me recuerda a mí mismo.
* * *


 
Inicialmente habíamos planeado volver a la capital la mañana siguiente, pero las noticias llegan justo cuando nos embarcaremos en nuestro jet en Ross City. Vienen más pronto de lo que creíamos que lo harían.
Denver ha caído ante las Colonias.




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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por yiany el Miér 4 Jul - 19:08

sab: OMG, al caído caerle, es obvio que el presidente de Antarctica quiere obtener el mayor provecho de toda esta situación, y al ceder tierras creo q Anden está cediendo su poder y mostrando debilidad ante quienes lo creen  incapaz


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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por yiniva el Miér 4 Jul - 21:56

Que complicado está todo ahora, no sé si es mejor que estén separados, luchando cada uno por su lado, Day no puede resistir tanto.
Gracias Yani


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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por yiany el Jue 5 Jul - 18:40

Miercoles, Day: un poco arriesgado, pero al menos lograron una pequeña victoria al destruir las naves de las colonias, aunque les ha costado también sus bajas, al menos han demostrado que quieren ayudar. Y Thomas por lo menos fue coherente en su línea de pensamiento sobre su lealtad a la República, no te miento, saber que murió me da un fresquito, sólo falta la comandante


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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por mariateresa el Vie 6 Jul - 13:19

Esto se complica cada vez mas nie imagino que va a ocurrir. Lo de Day, Eden, Anden y la guerra en curso.
No se como se podra arreglar todo, mas encima los profugos.
Gracias chicas


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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por yiany el Vie 6 Jul - 14:19

Miércoles June: La situación de Anden es complicada, por dónde se mire es un perder-perder, incluso con June. Ahora Denver ha caído, tendrá que establecer una estrategia para defenderse.
Pd. Las cosas interesantes que podría hacer con un Internet así.


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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por Yani el Vie 6 Jul - 19:58

                         
 
Traducido por Alexiacullen
 
Corregido por LizC
 
 DAY
 
     
—Day, estamos aquí!
 
Abro mis ojos un poco atontado ante el sonido suave de la voz de Tess. Ella me sonríe. Hay una presión en mi cabeza, y cuando levanto la
mano para tocar mi cabello, me doy cuenta de los vendajes que están envolviendo mi frente. El corte de mi mano también está ahora cubierto con un lino blanco y limpio. Me toma otro segundo darme cuenta que estoy sentado en una silla de ruedas.
—Oh, vamos —desembucho inmediatamente—. ¿Una jodida silla de ruedas?
             —Mi cabeza se siente nublada y ligera, una sensación familiar del resultado de una dosis de analgésicos—. ¿Dónde estamos? ¿Qué me sucedió?
 
—Probablemente necesitarás parar en un hospital cuando salgamos del tren. Ellos creen que la conmoción entera provocó una reacción mala en ti. —Tess camina a mi lado mientras algunos soldados me empujan a lo largo del vagón del tren. Más adelante veo a Pascao y los otros Patriotas bajando del tren—. Estamos en Los Ángeles. De vuelta a casa.
—¿Dónde están Eden y Lucy? —pregunto—. ¿Lo sabes?
 
—Ya se han instalado en tus apartamentos temporales en el sector Ruby — responde Tess. Se calla durante un segundo—. Supongo que el sector gema es ahora tu hogar.
Hogar. Caigo en silencio mientras bajamos del tren y salimos a raudales sobre la plataforma con los otros soldados. Los Ángeles se siente tan caluroso como siempre, un típico día brumoso a finales de otoño, y la luz amarillenta me hace entrecerrar los ojos. La silla de ruedas se siente tan extraña e irritante. Tengo un impulso repentino de salir corriendo y patearla sobre las vías. Soy un Corredor, no se supone que tenga que estar pegado a esta cosa chiflada. Otra mala respuesta, ¿provocada esta vez por la conmoción? Aprieto


mis dientes ante lo débil que me he convertido. El último pronóstico del médico me persigue. Un mes, quizás dos. La frecuencia de los severos dolores de cabeza, sin duda, han estado aumentando.
Los soldados me ayudan a entrar en un jeep. Antes de irnos, Tess se inclina por encima de mi ventana abierta y me da un abrazo rápido. El repentino calor de ella me sobresalta. Todo lo que puedo hacer es devolverle el abrazo, disfrutando el breve momento. Nos miramos el uno al otro fijamente hasta que el jeep se aleja de la estación y la figura de Tess desaparece en una curva. Incluso entonces, sigo girado alrededor de mi asiento para ver si puedo divisarla.
Nos detenemos en una intersección. Mientras esperamos que un grupo de evacuados crucen delante de nuestro jeep, estudio las calles del centro de Los Ángeles. Algunas cosas parece que no han cambiado: Líneas de soldados vociferan órdenes a los refugiados rebeldes; otros civiles se suben a los banquillos y protestan contra la afluencia de nuevas personas; las pantallas gigantes siguen destellando mensajes alentadores de la llamada victoria de la República en el frente de guerra, recordando a la gente: ¡No dejes que las
               Colonias conquisten tu hogar! ¡Apoya la causa!
Mi conversación con Eden se reproduce en mi mente.
 
Parpadeo, luego miro más cerca en las calles. Esta vez, las escenas que había pensado que eran familiares toman un nuevo contexto. Las líneas de soldados vociferando órdenes están en realidad repartiendo raciones a los nuevos refugiados. Los civiles protestando por las personas nuevas en realidad tienen permiso para protestar; los soldados observan todo, pero sus armas permanecen escondidas en sus cinturones. Y la propaganda de las pantallas gigantes, imágenes que se veían de mal agüero para mí, ahora parecen como mensajes de optimismo, una emisión de esperanza en tiempos oscuros, un intento desesperado de mantener los espíritus de la gente en alto. No muy lejos de donde nuestro jeep se detiene, veo una multitud de chicos evacuados rodeando a un joven soldado. Él se arrodilla para estar a la altura de sus miradas, y en sus manos hay una especie de juguete de marioneta que ahora está usando animadamente para contarles a los chicos historias. Bajo mi ventanilla. Su voz es clara y optimista. De vez en cuando los niños se ríen, su miedo y confusión se mantiene a raya momentáneamente. Cerca de allí, los padres miran con sus rostros agotados y agradecidos.


 
La gente y la República… están trabajando juntos.
 
Frunzo el ceño ante un pensamiento poco familiar. No hay duda de que la República ha hecho algunas cosas terribles a todos nosotros, que aún podrían estar haciendo esas cosas. Pero quizás… también he estado viendo las cosas que quiero ver. Quizás ahora que el antiguo Elector se ha ido, los soldados de la República también han comenzado a despojarse de sus máscaras. Quizás en serio están siguiendo el ejemplo de Anden.
El jeep me lleva primero a ver el apartamento donde se aloja Eden. Corre a saludarme cuando nos detenemos en el frente, con toda la tristeza de nuestra anterior discusión desaparecida.
—Dijeron que causaste un montón de problemas ahí fuera —dice mientras él y Lucy se unen a mí en el jeep. Una mirada de desaprobación se desliza sobre sus rostros—. No vuelvas a asustarme así otra vez.
Le doy una sonrisa irónica y alboroto su cabello.
 
—Ahora ya sabes cómo me siento respecto a tu decisión.
             Para el momento que llegamos al final de las afueras del Hospital Central de Los Ángeles, el rumor de nuestra llegada se ha extendido como un reguero de pólvora y una multitud enorme está esperando a mi jeep. Están gritando,
llorando, coreando… y dos patrullas de soldados son necesarias para formar una pasarela suficiente para que nos introduzcan en el interior del hospital. Me quedo atontado ante la gente cuando paso. Muchos de ellos tienen una mancha escarlata en sus cabellos, mientras otros sostienen letreros. Gritan la misma cosa.
SÁLVANOS.
 
Aparto nerviosamente la mirada. Todos ellos han visto u oído sobre lo que hice con los Patriotas en Denver. Pero no soy algún súper soldado invencible, soy un chico moribundo a punto de ser atrapado, indefenso, en el hospital mientras un enemigo se hace cargo de nuestro país.
Eden se inclina sobre el manillar de mi silla de ruedas. A pesar de que no dice una palabra, capto con una mirada su solemne rostro y sé exactamente lo que está corriendo por su mente. El pensamiento envía un temor recorriendo de arriba abajo mi columna.
Puedo salvarlos, está pensando mi hermano pequeño. Déjame salvarlos.


 
Una vez que estamos en el interior del hospital y los soldados bloquean las puertas, me empujan hasta las habitaciones de la tercera planta. Allí, Eden espera fuera mientras los doctores me atan con unas correas de metal y unos cables. Corren un escáner cerebral. Finalmente, me dejan descansar. A lo largo de todo esto, mi cabeza palpita continuamente, a veces tanto que siento incluso como si me estuviera moviendo, aunque estoy tendido en una cama. Las enfermeras entran y me dan algún tipo de inyección. Un par de horas más tarde, cuando estoy lo suficientemente fuerte como para sentarme, un par de médicos vienen a verme.
—¿Qué pasa? —pregunto antes de que ellos puedan dar su opinión—. ¿Me quedan tres días? ¿Cuál es el problema?
—No te preocupes —me asegura uno de ellos, el más joven e inexperto—, aún tienes un par de meses. Tu pronóstico no ha cambiado.
—¡Oh! —respondo. Bueno, eso es un alivio.
 
El médico mayor se rasca de forma incómoda su barba.
 
—Aún puedes moverte y hacer las actividades normales, cualesquiera que sean —refunfuña—, pero no te esfuerces. En cuanto a los tratamientos… — Se detiene ahí, luego me mira por encima de sus gafas—. Vamos a probar algunas drogas más radicales —continúa el médico con una expresión incómoda—. Pero permíteme ser claro, Day… nuestro mayor enemigo es el tiempo. Estamos luchando duro para prepararte para una cirugía muy arriesgada, pero el tiempo que necesita tus medicamentos pueden ser mayor que el tiempo que te queda. No hay mucho más que podamos hacer.
—¿Qué podemos hacer? —pregunto.
 
El médico asiente ante el goteo de la bolsa de fluido colgando a mi lado.
 
—Si llegas a completar el tratamiento, podrías estar listo para la cirugía en unos cuantos meses a partir de ahora.
Bajo la cabeza. ¿Me quedan unos cuantos meses? Están seguros de que el apagón se acerca.
—Así que —murmuro—, podría estar muerto en el momento en que la cirugía toque. O podría no quedar ninguna República.


 
Mi último comentario drena la sangre del rostro del médico. No responde, pero no necesita hacerlo. No es de extrañar que los otros médicos me hubieran advertido dejar zanjados mis asuntos organizados. Incluso en las mejores circunstancias, no podría salir adelante a tiempo. Pero en realidad podría vivir lo suficiente para ver a la República caer. El pensamiento me hace estremecer.
La única forma en que la Antártida ayudará es si proporcionamos pruebas de la cura contra esta plaga, darles un motivo para llamar a sus tropas para detener la invasión de las Colonias. Y la única manera de hacerlo es dejar que Eden se entregue a la República.
* * *
 
La medicina me noquea, y así todo el día antes de que recupere la consciencia. Cuando los doctores no están ahí, compruebo mis piernas dando pasos cortos alrededor de mi habitación. Me siento lo suficientemente fuerte como para ir sin la silla de ruedas. Aun así, me tropiezo cuando intento estirar demasiado en un brinco débil de un extremo a otro de la habitación. Nada.
Suspiro frustrado, luego me vuelvo a la cama. Mis ojos se deslizan a una             pantalla en la pared, donde se está reproduciendo lo sucedido a Denver.
Puedo decir que la República es muy cuidadosa sobre cuánto de ello muestran. He visto de primera mano cómo se veía cuando las tropas de la Colonia comenzaron a llegar, pero en las pantallas sólo reproducen tomas lejanas de la ciudad. El espectador sólo puede ver humo saliendo de varios edificios y la ominosa fila de aeronaves de las Colonias flotando cerca del borde de la Armadura. Luego se corta con imágenes de los aviones de la República alineándose en el aeródromo, preparados para lanzarse a la batalla. Por una vez me alegro que la propaganda esté en su lugar. Simplemente no hay razón en asustar a todo el país. También podrían mostrar la lucha de la República de nuevo.
No puedo dejar de pensar en el rostro sin vida de Frankie. O la forma en la que la cabeza de Thomas se sacudió hacia atrás cuando los soldados de las Colonias le dispararon. Me estremezco cuando se reproduce en mi mente. Espero en silencio durante otra media hora, mirando cuando los metrajes cambian de la batalla de Denver a titulares sobre cómo les había ayudado a desacelerar la invasión de las tropas de la Colonia. Ahora hay más personas en las calles, con sus rayas rojas y los letreros hechos a mano. Realmente creen que estoy marcando la diferencia. Me froto con la mano el rostro. Ellos no


 
entienden que sólo soy un chico, nunca había pretendido involucrarme tan profundamente en esto. Sin los Patriotas, June o Anden, no podría haber hecho nada. Por mí mismo soy un inútil.
Una interferencia resuena de repente en mi auricular; una llamada entrante. Salto. Luego una voz masculina desconocida suena en mi oído:
—Señor Wing —dice el hombre—. ¿Supongo que eres tú? Frunzo el ceño.
—¿Quién es?
 
—Señor Wing —dice el hombre, añadiendo una floritura de entusiasmo rajado que me envía un escalofrío por mi columna vertebral—. Le habla el Canciller de las Colonias. Encantado de conocerle.
¿El Canciller? Trago saliva fuerte. Sí, bien.
 
—¿Esto es algún tipo de broma? —cierro el micrófono—. Algún pirata informático…
             —Oh, vamos. Esta no sería una broma divertida en estos momentos, ¿verdad?
No sabía que las Colonias pudieran acceder a nuestros flujos de auriculares y hacer llamadas como estas. Frunzo el ceño, luego, bajo mi voz.
—¿Cómo has entrado? —¿Están ganando las Colonias en Denver? ¿Cayó ya la ciudad justo después de que termináramos evacuándola?
—Tengo mis métodos —responde el hombre, con su voz en una calma total—. Parece que algunas de tus personas han desertado a nuestro lado. No puedo decir que los culpe.
Alguien en la República debió haber traspasado información a las Colonias para permitirles usar nuestros flujos de datos de esta forma. De repente, mis pensamientos se apresuran de vuelta al trabajo que había hecho yo con los Patriotas, de cuando los soldados de las Colonias habían disparado a Thomas en la cabeza, las imágenes me envían un violento estremecimiento y me obligo a alejarlas. La comandante Jameson.
—Espero que no le esté incomodando —dice el Canciller antes de que yo pueda responder—, data tu condición y eso. Y estoy seguro de que te debes


 
estar sintiendo un poco cansado después de tu pequeña escapada en Denver. Debo decir que estoy impresionado.
No respondo a eso. Me pregunto qué más sabe; si conoce el hospital en el que estoy postrado ahora mismo… o peor, en dónde está nuestro nuevo apartamento, dónde se está quedando Eden.
—¿Qué quieres? —susurro finalmente.
 
Prácticamente puedo escuchar la sonrisa del Canciller sobre mi auricular.
 
—No me gustaría perder tu tiempo, así que vamos al meollo de esta conversación. Me doy cuenta que el actual Elector de la República es este sujeto, el joven Anden Stavropoulos. —Su tono es condescendiente—. Pero vamos, ambos sabemos quién manda de verdad en tu país. Y ese eres . La gente te adora, Day. Cuando mis tropas entraron primero en Denver, ¿sabes lo que me contaron? “Los civiles han cubierto las paredes con carteles de Day. Quieren verlo de vuelta en las pantallas”. Han sido muy tercos para cooperar con mis hombres, y sorprendentemente es un proceso agotador conseguir que lo hagan.
Mi ira arde lentamente.
 
—Deja a los civiles fuera de esto —digo con la mandíbula apretada—. Ellos no te pidieron que irrumpieras en sus casas.
—Pero lo olvidas —dice el Canciller con una voz persuasiva—. Tu República ha hecho exactamente las mismas cosas durante décadas… ¿No hicieron lo mismo con tu propia familia? Estamos invadiendo la República porque ellos nos lo hicieron a nosotros. Este virus que han enviado a través de la frontera.
¿Exactamente en dónde yace tu lealtad, y por qué? ¿Y te das cuenta, chico, cuán increíble es tu posición, a tu edad? ¿Cómo tienes tu dedo en el pulso de esta nación? ¿Cuánto poder albergas…?
—¿Cuál es tu punto, Canciller?
 
—Sé que te estás muriendo. Y además sé que tienes un hermano pequeño que te gustaría ver crecer.
—Involucra a Eden en esto de nuevo y esta conversación ha terminado.
 
—Muy bien. Sólo ten paciencia conmigo. En las Colonias, la Corporación Meditech se encarga de todos nuestros hospitales y tratamientos, y puedo


 
garantizarte que harían un trabajo mucho más fino tratándose de tu caso que cualquier otra cosa que pueda ofrecer la República. Así que, este es el trato. Puedes reducir lentamente lo poco que te queda de vida, permaneciendo fiel a tu país que no te es leal, o puedes hacer algo por nosotros. Puedes pedir públicamente a la gente de la República que acepte a las Colonias, y ayude a este país a caer bajo el dominio de algo mejor. Y podrás recibir tratamiento en un lugar de calidad. ¿No sería bonito? Seguramente te mereces más de lo que estás recibiendo.
Una risa burlona se abre camino fuera de mí.
 
—Sí, claro. ¿Esperas que me crea eso?
 
—Bueno, ahora veamos —dice el Canciller, intentando sonar divertido, pero esta vez detecto oscuridad en sus palabras—. Puedo ver que es un argumento algo flojo. Si optas por luchar por la República, respetaré esa decisión. Y solo espero que les suceda lo mejor a ti y a tu hermano, incluso después de que establezcamos nuestro lugar firmemente en la República. Pero soy un hombre de negocios, Day, y me gusta trabajar con un plan B en
mi mente. Así que, déjame preguntarte esto en su lugar. —Se detiene              durante un segundo—. La Princeps Electo June Iparis. ¿La quieres?
Una garra helada se aferra a mi pecho.
 
—¿Por qué?
 
—Bueno. —El tono de voz del Canciller se torna sombrío—. Tienes que ver esta situación desde mi punto de vista —dice suavemente—. La Colonia ganará, inevitablemente, en esta contienda. La señorita Iparis es una de las personas asentadas en todo el corazón del gobierno perdedor. Ahora, hijo, quiero que pienses en esto. ¿Qué supones que va a suceder con el gobierno regente en el lado perdedor de una guerra?
Mis manos tiemblan. Este es un pensamiento que ha flotado en la oscuridad de los recovecos de mi mente, algo que me he negado a pensar. Hasta ahora.
—¿Estás amenazándola? —susurro.
 
El Canciller reprende ante la señal desaprobatoria de mi tono.
 
—Solo estoy siendo razonable. ¿Qué crees que la pasará una vez que declaremos la victoria? ¿De verdad piensas que permitiremos vivir a la chica que está en camino a convertirse en el líder del Senado de la República? Así es


 
como funcionan todas las naciones civilizadas, Day, y ha sido así durante siglos. Durante milenios. Después de todo, estoy seguro que tu Elector ejecutó a quienes estuvieron en contra de él. ¿No? —Permanezco en silencio—. La señorita Iparis junto con el Elector y su Senado, serán juzgados y ejecutados. Eso es lo que le sucede a un gobierno que pierde en una guerra, Day. —Su voz se vuelve seria—. Si no cooperas con nosotros, entonces podrías tener que vivir con su sangre en tus manos. Pero si cooperas, podría buscar la forma de perdonarles por sus crímenes de guerra. Y lo que es más
—añade—, podrás tener todas las comodidades de una vida de calidad. No tendrás que preocuparte por la seguridad de tu familia nunca más. No tendrás que preocuparte tampoco por la gente de la República. Ellos no conocerán nada mejor; la gente común nunca sabe lo que es mejor para ellos. Pero tú y yo sí, ¿cierto? Sabes que estarán mejor sin las normas de la República. A veces simplemente no entienden sus opciones… necesitan que sus decisiones les sean tomadas. Después de todo, tú elegiste manipular a la gente por ti mismo cuando quisiste que aceptaran a tu nuevo Elector. ¿Estoy en lo cierto?
Juzgada y ejecutada. June, se habrá ido. Temer la posibilidad es una cosa;             escuchar deletreármela y luego utilizarla para hacerme chantaje es otra. Mi mente da vueltas frenéticamente para encontrar la manera de hacerles
escapar en su lugar, para encontrar asilo en otro país. Quizás los de Antártida puedan albergar a June y a los otros, y protegerles en caso de que las Colonias invadan el país. Debe haber una forma. Pero… ¿qué pasa con el resto de nosotros? ¿Qué detendrá a las Colonias de dañar a mi hermano?
—¿Cómo sé que mantendrás tu palabra? —me las arreglo finalmente a graznar.
—Para mostrarte mi verdadera naturaleza, te doy mi palabra de que las Colonias han cesado sus ataques desde esta mañana, y no las reanudaré durante tres días. Si accedes a mi propuesta, simplemente garantizarías la seguridad de la gente de la República… y de tus seres queridos. Por lo tanto, dejemos que la elección sea tuya. —El Canciller se ríe un poco—. Y te recomiendo que mantengas esta conversación para ti mismo.
—Pensaré sobre ello —susurro.
 
—Maravilloso. —La voz del Canciller se alegra—. Como he dicho, tan pronto como sea posible. Después de tres días, esperaré escucharte de vuelta


 
haciendo un anuncio público para la República. Esto puede ser el comienzo de una relación muy fructífera. El tiempo es la esencia; sé que entiendes esto mejor que nadie.
Luego la llamada termina. El silencio es atronador. Me siento ante la pesadez de nuestra conversación durante un momento, asimilándola. Los pensamientos corren sin cesar a través de mi mente… Eden, June, la República, el Elector. Su sangre en tus manos. La frustración y el miedo burbujeando dentro de mi pecho me amenazan con ahogarme en su marea. El Canciller es inteligente, le daré eso; sabe exactamente cuáles son mis debilidades y va a intentar usarlas para su propio beneficio. Pero los dos podemos jugar a esto. Tengo que advertir a June… y tendré que hacerlo discretamente. Si las Colonias se enteran de que he difundido la palabra en lugar de mantener mi boca cerrada y haciendo como lo dijo el Canciller, entonces quién sabe qué trucos podrían intentar sacar. Pero quizás podamos intentar utilizar esto para ventaja nuestra. Mi mente da vueltas. Tal vez podamos engañar al Canciller en su propio juego.
De repente, un grito se hace eco desde el pasillo exterior que eriza cada pelo             de mi piel. Giro mi cabeza hacia la dirección del sonido. Alguien está viniendo
por el pasillo contra su voluntad… quienquiera que sea debe estar desplegando una muy buena pelea.
No estoy infectada —protesta la voz. Se hace más fuerte hasta que está justo fuera de mi puerta, luego se desvanece mientras el sonido de las voces y las ruedas de las camillas se alejan por el pasillo. Reconozco la voz de inmediato—. Realiza las pruebas de nuevo. No es nada. No estoy infectada.
A pesar de que no sé exactamente lo que está pasando, al instante estoy seguro de una cosa: la enfermedad extendiéndose por las Colonias tiene una nueva víctima.
Tess.




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Yani

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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por Yani el Vie 6 Jul - 20:01

JUNE
                     Por primera vez en la historia de la República, en hay capital en la que aterrizar.
Tocamos tierra en un aeropuerto situado en el extremo sur de la Universidad de Drake a las 1600 horas, ni a un cuarto de kilómetro
de distancia de donde solía asistir a todas mis clases de Historia de la República. La tarde es desconcertantemente soleada. ¿Realmente ha pasado menos de un año desde que todo pasó? Mientras nos bajamos del avión y esperamos por nuestro equipaje para descargar, miro a mí alrededor en un estupor sin brillo. El campus, tanto nostálgico y extraño para mí, está más vacío de lo que recuerdo, muchos de los estudiantes de último año, he oído,
              han sido empujados a graduarse antes con el fin de enviarlos al frente de
guerra para luchar por la supervivencia de la República. Camino en silencio por las calles del campus a unos pasos detrás de Anden, mientras que Mariana y Serge, como parte de su naturaleza de senadores, mantienen un flujo constante de charla con su de otra manera tranquilo Elector. Ollie se mantiene cerca de mi lado, su pelaje en punta por su cuello. El patio interior principal de Drake, normalmente lleno de gente con estudiantes paseando, es ahora el hogar de unos pocos refugiados traídos de Denver y algunas ciudades vecinas. Una extraña vista inquietante.
En el momento en que llegamos a una serie de jeeps esperando por nosotros y comenzamos a viajar a través del sector Batalla, me doy cuenta de cosas diferentes a lo largo de Los Ángeles que han cambiado. Centros de evacuación han aparecido en donde el sector Batalla se une con Blueridge, donde los edificios militares dan paso a civiles de alta clase, y muchos de los edificios más viejos, medio abandonados a lo largo de este pobre sector se han convertido a toda prisa en centros de evacuación. Grandes multitudes de refugiados del disuelto Denver llenan las entradas, todos con la esperanza de tener la suerte de conseguir una habitación designada. Una sola mirada me


 
dice que, como es natural, la gente esperando aquí son todos probablemente de los sectores pobres de Denver.
—¿Dónde estamos poniendo a las familias de la clase alta? —pregunta Anden—. En un sector gema, ¿seguramente? —Creo que es difícil ahora decir algo como esto sin un borde afilado en mi voz.
Anden parece infeliz, pero responde con calma.
 
—En Ruby. Tú, Mariana, y Serge tendrán todos apartamentos allí. —Él lee mi expresión—. Sé lo que estás pensando. Pero no puedo permitir a nuestras familias ricas rebelándose contra mí por obligarlas a los centros de evacuación en los sectores pobres. propuse una serie de espacios en Ruby para ser asignados a los pobres; serán asignados a ellos en un sistema de lotería.
No respondo, simplemente porque no tengo nada que argumentar en contra.
¿Qué hay que hacer en esta situación? No es como si Anden pudiera arrancar de raíz la infraestructura de todo el país en el lapso de un año. Al mirar a través de la ventana, un creciente grupo de manifestantes se reúne a lo largo
                del borde de una zona vigilada de refugiados. ¡MUÉVANLOS A LAS AFUERAS! dice uno de los letreros. ¡MANTÉNGALOS EN CUARENTENA!
 
La vista envía un escalofrío por mi espalda. No parece tan diferente de lo que había ocurrido en los primeros años de la República, cuando el oeste protestó por las personas huyendo desde el este.
Conducimos en silencio durante un rato. Entonces, de repente, Anden presiona su mano contra su oreja y hace señas al conductor.
—Encienda la pantalla —dice, señalando el pequeño monitor incorporado en los asientos del jeep—. El general Marshall dice que las Colonias están transmitiendo algo a nuestro duodécimo canal.
Todos vemos como el monitor vuelve a la vida. Al principio sólo vemos una pantalla en blanco y negro, pero luego la emisión entra, y yo miro como la consigna y sello de las Colonias aparecen sobre una bandera oscilando de las Colonias.
 
 
LAS COLONIAS DE AMÉRICA


  CLOUD. MEDITECH. DESCON. EVERGREEN
UN ESTADO LIBRE ES UN ESTADO CORPORATIVO
 
 
Entonces, un paisaje al atardecer de una hermosa y brillante ciudad aparece, completamente cubierto de miles de luces parpadeantes azules.
—Ciudadanos de la República —dice una voz grandiosa—. Bienvenidos a las Colonias de América. Como muchos de ustedes ya saben, las Colonias han invadido la capital de la República en Denver y, como tal, han declarado una victoria no oficial sobre el régimen tiránico que los ha mantenido a todos bajo su pulgar. Después de más de cien años de sufrimiento, ahora son libres. —El paisaje cambia a un mapa de arriba hacia abajo, tanto de la República y las Colonias, excepto esta vez, la línea que divide las dos naciones se ha ido. Un escalofrío recorre mi espina dorsal—. En las próximas semanas, todos ustedes serán integrados en nuestro sistema de justa competencia y libertad. Usted es un ciudadano de las Colonias. ¿Qué es lo que eso significa, puede que se pregunten?
              La voz hace una pausa, y la imagen cambia a una familia feliz sosteniendo en cheque frente de ellos.
—Como nuevo ciudadano, cada uno de ustedes tendrá derecho a por lo menos cinco mil Notas de las Colonias, equivalentes a sesenta mil Notas de la República, otorgados por una de nuestras cuatro principales corporaciones en la que decida trabajar. Cuanto mayor sea su ingreso actual, mayor le pagaremos. Ya no va a responder a la policía callejera de la República, sino a patrullas de ciudad DesCon, su propia policía de barrio privada dedicada a servirlo a usted. Su empleador ya no será la República, sino una de nuestras cuatro distinguidas corporaciones, donde podrá aplicar para una carrera satisfactoria. —El vídeo se desplaza de nuevo a las escenas de trabajadores felices, orgullosos, caras sonrientes rondando en trajes y corbatas—. Le ofrecemos a ustedes, ciudadanos, la libertad de elección.
La libertad de elección. Imágenes destellan a través de mi mente de lo que había visto en las Colonias cuando Day y yo nos aventuramos la primera vez en su territorio. Las multitudes de trabajadores, los barrios bajos de los pobres en ruinas. Los anuncios impresos por toda la ropa de la gente. Los comerciales que cubrían cada centímetro cuadrado de los edificios. Por


 
encima de todo eso, la policía de DesCon, la forma en que se habían negado a ayudar a la mujer que fue robada quien había faltado a sus pagos de su departamento. ¿Es este el futuro de la República? Y de repente me siento nauseabunda, porque no puedo decir si la gente estaría mejor en la República o las Colonias.
La transmisión continúa.
 
—Sólo pedimos que nos regreses un pequeño favor. —El vídeo cambia de nuevo, esta vez a un escenario de personas que protestaban solidariamente—. Si usted, como un civil, tiene quejas con la República, ahora es el momento de expresarlas. Si usted es lo suficientemente valiente como para realizar protestas a través de sus respectivas ciudades, las Colonias le pagarán un adicional de cinco mil Notas de las Colonias, así como la concesión de un descuento de un año en todos nuestros productos comestibles Corp Cloud. Envíe simplemente su prueba de participación a cualquier sede DesCon en Denver, Colorado, junto con su nombre y dirección de correo.
Por lo tanto, esto explica las diversas protestas asaltando alrededor de la ciudad. Incluso su propaganda suena como un anuncio. Uno peligrosamente
              tentador.
—Declarando la victoria un poco demasiado pronto —digo en voz baja.
 
—Están tratando de voltear a la gente en nuestra contra —murmulla Anden en respuesta—. Anunciaron un alto el fuego esta mañana, tal vez como una oportunidad para difundir la propaganda de esta manera.
—Dudo que sea eficaz —le digo, aunque no sueno tan segura como debería. Todos estos años de propaganda anti-Colonias van a hacer difíciles las cosas para las Colonias. ¿No es así?
El jeep de Anden finalmente se desacelera a un alto. Frunzo el ceño, confundida por un segundo. En lugar de llevarme de nuevo al rascacielos de mi apartamento temporal, ahora estamos estacionados frente al Hospital Central de Los Ángeles. El lugar donde Metias murió. Echo un vistazo a Anden.
—¿Qué estamos haciendo aquí? —pregunto.
 
—Day está aquí —responde Anden. Su voz queda un poco atascada cuando dice el nombre de Day.


  —¿Por qué?
 
Anden no mira hacia mí. Él parece reacio a hablar de ello.
 
—Se derrumbó durante la evacuación de Los Ángeles —explica—. La serie de explosiones que hemos utilizado para destruir los túneles subterráneos, aparentemente desencadenó uno de sus dolores de cabeza severos. Los médicos han comenzado otra ronda de tratamiento para él. —Anden hace una pausa, entonces me da una mirada severa—. Hay otra razón por la que estamos aquí. Pero la verás por ti misma.
El jeep se detiene. Salgo, y luego espero a Anden. Un sentimiento de temor se arrastra lentamente a través de mí. ¿Qué pasa si la enfermedad de Day ha empeorado? ¿Y si no va a salir adelante? ¿Es por eso que está aquí? No hay razón para que Day alguna vez haya puesto un pie en el interior de este edificio de nuevo, no a menos que él fuera obligado, no después de todo lo que este hospital le hizo pasar.
Juntos, Anden y yo nos dirigimos hacia el edificio con soldados flanqueándonos. Viajamos hasta el cuarto piso, donde uno de los soldados
              nos da la entrada, y luego caminamos dentro del piso del laboratorio del Hospital Central.
 
La sensación de tensión en mi estómago sólo se aprieta más a medida que avanzamos.
Finalmente, nos detenemos frente a una serie más pequeña de habitaciones que se alinean a un lado del piso principal del laboratorio. A medida que avanzamos a través de una de estas puertas, veo a Day. Está de pie fuera de una sala con paredes de cristal, fumando uno de sus cigarrillos azul y mirando como alguien dentro es inspeccionado por técnicos de laboratorio en trajes de cuerpo entero. Sin embargo, lo que me hace perder el aliento, es que está apoyándose en un par de muletas pesadamente. ¿Cuánto tiempo lleva aquí? Se ve agotado, pálido y distante. Me pregunto qué nuevos fármacos están tratando los médicos con él. El pensamiento es un punzante recordatorio fugaz de la vida menguante de Day, los pocos segundos que le quedan, sonando lentamente.
De pie junto a él hay algunos técnicos de laboratorio con overoles blancos y gafas colgando de sus cuellos, cada uno de ellos mirando la habitación y


 
escribiendo en sus cuadernos. A poca distancia, Pascao está en una profunda conversación con los otros Patriotas. Dejaron solo a Day.
—¿Day? —digo mientras nos acercamos.
 
Él mira hacia mí, una docena de emociones parpadean a través de sus ojos, algunas hacen a mis mejillas sonrojarse. Entonces se da cuenta de Anden. Se las arregla para dar al Elector una rígida reverencia con su cabeza, luego se vuelve de nuevo a ver al paciente en el otro lado del cristal. Tess.
—¿Qué está pasando? —pregunto a Day. Toma otra calada a su cigarrillo y baja los ojos.
—Ellos no me dejan entrar. Piensan que podría haberse venido abajo con lo que sea que es esta nueva peste —dice. Su voz es tranquila, pero puedo oír una corriente subterránea de frustración e ira—. Ya han corrido pruebas sobre los demás patriotas y sobre mí. Tess es la única que no resultó limpia.
Tess aleja las manos de los técnicos de laboratorio, luego tropieza hacia atrás, como si estuviera teniendo problemas para mantener el equilibrio. El sudor se
              forma en su frente y gotea por su cuello. La parte blanca de sus ojos tienen un tinte amarillo enfermizo en ellos, y cuando miro de cerca, puedo decir que
ella está entrecerrando los ojos en un esfuerzo por ver todo a su alrededor, algo que me recuerda su miopía, la forma en que solía escudriñar hacia las calles de Lake. Sus manos están temblando.
Trago saliva por la vista. Los Patriotas no pudieron haber sido expuestos por mucho tiempo a los soldados de las Colonias, pero al parecer fue suficiente para que algún soldado portador del virus lo pasara a uno de ellos.
También es una posibilidad muy real que las Colonias estén extendiendo a propósito la enfermedad directamente de regreso a nosotros, ahora que están en nuestro territorio. Mis entrañas se tornan heladas cuando recuerdo una frase de los viejos diarios de Metias: Un día vamos a crear un virus que nadie será capaz de parar. Y eso sólo podría provocar la caída de la República entera.
Uno de los técnicos de laboratorio se vuelve hacia mí y ofrece una explicación rápida.
—El virus parece una mutación de uno de nuestros pasados experimentos de la plaga —dice ella, disparando a Day una mirada nerviosa (él debe haberle


 
dado un mal rato por esto antes) antes de continuar—. Por lo que podemos decir de las estadísticas que las Colonias han lanzado, el virus parece tener una tasa de absorción baja entre los adultos sanos, pero cuando logra infectar a alguien, la enfermedad progresa rápidamente y la tasa de mortalidad es muy alta. Estamos viendo tiempos de infección-hasta-la-muerte de alrededor de una semana. —Ella se vuelve momentáneamente hacia Tess en el otro lado del cristal—. Ella está mostrando algunos de los primeros síntomas, fiebre, mareos, ictericia, y el síntoma que nos señala uno de nuestros propios virus manufacturados, ceguera temporal o posiblemente permanente.
A mi lado, Day aprieta sus muletas con tanta fuerza que los nudillos se ven blancos. Conociéndolo, me pregunto si ya ha tenido varias peleas con los técnicos de laboratorio, tratando de forzar su camino a verla o gritarles que no la molesten. Sé que él debe estar imaginándose a Eden en estos momentos, con sus ojos púrpuras, medio ciego, y en este momento, un odio profundo hacia la antigua República llena mi pecho. Mi padre había trabajado detrás de esas puertas experimentales de laboratorio. Había tratado de renunciar una vez que se enteró de lo que estaban haciendo en realidad con
              todas esas plagas locales de Los Ángeles, y dio su vida como resultado. ¿Esta
ese país realmente detrás de nosotros ahora? ¿Puede nuestra reputación cambiar a los ojos del mundo exterior, o de las Colonias?
—Ella trató de salvar a Frankie —susurra Day, con los ojos fijos en Tess—. Ella logró llegar al interior de la Armadura justo después de que nosotros lo hicimos. Pensé que Thomas iba a matarla. —Su voz se vuelve amarga—. Pero tal vez ella ya estaba marcada para morir.
—¿Thomas? —susurro.
 
—Thomas está muerto —murmura—. Cuando Pascao y yo estábamos huyendo hacia la Armadura, lo vi de pie y frente a los soldados de las Colonias solo. Siguió disparando contra ellos hasta que le dispararon en la cabeza. —Él se estremece en esta última frase.
Thomas está muerto.
 
Parpadeo dos veces, de repente entumecida de pies a cabeza. No debería estar en shock. ¿Por qué estoy en shock? Yo estaba preparada para esto. El soldado que había apuñalado a mi hermano a través del corazón, que había disparado a la madre de Day… se ha ido. Y, por supuesto, habría muerto de


 
esta manera, defendiendo a la República hasta el final, inquebrantable en su insana lealtad a un estado que ya le había dado la espalda. También entiendo de inmediato por qué esto ha afectado a Day tanto. Le dispararon en la cabeza. Me siento vacía por la noticia. Exhausta. Entumecida. Mis hombros se hunden.
—Es lo mejor —susurro finalmente a través del nudo en mi garganta. Imágenes destellan a través de mi cabeza de Metias, y de lo que Thomas me había hablado de su última noche con vida. Obligo mis pensamientos de nuevo a Tess. A los vivos, y los que aún importan—. Tess va a estar bien —le digo. Mis palabras suenan poco convincentes—. Sólo tenemos que encontrar un camino.
Los técnicos de laboratorio dentro de la habitación de cristal pegan una larga aguja en el brazo derecho de Tess, y luego el izquierdo. Ella deja escapar un sollozo ahogado. Day arranca sus ojos de la escena, ajusta su agarre en sus muletas, y comienza a hacer su camino hacia nosotros. Mientras me pasa, susurra:
Esta noche. —Luego nos deja al resto detrás y se dirige por el pasillo.
 
Lo veo irse en silencio. Anden suspira, mira tristemente hacia Tess, y se une a los otros técnicos de laboratorio.
—¿Está segura que Day está limpio? —dice a la que había compartido la información sobre el virus con nosotros. Ella lo confirma, y Anden asiente a ella en señal de aprobación—. Quiero una segunda prueba de revisión en todos nuestros soldados de inmediato. —Él se gira hacia uno de los otros senadores—. Luego quiero que un mensaje sea enviado de forma inmediata al Canciller de las Colonias, así como a su director de DesCon. Vamos a ver si la diplomacia puede llevarnos a alguna parte.
Por último, Anden me da una larga mirada.
 
—Sé que no tengo derecho a pedirte esto —dice—. Pero si puedes encontrar en tu corazón el preguntarle de nuevo a Day sobre su hermano, te estaría agradecido. Todavía podríamos tener una oportunidad con la Antártida.
 
 
1930 horas. SECTOR RUBY.


  23 °C.
 
 
El rascacielos en que me estoy quedando está a sólo unas pocas cuadras de distancia de donde Metias y yo solíamos vivir. A medida que el jeep en el que voy se acerca, miro por la calle y trato de echar un vistazo a mi antiguo complejo de apartamentos. Incluso el sector Ruby está ahora bloqueado con segmentos de cinta que indican cuáles son las áreas para los evacuados, y los soldados se alinean en las calles. Me pregunto dónde Anden está quedándose en medio de todo este lío; probablemente en algún lugar del sector Batalla. Él estará definitivamente despierto hasta tarde esta noche. Antes de que me fuera para mi apartamento asignado, me había llevado a un lado en la sala de laboratorio. Sus ojos parpadearon inconscientemente a mis labios y luego de vuelta hacia arriba otra vez. Sabía que él estaba reviviendo el breve momento que compartimos en Ross City, así como las palabras que habían llegado después de eso. Sé que te preocupas profundamente por Day.
—June —dijo después de una pausa incómoda—. Nos reuniremos con el Senado mañana por la mañana para discutir cuáles serán nuestros próximos
              pasos. Quiero darte el aviso que esta será una conferencia en la que cada uno de los Princeps Electos entregará unas palabras al grupo. Es la oportunidad de experimentar lo que cada uno haría si fuera el Princeps oficial, pero te
advierto, las cosas pueden ponerse calientes. —Él sonrió un poco—. Esta guerra nos ha llevado al borde, por decirlo suavemente.
Quería decirle que me gustaría quedar al margen. Otro encuentro con los senadores, otra sesión de cuatro horas escuchando cuarenta cabezas parlantes, todas tratando de sobreponerse entre sí, todas tratando de influenciar a Anden para estar de su lado o avergonzarlo en frente de los otros. Sin duda Mariana y Serge dirigirán los argumentos para ver cuál de ellos puede resultar como el mejor candidato a Princeps. La mera idea de eso me quitan las fuerzas que me quedan. Pero, al mismo tiempo, el pensamiento de dejar a Anden asumir solo toda la carga en una habitación llena de gente que es tan fría y distante, es muy difícil de soportar. Entonces sonreí y me incliné hacia él, como un buen Princeps Electo.
—Estaré allí —le respondí.
 
Ahora el jeep se detiene al llegar a mi complejo asignado, y empujo el recuerdo fuera de mi mente. Salgo del jeep con Ollie, luego lo observo irse


 
hasta que gira en una esquina y desaparece completamente de mi vista. Me dirijo hacia el interior del rascacielos.
Inicialmente planeo detenerme en la habitación de Day después de pasar por la mía, para ver qué quiso decir con su comentario de “esta noche”. Pero al llegar a mi pasillo me doy cuenta que no es necesario.
Day está fuera de mi puerta, sentado pegado a la pared y fumando un cigarrillo azul con un aire ausente. Sus muletas yacen a su lado. Aunque él no demuestra emociones, una parte de su forma de ser —salvaje, imprudente, desafiante— todavía brilla a través suyo, y por un instante recuerdo cuando lo conocí en las calles, con sus brillantes ojos azules, sus vivaces movimientos y su revoltoso cabello rubio. Esa imagen nostálgica es tan dulce que de repente siento mis ojos humedecerse. Tomo aire profundamente para evitar llorar.
Él se pone de pie al verme al final del pasillo.
 
—June —dice mientras me acerco.
 
Ollie corre a saludarlo y él lo acaricia en la cabeza. Todavía luce exhausto, pero se las arregla para darme una torcida, si no triste, sonrisa.
Sin sus muletas, se balancea en sus pies. Sus ojos están cargados de angustia, y sé que es por lo pasado antes en el laboratorio.
—Por la expresión de tu rostro, supongo que los antárticos no fueron de mucha ayuda.
Sacudo mi cabeza y abro mi puerta para invitarlo a entrar.
 
—No realmente —le respondo mientras cierro la puerta detrás de mí. Mis ojos estudian la habitación instintivamente, memorizando su disposición. Me recuerda a mi antiguo hogar, un poco cercano a la comodidad—. Ellos contactaron a las Naciones Unidas debido a la plaga. Están por cerrar todos nuestros puertos de tráfico. No habrá importaciones o exportaciones, nada de ayuda ni suministros. Ahora todos estamos bajo cuarentena. Nos dijeron que nos pueden ayudar sólo si antes les mostramos una prueba de la cura, o si Anden les entrega una parte de tierra de la República como pago. Hasta que eso pase, ellos no enviarán ninguna tropa. Todo lo que ahora sé, es que ellos están siguiendo nuestra situación bastante de cerca.


 
Day no dice nada. En cambio, se aleja de mí y va hacia el balcón. Se apoya contra la barandilla. Le pongo comida y agua a Ollie para luego unirme a él. El sol se puso hace un rato, pero con el resplandor de la luces de la ciudad podemos ver las nubes bajas tapando las estrellas, cubriendo el cielo de sombras grises y negras. Me doy cuenta lo mucho que Day tiene que apoyarse en la barandilla para mantenerse en pie, y me dan ganas de preguntarle cómo se siente. Pero la expresión de su rostro me detiene. Probablemente no quiere hablar de eso.
—Entonces… —dice luego da otra calada de su cigarrillo. La luz de las pantallas gigantes lejanas pintan una línea brillante de azul y púrpura en su rostro. Sus ojos se deslizan entre los edificios, y sé que está analizando por instinto cómo correría a través de cada uno de ellos—. Supongo que estamos solos ahora. Aunque no puedo decir que estoy molesto por ello. La República siempre estuvo por cerrar sus fronteras, ¿cierto? Tal vez así pueda combatir a su manera. Nada te motiva más que estar solo y atrapado en las calles.
Cuando de nuevo lleva el cigarrillo a sus labios, veo su mano temblorosa. El anillo de sujetapapeles brilla en su dedo.
             —Day —digo amablemente. Él simplemente levanta una ceja y me mira de reojo—. Estás temblando.
Él exhala una bocanada de humo azul, mira de reojo las luces de la ciudad en la oscuridad, y luego baja sus pestañas.
—Es extraño estar de nuevo en Los Ángeles —responde, su voz es distraída y distante—. Estoy bien. Simplemente preocupado por Tess. —Se hace un gran silencio.
Sé que el nombre, Eden, está en la punta de nuestras lenguas, aunque ninguno de nosotros quiere soltarlo primero. Finalmente Day corta el silencio, y cuando lo hace, lo aborda con un lento y penoso dolor.
—June, estuve pensando en qué es lo que tu Elector quiere de mí. Sobre, tu sabes… sobre mi hermano. —Suspira y luego se inclina más sobre la barandilla y pasa una mano por su cabello. Su brazo roza el mío, incluso este pequeño gesto hace que mi corazón acelere sus latidos—. Tuve una discusión con Eden sobre todo esto.


 
—¿Qué dijo? —pregunto. De alguna manera me siento culpable cuando pienso en lo que Anden me pidió: Si puedes encontrar en tu corazón el preguntarle de nuevo a Day sobre su hermano, te estaría agradecido.
Day pone su cigarrillo en la barandilla de metal. Sus ojos se encuentran con los míos.
—El quiere ayudar —murmura—. Después de ver hoy a Tess, y después de lo que me acabas de decir, bueno… —Aprieta su mandíbula—. Hablaré mañana con Anden. Posiblemente hay algo en la sangre de Eden que puede, tú sabes… hacer una diferencia en todo esto. Quizás.
Él sigue estando reacio, por supuesto, puedo oír claramente el dolor en su voz. Pero también él está aceptando. Aceptando dejar a la República usar su hermano para encontrar una cura. Una pequeña sonrisa agridulce se forma en las esquinas de mi boca. Day, el campeón de la gente, el único que no puede soportar ver a los de su alrededor sufrir en su nombre, quien gustosamente daría su vida por aquellos que ama. Excepto que no es su vida la que necesitamos para salvar a Tess, sino a su hermano. Arriesgando una persona
amada por el bien de otra también amada. Me pregunto si nada más le hizo               cambiar de parecer.
—Gracias, Day —susurro—. Sé cuán difícil es esto. Él hace una mueca y sacude la cabeza.
—No, sólo estoy siendo egoísta. Pero no puedo evitarlo. —Baja la vista, poniendo en evidencia sus debilidades—. Sólo… dile a Anden que lo traiga de vuelta. Por favor, que lo traigan de vuelta.
Hay algo más preocupándole, algo que hace temblar sus manos incontrolablemente. Me acerco a él y pongo una mano sobre la suya. Él me mira a los ojos de nuevo. Hay una tristeza y miedo profundos en su rostro. Me rompe el corazón.
—¿Qué más está mal, Day? —susurro—. ¿Qué más sabes?
 
Esta vez no desvía la mirada. Traga saliva para aclararse y cuando habla hay un leve temblor en su voz.
—El Canciller de las Colonias me llamó cuando estuve en el hospital.


 
—¿El Canciller? —susurro cuidando de mantener bajo el tono de mi voz. Nunca se sabe—. ¿Estás seguro?
Day asiente. Entonces me cuenta todo de la conversación que tuvo con el Canciller, los sobornos, el chantaje y las amenazas. Me dice lo que las Colonias tienen reservado para mí, que Day debería rechazarlas. Todos mis miedos nunca dichos. Finalmente, él suspira. Comunicarme todo eso parece aliviar la carga en sus hombros, aunque sea sólo un poco.
—Tiene que haber una manera en que podamos usar esto en contra de las Colonias —dice—. Alguna manera de engañarlos en su propio juego. Todavía no sé cómo, pero si podemos encontrar alguna manera de hacer creer al Canciller que voy a ayudarlo, entonces capaz podemos tomarlos por sorpresa.
Si las Colonias realmente ganan, ellas vendrán tras mí. Seremos asesinados, todos. Trato de sonar tan en calma como él pero no tengo éxito. El temor se las arregla para colarse en mi voz.
—Él espera que reacciones emocionalmente a todo esto —respondo—.             Podría ser una oportunidad tan buena como cualquier otra golpear a las Colonias con su propia propaganda. Pero, sin importar qué hagamos,
tenemos que ser cuidadosos al respecto. El Canciller sabe muy bien como para confiar en ti plenamente.
—Las cosas no irán bien para ti si ellos ganan —susurra Day con su voz dolorosa—. Nunca los tomé como unos benditos suaves y compasivos, pero tal vez deberías encontrar la forma de salir del país. Escapar a un lugar neutral y buscar asilo.
¿Salir del país, huir de esta entera pesadilla y esconderme en alguna tierra lejana? Una pequeña, diminuta, oscura voz en mi cabeza concuerda con eso, que estaré a salvo de esa manera…pero retrocedo el pensamiento. Me recompongo tan bien como puedo.
—No, Day —contesto dulcemente—. Sí yo me voy, ¿qué harán los demás?
¿Qué hay sobre los que no pueden?
 
—Ellos te matarán. —Él se acerca. Sus ojos implorando que le escuche—. Por favor.
Sacudo mi cabeza.


 
—Me quedo aquí. La gente no necesita seguir siendo pisoteada. Además, tú puedes necesitarme. —Sonrío un poco—. Creo que sé algunas cosas sobre la milicia de la República que pueden servirnos, ¿no te parece?
Day sacude su cabeza con frustración, pero al mismo tiempo sabe que no voy a ceder. Lo sabe, porque él no habría actuado diferente de estar en mi lugar.
Toma mi mano y me empuja hacia él. Sus brazos se cierran sobre mí. Estoy tan poco acostumbrada a su contacto que su abrazo me envía una abrumadora ola de calor a través de mi cuerpo. Cierro mis ojos, me derrumbo en su pecho, y lo saboreo. ¿Ha pasado realmente un largo tiempo desde la última vez que nos besamos? ¿Realmente lo he extrañado tanto? ¿Todos los problemas amenazando con destruirnos a ambos nos han debilitado al punto de que luchamos por respirar, aferrándonos desesperadamente el uno al otro para sobrevivir? Olvidé lo bien que se siente estar en sus brazos. El cuello de su camisa está arrugado y se siente suave contra mi piel, y debajo de ella su pecho es cálido y se notan los latidos débiles de su corazón. Huele a tierra, humo y viento.
—Me vuelves loco, June —murmura contra mi cabello—. Eres la persona más             inteligente, valiente y sin miedo que conozco, y a veces no puedo ni respirar porque estoy tratando tanto de mantener el ritmo. No habrá nunca alguien
como tú. Lo sabes, ¿cierto? —Levanto mi rostro para verlo. Sus ojos reflejan las tenues luces de las pantallas gigantes, un arcoíris de colores nocturnos—. Billones de personas vendrán y se irán de este mundo —dice suavemente—, pero nunca habrá alguien como tú.
Mi corazón se retuerce amenazando con romperse. No sé cómo responderle.
 
Luego me libera abruptamente, la frialdad de la noche choca de repente con mi piel. Incluso en la oscuridad, puedo ver el rubor de sus mejillas. Su respiración se escucha más pesada de lo habitual.
—¿Qué pasa? —pregunto.
 
—Lo siento —responde. Su voz suena afectada—. Estoy muriendo, June… no soy bueno para ti. Y lo hago tan bien hasta que te veo en persona, y luego todo cambia de nuevo. Creo que no me preocupo más por ti, que las cosas van a ser más fáciles cuando estés lejos y entonces, de repente, estoy aquí de nuevo, y tú estás… —Se interrumpe para mirarme. La angustia en su expresión es un cuchillo despedazando mi corazón—. ¿Por qué me hago esto?


 
Te miro y siento que… —Tiene lágrimas en sus ojos ahora. La imagen es más de lo que puedo soportar. Se aleja dos pasos de mí y entonces vuelve como un animal enjaulado—. ¿Siquiera me amas? —pregunta de golpe y me agarra de los hombros—. Te lo dije antes, y todavía lo siento. Pero nunca lo escuché de ti. No lo puedo saber. Y después me das este anillo —Hace una pausa para levantar su mano—, y ya no sé qué más pensar.
Él se acerca hasta que siento sus labios contra mi oído. Mi cuerpo entero se estremece.
—¿Tienes alguna idea? —dice en un suave, quebrado y ronco susurro—.
¿Sabes lo mucho… cuánto deseo…?
 
Se aleja lo suficiente para mirarme desesperadamente en los ojos.
 
—Si no me amas, sólo dilo, tienes que ayudarme. 0robablemente será para mejor. Eso haría más fácil estar lejos de ti, ¿cierto? Puedo dejarte ir. —Lo dice como si tratara de convencerse a sí mismo—. Puedo dejarte ir, si no amas.
Dice esto como si él pensara que yo soy la fuerte aquí. Pero no lo soy. No puedo seguir con esto mejor de lo que él lo hace.
—No —le digo con los dientes apretados y la visión borrosa—. No puedo ayudarte. Porque te amo. —Ahí está, soltado al aire—. Estoy enamorada de ti —repito.
Hay un conflicto en la mirada de Day, una alegría y una pena, que lo hace tan vulnerable. Me doy cuenta, entonces, cuán pequeña es la defensa que tiene contra mis palabras. Él ama con su totalidad. Es su naturaleza. El parpadea, y luego trata de encontrar la respuesta adecuada.
—Yo… —vacila—. Tengo tanto miedo, June. Tanto miedo de lo que podría pasar…
Pongo dos dedos contra sus labios para acallarlo.
 
—El miedo te hace fuerte —susurro. Antes de que pueda detenerme, pongo mis manos en su rostro y presiono mi boca con la suya.
Cualquier resto de auto-control en Day ahora se ha derrumbado en pedazos. Él cede a mi beso con indefensa urgencia. Siento sus manos tocando mi rostro, una palma suave y otra todavía llena de vendaje, y luego envuelve mis


 
cintura frenéticamente, tirando de mí tan cerca que jadeo en voz alta. Ninguno se compara a él. Y justo ahora, no quiero nada más.
Nos hacemos camino hacia el interior, sin apartar nuestros labios. Day tropieza contra mí y pierde el equilibrio haciendo que caigamos de espaldas en mi cama. Su cuerpo me golpea quitándome el aliento. Sus manos corren a lo largo de mi mandíbula y cuello, por mi espalda y bajan a mis piernas. Le saco su abrigo. Los labios de Day se apartan de los míos y hunde su rostro contra mi cuello. Su cabello cae en mi brazo, pesado y suave como ninguna seda que jamás haya usado. Finalmente encuentra los botones de mi blusa. Por mi parte, ya le saqué la suya y bajo la tela su piel es tan cálida al tacto. El calor que irradian sus brazos me calienta. Saboreo el peso de él.
Ninguno de los dos se atreve a decir una palabra. Tenemos miedo de que las palabras nos frenen, de que rompan el hechizo que nos une. Él está temblando tanto como yo. De repente se me ocurre que él debe estar igual de nervioso que yo. Sonrío cuando sus ojos encuentran los míos y luego bajan en un tímido gesto. ¿Day es tímido? Qué extraña nueva emoción en su rostro, algo fuera de lugar y a la vez tan oportuno.
             Estoy aliviada de ver eso, porque puedo sentir el rubor subiendo de temperatura en mis mejillas. Avergonzada, siento una urgencia de cubrir mi piel expuesta. Con frecuencia imaginé cómo debería ser esto, acostarme con Day por primera vez. Estoy enamorada de él. Tentativamente pruebo esas nuevas palabras otra vez en mi cabeza, fascinada y aterrada por lo que podrían significar.
Él está aquí y es real, en carne y hueso. Incluso en su febril pasión, Day es dulce conmigo. Es una suavidad distinta a la que siento con Anden, quien es refinado y elegante. Day es torpe, abierto, incierto y puro. Cuando lo miro advierto la sutil sonrisa jugando en las aristas de su boca, el más pequeño indicio de picardía que sólo acrecienta mi deseo por él. Frota su nariz con mi cuello, su roce envía escalofríos por mi espina. Day suspira de alivio en mi oído de una manera que hace que mi corazón golpee con fuerza, un respiro de todas las emociones oscuras que lo atormentan. Caigo en otro beso, deslizando mis manos por su cabello, dejándolo saber que estoy bien. Gradualmente se relaja. Mi respiración se corta mientas él se mueve contra mí; sus ojos están tan brillantes que siento que podría perderme en ellos. Besa mis mejillas, llevando delicadamente un mechón de mi cabello detrás de


 
mi oreja a medida que avanza, y yo deslizo mis brazos alrededor de su espalda trayéndolo más cerca.
Sin importar que pase en el futuro, sin importar a dónde nos lleven nuestros pasos, esto momento siempre será nuestro.
Después, permanecemos quietos. Day yace a mi lado con la manta cubriendo parte de sus piernas, sus ojos cerrados adormecidos y su mano todavía entrelazada con la mía como para reasegurarse. Miro alrededor de nosotros. Las sábanas cuelgan precariamente de la esquina de la cama. Tienen arrugas que irradian hacia afuera, luciendo como una docena de pequeños soles y sus rayos. Hay muescas profundas en mi almohada. Vidrios rotos y pétalos de flores esparcidos en el piso. En ningún momento me di cuenta que habíamos roto un florero de mi aparador, no escuché el sonido de él estrellándose contra el piso de cerezo. Mis ojos vuelven a Day. Su rostro luce tan pacífico ahora, libre de dolor en el tenue resplandor de la noche. Incluso ingenuo. Su boca ya no está abierta, sus cejas ya no están fruncidas entre sí. Él ya no tiembla. Su cabello suelto enmarca su rostro y unas hebras capturan las luces de afuera de la ciudad. Me inclino hacia adelante, deslizando mi mano a lo
             largo de los músculos de su brazo y beso su cuello.
Sus ojos se abren y parpadean somnolientos hacia mí. Me mira fijamente por un largo rato. Me pregunto qué es lo que ve y si todo el dolor, la alegría y el miedo, que me había confesado más temprano, siguen allí, persiguiéndolo por siempre. Se incorpora para darme el más gentil y delicado beso. Sus labios permanecen, con miedo a apartarse. Yo tampoco quiero dejarlos ir. No quiero pensar en despertarme. Cuando lo empujo hacia mí de nuevo, presionándolo a ir por más, en todo lo que puedo pensar es en que estoy agradecida por su silencio, por no decirme que estoy uniéndonos cuando debería dejarlo ir.




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Yani

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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por yiniva el Sáb 7 Jul - 16:08

No puede ser ahora aparece el Canciller con esa propuesta y Tess enferma.
Gracias Yani


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yiniva

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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

Mensaje por Yani el Sáb 7 Jul - 17:37

Traducido por Areli97 Corregido por LizC
 
 
 
  DAY
No es como si no hubiera tenido mis momentos con chicas. Tuve mi primer beso cuando tenía doce, cuando uní mis labios con una chica de dieciséis años a cambio de que no me delatara a la policía callejera. He tonteado con un puñado de chicas en los
sectores de los barrios bajos y algunas de sectores adinerados; hubo incluso una del sector gema, en el primer año de instituto con quien tuve un par de días de romance cuando tenía catorce. Era linda, con el cabello marrón al estilo duendecillo y piel oliva perfecta, y nos habíamos escapado cada tarde al sótano de su escuela y, bueno, divertirnos un poco. Larga historia.
Pero… June.
 
Mi corazón ha sido abierto completamente, tal como me temía que sería, y no tengo la fuerza de voluntad para cerrarlo. Cualquier barrera que pudiera haber puesto alrededor de mí exitosamente, cualquier resistencia que pudiera haber construido contra mis sentimientos por ella, ahora se han ido por completo. Destrozadas. En la tenue luz azul de la noche, me estiro y paso una mano por la curva del cuerpo de June. Mi respiración aún es superficial. No quiero ser el primero en decir algo. Mi pecho está presionado suavemente contra su espalda y mi brazo está descansando cómodamente alrededor de su cintura; su cabello cae sobre su cuello en un collar oscuro y brillante. Entierro mi cara contra su piel suave. Un millón de pensamientos corren por mi cabeza, pero como ella, me mantengo en silencio.
Simplemente no hay nada por decir.
 
* * *
 
Me despierto con un sobresalto en la cama, jadeando. Apenas puedo respirar, mis pulmones dan arcadas en un intento por extraer aire. Miro alrededor frenéticamente. ¿Dónde estoy?
Estoy en la cama de June.


 
Fue una pesadilla, solamente una pesadilla, y el callejón en el sector Lake y la calle y la sangre no están. Me acuesto allí por un momento, tratando silenciosamente de recuperar mi respiración y disminuir el latido de mi corazón. Estoy completamente empapado en sudor. Echo un vistazo a June. Está acostada sobre su costado y frente a mí, su cuerpo aún elevándose y cayendo en un suave y constante ritmo. Bien. No la desperté. Apresuradamente limpio las lágrimas de mi cara con la palma de mi mano no herida. Luego me acuesto allí por algunos minutos, todavía temblando. Cuando es obvio que no voy a ser capaz de dormirme de nuevo, lentamente me siento en la cama y me acurruco con mis brazos contra mis rodillas. Agacho la cabeza. Mis pestañas cepillan contra la piel de mi brazo. Me siento tan débil, como si acabara de terminar de escalar un edificio de treinta pisos.
Esta fue fácilmente la peor pesadilla que he tenido hasta ahora. Inclusive estoy aterrado de parpadear por mucho tiempo, en caso de que tenga que volver a visitar las imágenes que bailan detrás de mis párpados. Miro alrededor de la habitación. Mi visión se hace borrosa de nuevo; airadamente me seco las lágrimas frescas. ¿Qué hora es? Todavía está completamente oscuro afuera, sólo con el débil brillo de las pantallas gigantes distantes y las
             farolas filtrándose dentro de la habitación. Echo un vistazo hacia June,
observando cómo las tenues luces de afuera salpican color a través de su silueta. Esta vez, no me estiro y la toco.
No sé por cuánto tiempo me siento ahí acurrucado de esa manera, tomando una profunda bocanada de aire tras otra hasta que mi respiración finalmente se estabiliza. El suficiente para que el sudor perlando mi cuerpo entero se seque. Mis ojos vagan hacia el balcón del cuarto. Lo miro fijamente por un tiempo, incapaz de apartar la vista, y entonces me deslizo con cuidado fuera de la cama sin hacer sonido y me coloco mi camisa, pantalón y botas. Me retuerzo el cabello en un nudo apretado, luego coloco una gorra sobre él. June se revuelve un poco. Dejo de moverme. Cuando ella se tranquiliza, termino de abotonar mi camisa y camino hacia las puertas de vidrio del balcón. En la esquina de la habitación, el perro de June me da una curiosa inclinación de cabeza. Pero no hace sonido alguno. Digo un silencioso agradecimiento en mi cabeza, luego abro las puertas del balcón. Se balancean abiertas, después se cierran detrás de mí sin un chasquido.
Me elevo laboriosamente en las barandillas del balcón, encaramado ahí como un gato, y estudio mis alrededores. El sector Ruby, un sector gema que es tan


 
completamente diferente de donde yo vengo yace frente a mí. Estoy de vuelta en Los Ángeles, pero no la reconozco. Limpias y cuidadas calles, nuevas y brillantes pantallas gigantes, amplias aceras sin grietas ni baches, sin la policía callejera arrastrando huérfanos llorando lejos de los puestos del mercado. Instintivamente, mi atención gira en dirección a la ciudad dónde el sector Lake debería estar. Desde este lado del edificio, no puedo ver el centro de Los Ángeles, pero puedo sentirlo ahí, los recuerdos que me despertaron y me susurraron que volviera. El anillo de sujetapapeles descansa pesadamente en mi dedo. Un oscuro y terrible humor persiste en la parte de atrás de mi mente después de la pesadilla, algo que parece no puedo sacudirme. Salto sobre el lado del balcón y trabajo mi camino hacia una repisa inferior. Me abro paso silenciosamente, piso por piso, hasta que mis botas golpean el pavimento y me mezclo con las sombras de la noche. Mi respiración sale entrecortada.
Incluso aquí en un sector gema, hay ahora patrullas de la ciudad vigilando las calles, sus armas en la mano como si estuvieran listos para un ataque sorpresa de las Colonias en cualquier momento. Me alejo de ellos para evitar cualquier pregunta,  y vuelvo a  mis viejos hábitos callejeros, abriéndome
             camino a través de laberintos de callejones traseros y las sombras de los
lados de edificios hasta que alcanzo una estación de trenes donde los jeeps están alineados, esperando para hacer rondas. Ignoro los jeeps, no estoy de humor para ponerme a hablar con uno de los conductores y que luego me reconozcan como Day, y entonces escuchar rumores esparcidos alrededor de la ciudad la mañana siguiente acerca de qué demonios ellos piensan que estaba haciendo. En cambio, me dirijo hacia la estación de trenes y espero el siguiente paseo automático para que venga y me lleve Union Station en el centro.
Media hora después, camino fuera de la estación del centro y hago mi camino silenciosamente a través de las calles hasta que estoy cerca del antiguo hogar de mi madre. Las grietas en todas las carreteras del sector de los barrios bajos son buenas para una cosa, aquí y allá veo parches de margaritas del mar creciendo sin orden ni concierto, pequeños puntos de turquesa y verde en una calle de otro modo gris. Por instinto, me arrodillo y tomo un puñado de ellas. Las favoritas de mamá.
—Tú ahí. Oye, chico.


 
Me giro para ver quién está llamando. En realidad me toma algunos segundos encontrarla, porque ella es tan pequeña. Se trata de una anciana encorvada contra la pared de un edificio tapiado, temblando en el aire nocturno. Está casi doblada por la mitad, con un rostro cubierto completamente de arrugas profundas, y sus ropas son tan andrajosas que no puedo decir dónde nada de eso termina o comienza, es solamente una gran mata de harapos. Tiene una agrietada taza descansando frente a sus sucios pies descalzos, pero lo que realmente me hace detenerme es que sus manos están envueltas en apretados vendajes. Justo como las de mamá. Cuando ve que mi atención está en ella, sus ojos se iluminan con un tenue brillo de esperanza. No estoy seguro de si me reconoce, pero tampoco estoy seguro de qué tan bien puede ver.
—¿Alguna moneda suelta, chico? —grazna.
 
Excavo alrededor de mis bolsillos aturdido, luego saco un pequeño fajo de billetes. Ochocientas Notas de la República. Hace no mucho tiempo, habría puesto mi vida en peligro para poner mis manos en tanto dinero. Me arrodillo al lado de la anciana, luego presiono los billetes dentro de su temblorosa
             palma y aprieto sus manos vendadas con las mías.
—Mantenlo escondido. No le digas a nadie. —Cuando ella sólo sigue mirándome con ojos sorprendidos y la boca abierta, me levanto y empiezo a caminar de vuelta por la calle. Creo que ella me grita algo, pero no me molesto en voltear. No quiero ver esas manos vendadas de nuevo.
Minutos después, alcanzo la intersección de Watson y Figueroa. Mi viejo hogar.
La calle no ha cambiado mucho de lo que recuerdo, pero esta vez la casa de mi madre está tapiada y abandonada, como muchos otros edificios en los sectores de los barrios marginados. Me pregunto si hay ocupantes ilegales dentro, todos encerrados en nuestro viejo dormitorio o durmiendo en el suelo de la cocina. Ninguna luz brilla de la casa. Camino lentamente hacia ella, preguntándome si estoy todavía perdido en mi pesadilla. Quizá no me he despertado para nada. No más bloques de cintas de cuarentena tapando la calle, no más patrullas de la plaga merodeando fuera de la casa. Mientras camino hacia ella, me doy cuenta de una vieja mancha de sangre aún visible, aunque sólo sea un poco, en el concreto roto que conduce hacia la casa. Se ve marrón y desvanecida ahora, tan diferente de como la recuerdo. Me


 
quedo mirando la mancha de sangre, adormecido e insensible, luego paso alrededor de ella y sigo adelante. Mi mano se aferra fuertemente al grueso manojo de margaritas de mar que he traído.
Cuando me aproximo a la puerta frontal, veo que la familiar X roja sigue ahí, aunque ahora se ha decolorado y astillado, y varios tablones de madera podrida se clavan a través del marco de la puerta. Me quedo de pie ahí por un rato, pasando un dedo a lo largo de las vetas de pintura moribundas. Algunos minutos después, salgo fuera de mi aturdimiento y vago alrededor de la parte de atrás de la casa. La mitad de nuestra cerca ahora ha colapsado, dejando el diminuto patio expuesto y visible para nuestros vecinos. La puerta trasera también tiene tablones de madera clavados a través de ella, pero están tan podridos y desmoronados que todo lo que tengo que hacer es poner un poco de peso sobre ellos y se hacen pedazos en un crujido sordo de astillas.
Fuerzo a abrirse la puerta y doy un paso al interior. Me quito la gorra mientras avanzo, dejando que mi cabello caiga por mi espalda. Mamá siempre nos decía que nos quitáramos los sombreros mientras estuviéramos en la casa.
 
Mis ojos se ajustan a la oscuridad. Doy unos pasos silenciosamente y entro en la parte de atrás de nuestra pequeña sala de estar. Quizás hayan clausurado la casa como parte de algún protocolo estándar, pero el mobiliario en el interior de la casa está sin tocar, diferente solamente en que todo está cubierto por una capa de polvo.
Las pocas pertenencias de mi familia siguen ahí, en exactamente las mismas condiciones en las que las vi por última vez. El retrato del viejo Elector cuelga en la pared lejana de la habitación, prominente y centrado, y nuestra pequeña mesa de comedor de madera aún tiene gruesas capas de cartón clavado con tachuelas a una de sus piernas, aún haciendo su trabajo de mantener la mesa de pie. Una de las sillas está en el suelo, como si alguien se hubiera tenido que levantar a toda prisa. Ese tendría que ser John, ahora lo recuerdo. Recuerdo cómo todos nos habíamos dirigido al dormitorio para agarrar a Eden, tratando de sacar a nuestro hermano pequeño antes de que las patrullas de la plaga vinieran por él.
El dormitorio. Vuelvo mis botas en dirección de nuestra estrecha puerta de dormitorio. Sólo toma unos pasos alcanzarla. Sí, todo aquí es exactamente lo mismo también, quizás con algunas telarañas extras. La planta que Eden había traído una vez a casa está todavía en la esquina, aunque ahora está


 
muerta, sus hojas y enredaderas negras y marchitas. Me detengo ahí por un momento, mirándola fijamente, y luego me dirijo de vuelta a la sala de estar. Camino una vez alrededor de la mesa del comedor. Finalmente, me siento en mi vieja silla. Cruje como siempre lo hacía.
Pongo el manojo de margaritas de mar con cuidado sobre la mesa. Nuestra linterna se encuentra en el centro de la mesa, sin luz y sin usar. Usualmente, la rutina se desarrollaba así: Mamá llegaría a casa alrededor de las seis en punto todos los días, unas horas después de que hubiera vuelto de la escuela primaria, y John volvería a casa alrededor de las nueve o las diez. Mamá trataría de evitar encender la linterna de la mesa cada noche hasta que John regresara, y después de un tiempo Eden y yo nos acostumbramos a desear “el encendido de la linterna,” que siempre significaba que John acababa de entrar por la puerta. Y eso significaba que podíamos sentarnos a cenar.
No sé por qué me siento aquí y siento la vieja expectativa familiar de que mamá va a venir de la cocina y encender la linterna. No sé cómo puedo sentir una sacudida de alegría en mi pecho, pensando que John está en casa, que la cena está servida. Estúpidos viejos hábitos. Aun así, mis ojos van expectantes
             a la puerta frontal. Mis esperanzas se elevan.
Pero la linterna permanece apagada. John permanece fuera. Mamá no está en casa.
Apoyo mis brazos fuertemente contra la mesa y presiono mis palmas contra mis ojos.
—Ayúdenme —susurro desesperadamente a la habitación vacía—. No puedo hacer esto. —Quiero hacerlo, la amo, pero no puedo soportarlo. Ha pasado casi un año. ¿Qué está mal conmigo? ¿Por qué no puedo simplemente seguir adelante?
Mi garganta se anuda. Las lágrimas vienen en apuro. No me molesto en detenerlas, porque sé que es imposible. Sollozo incontrolablemente; no puedo detenerme. No puedo recuperar el aliento, no puedo ver. No puedo ver a mi familia porque no están aquí. Sin ellos, todo este mobiliario no es nada, las margaritas de mar tendidas en la mesa no tienen sentido, la linterna es solamente una vieja y ennegrecida pieza de chatarra. Las imágenes de mi pesadilla permanecen, persiguiéndome. Sin importar cuán duro trate, no puedo empujarlas lejos.


  El tiempo cura todas las heridas. Pero no ésta. No aún.




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Yani

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Re: Lectura de Trilogía: Champion-Marie Lu #3

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