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Lectura Octubre 2018

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Re: Lectura Octubre 2018

Mensaje por yiniva el Mar 9 Oct - 13:56

toda la razón Maguita, esas gemelas son de temer, pero yo me pregunto si Adeline y Winter son la misma persona?


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Re: Lectura Octubre 2018

Mensaje por yiany el Miér 10 Oct - 7:13

Había dejado de recibir notificaciones, me pongo al día y comento


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Re: Lectura Octubre 2018

Mensaje por yiany el Jue 11 Oct - 9:52

La llegada: bueno definitivamente enigmática la señora Winter, se fue a vivir al último rincón del mundo y esa obsesión con el silencio y poco demasiado extraña


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yiany

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Re: Lectura Octubre 2018

Mensaje por martenu1011 el Jue 11 Oct - 10:11

Me uno. Sin saber estaba leyendo esta historia.  Veo hasta dónde han llegado y comento...
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Re: Lectura Octubre 2018

Mensaje por Maga el Vie 12 Oct - 12:40

Hola, lamento lo perdida que he estado, pero en verdad ando mal con el internet y esta semana en el trabajo ha sido del terror. En un rato publico más capis.


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Maga

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Re: Lectura Octubre 2018

Mensaje por Maga el Vie 12 Oct - 13:22

El doctor y la señora Maudsley


En mi último día, la señorita Winter me habló del doctor y la señora Maudsley.
 
****************
Dejar verjas abiertas y entrar en casas ajenas era una cosa, pero llevarse un cochecito con un bebé dentro era algo muy diferente. El hecho de que el bebé, cuando lo encontraron, no se hallara en peor estado como consecuencia de su desaparición temporal no cambiaba las cosas. La situación se les había ido de las manos, y era preciso actuar. Los aldeanos no se veían con ánimos de plantear el asunto directamente a Charlie. Tenían entendido que las cosas en la casa eran extrañas y les producía cierto temor acercarse a ella. Es difícil determinar si era Charlie o Isabelle o el fantasma lo que les instaba a mantenerse alejados, así que decidieron ir a hablar con el doctor Maudsley. Éste no era el médico cuya tardanza pudo ser la causa o no de la muerte en el parto de la madre de Isabelle, sino otro doctor que llevaba ocho o nueve años ejerciendo en el pueblo. Aunque ya no era joven, pues mediaba los cuarenta años, el doctor Maudsley irradiaba juventud. No era alto ni demasiado musculoso, pero parecía vital y fuerte. En comparación con el cuerpo, sus piernas eran largas y solía caminar con paso rápido sin esfuerzo aparente. Como andaba más deprisa que nadie, ya se había acostumbrado a descubrirse a sí mismo hablando al aire y a volverse para encontrar a su compañero de paseo unos metros más atrás, resoplando en su esfuerzo por no quedar rezagado. Su energía física rivalizaba con su gran actividad mental. Se podía escuchar el poder de su cerebro en su voz, que era queda pero rauda, con facilidad para encontrar las palabras justas para lapersona justa en el momento adecuado. Su inteligencia se advertía en los ojos: castaños y muy brillantes, como los de un pájaro, observadores, penetrantes, coronados por unas cejas fuertes y cuidadas. Maudsley tenía el don de contagiar su energía, una virtud muy buena para un médico. Al oír sus pisadas en el camino y su llamada a la puerta, los pacientes ya empezaban a encontrarse mejor. Y además caía bien. La gente decía que él ya era de por sí un tónico. Se preocupaba por que sus pacientes vivieran o murieran, y si vivían —y así era casi siempre— deseaba que vivieran bien. Al doctor Maudsley le apasionaban los desafíos a su inteligencia. Cada enfermedad era un enigma para él y no podía descansar hasta resolverlo. Los pacientes terminaban acostumbrándose a que apareciera en sus casas a primera hora de la mañana, después de haberse pasado la noche dando vueltas a sus síntomas, para hacerles una pregunta más; y una vez que acertaba con el diagnóstico, tenía que determinar el tratamiento. Por supuesto, consultaba todos los libros, y conocía a fondo todos los tratamientos comunes, pero su peculiar inteligencia le hacía volver una y otra vez sobre algo tan sencillo como un dolor de garganta desde un ángulo diferente, tratando de encontrar el pedacito de información que le permitiría no solo curar el dolor de garganta, sino comprender el fenómeno de ese dolor desde una perspectiva completamente nueva. Enérgico, inteligente y afable, era un medico excelente y mejor hombre que la media, pero, como todos los hombres, tenía su punto flaco.
La delegación de los hombres del pueblo estaba constituida por el padre del bebé, el abuelo del bebé y el tabernero, un hombre de aspecto cansado al que no le gustaba quedar excluido de ningún asunto. El doctor Maudsley saludó al trío y escuchó atentamente mientras dos de sus integrantes contaban una vez más su relato. Empezaron por el problema de las verjas que quedaban abiertas, siguieron con el controvertido tema de las ollas desaparecidas y después de unos minutos llegaron al climax de la narración: el rapto del niño en el cochecito.
—Se comportan como salvajes —dijo finalmente el Fred Jameson más joven.
—Nadie las controla —añadió el Fred Jameson mayor.
—¿Y qué opina usted? —preguntó el doctor Maudsley al tercer hombre.
Wilfred Bonner, algo apartado, aún no había abierto la boca.
El señor Bonner se quitó la gorra e hizo una inspiración lenta y sibilante.
—Bueno, yo no soy médico, pero a mí me parece que esas niñas no están bien.
—Acompañó sus palabras con una mirada de lo más elocuente. Luego, por si alguien no había captado su mensaje, propinó a su calva cabeza uno, dos y hasta tres golpecitos.
Los tres hombres se miraron los zapatos con gravedad.
—Déjenlo en mis manos —dijo el médico—. Hablaré con la familia.
Y los hombres se marcharon. Ellos habían puesto su granito de arena. Ahora le tocaba al médico, el sabio del pueblo.
Aunque había dicho que hablaría con la familia, el médico en realidad habló con su esposa.
—Dudo de que lo hicieran con mala intención —dijo ella cuando él terminó de relatarle el suceso—. Ya sabes cómo son las niñas. Es mucho más divertido jugar con un bebé que con una muñeca. No le habrían hecho daño. Así y todo, hay que decirles que no vuelvan a hacerlo. Pobre Mary. —Levantó la vista de su costura y volvió el rostro hacia su marido.
La señora Maudsley era una mujer sumamente atractiva. Sus ojos grandes y castaños, con unas pestañas largas que se rizaban coquetas; recogía hacia atrás su cabello, moreno y sin un solo mechón gris en un estilo tan sencillo que solo una auténtica belleza podía lucirlo sin parecer anodina. Cuando se movía, su figura adquiría una elegancia armónica y femenina.
El doctor sabía que su esposa era bonita, pero llevaban demasiado tiempo casados para reparar en su belleza.
—En el pueblo creen que las niñas son retrasadas.
—¡Imposible!
—Por lo menos eso es lo que opina Wilfred Bonner.
La señora Maudsley negó con la cabeza con estupefacción.
—Les tiene miedo porque son gemelas. Pobre Wilfred. Es la ignorancia de las personas mayores. Por fortuna, la siguiente generación es más abierta.
El médico era un hombre de ciencias. Aunque sabía que estadísticamente resultaba improbable que existiera una anormalidad mental en las gemelas, no quería descartar esa posibilidad hasta haberlas examinado. Con todo, no le sorprendía que su esposa, cuya religión le prohibía pensar mal de las personas, diera por hecho que el rumor era un chisme infundado.
—Estoy seguro de que tienes razón —murmuró con una vaguedad que indicaba que estaba seguro de que no era así.
El médico había dejado de intentar que su esposa creyera exclusivamente aquello que era verdad; ella había sido educada en una religión que no permitía aceptar distinciones entre lo que era verdad y lo que era bueno.
—Entonces, ¿qué piensas hacer? —preguntó la señora Maudsley.
—Iré a ver a la familia. Charles Angelfield es algo ermitaño, pero tendrá que verme si me persono en la casa.
La señora Maudsley asintió con la cabeza, que era su manera de disentir de su marido, aunque él no lo sabía.
—¿Y la madre? ¿Qué sabes de ella?
—Muy poco.
El médico siguió cavilando en silencio, la señora Maudsley siguió cosiendo, y transcurrido un cuarto de hora el médico dijo:
—Quizá deberías ir tú, Theodora. Seguramente la madre esté más dispuesta a ver a una mujer que a un hombre. ¿Qué dices? Así pues, tres días más tarde la señora Maudsley llegó a la casa y llamó a la puerta principal. Sorprendida de que nadie le abriera, frunció el entrecejo — después de todo, había enviado una nota para anunciar su visita— y rodeó la casa. La puerta de la cocina estaba entornada, de modo que dio un suave empujón y entró. No había nadie. La señora Maudsley miró a su alrededor. Tres manzanas sobre la mesa, marrones y arrugadas y a punto de pudrirse por el contacto, un paño de cocina negro junto a un fregadero con varias pilas de platos sucios y una ventana tan roñosa que desde dentro apenas podías distinguir sí era de día o de noche. Su nariz blanca y refinada olisqueó el aire y supo cuanto necesitaba saber. Apretó los labios, enderezó los hombros, asió con firmeza el asa de concha de su bolso y emprendió su cruzada. Fue de estancia en estancia buscando a Isabelle, absorbiendo por el camino el olor de la mugre, el desorden y la dejadez que acechaba por todas partes. El ama se cansaba fácilmente, las escaleras se le hacían pesadas y estaba perdiendo vista; solía creer que había limpiado cosas que no había limpiado, o quería limpiarlas y se olvidaba, y la verdad, sabía que a nadie le importaba, de modo que concentraba sus esfuerzos en alimentar a las niñas, que tenían suerte de que el ama todavía pudiera ocuparse de preparar las comidas. Por tanto, la casa estaba sucia y tenía polvo; cuando alguien torcía un cuadro, torcido se pasaba una década, y el día que Charlie no pudo encontrar la papelera de su estudio simplemente arrojó el papel al suelo hacia el lugar donde había estado hasta entonces la papelera, y al poco tiempo se le ocurrió que era menos engorroso vaciar la papelera una vez al año que una vez a la semana. A la señora Maudsley le disgustó sobremanera aquel panorama. Frunció el entrecejo ante las cortinas medio corridas, suspiró ante la plata deslustrada y meneó la cabeza con asombro ante las ollas de la escalera y las partituras desparramadas por el suelo del vestíbulo. En el salón se agachó automáticamente para recuperar un naipe, el tres de espadas, que descansaba caído o desechado en el suelo, pero era tal el desorden que cuando miró a su alrededor buscando el resto de la baraja se sintió perdida. Al volver su impotente mirada al naipe, reparó en el polvo que lo cubría y, como era una mujer maniática con guantes blancos, la abrumó el deseo de dejarlo en algún lado. Pero ¿dónde? Durante unos segundos quedó paralizada por la angustia, dividida entre el deseo de poner fin al contacto entre su inmaculado guante y el naipe polvoriento y algo pegajoso, y su renuencia a dejar la carta en un lugar que no fuera el correcto. Finalmente, con un visible estremecimiento de los hombros, lo colocó sobre el brazo de una butaca de piel y salió aliviada de la estancia.
La biblioteca ofrecía mejor aspecto. Tenía polvo, por supuesto, y la alfombra estaba raída, pero los libros estaban en su sitio, y eso ya era algo. Pero incluso en la biblioteca, justo cuando estaba preparándose para creer que aún quedaba cierto sentido del orden enterrado en esta familia roñosa y caótica, tropezó con una cama improvisada, empotrada en un rincón oscuro entre dos estanterías, tan solo era una manta invadida por las pulgas y una almohada mugrienta, de manera que al principio pensó que era la cama de un gato. Entonces miró de nuevo y vislumbró la esquina de un libro asomando por debajo de la almohada. Tiró de él, era Jane Eyre. De la biblioteca pasó a la sala de música, donde encontró el mismo desorden que había visto en las demás estancias. El mobiliario tenía una distribución extraña, ideal para jugar al escondite. Había un diván vuelto hacia la pared y una silla semioculta detrás de un arcón que había sido arrastrado de su lugar debajo de la ventana —detrás del arcón había un trozo de moqueta donde el polvo era menos denso y el color verde se filtraba con mayor claridad—. Sobre el piano descansaba un jarrón con unos tallos renegridos y quebradizos, rodeado en la base por un círculo uniforme de pétalos apergaminados que semejaban cenizas. La señora Maudsley alargó una mano y levantó uno; el pétalo se desmenuzó, dejando una desagradable mancha gris amarillenta entre sus blancos dedos enguantados. La señora Maudsley pareció hundirse en el banco del piano. La esposa del médico no era una mala mujer, pero estaba tan convencida de su propia importancia que creía que Dios observaba todo lo que hacía y escuchaba todo lo que decía, de manera que estaba demasiado ocupada tratando de erradicar el orgullo que tenía inclinación a sentir por su santidad para reparar en sus otros defectos. Ella era una hacedora de buenas obras, así que todo el daño que pudiera hacer lo hacía sin darse cuenta. ¿Qué pasó por su cabeza mientras permanecía sentada en el banco del piano con la mirada perdida? Esa gente no era capaz ni de poner agua a sus jarrones. ¡Con razón sus niñas se portaban mal! El alcance del problema parecía habérsele revelado a través de las flores muertas, y de una forma distraída, ausente, se quitó los guantes y extendió sus dedos sobre las teclas grises y negras del piano. El sonido que retumbó en la estancia fue el ruido más áspero y menos musical imaginable. En parte, eso se debía a que el piano llevaba muchos años sumido en el abandono, sin nadie que lo tocara o afinara, y en parte a que a la vibración de las cuerdas del instrumento se había sumado casi instantáneamente otro sonido asimismo disonante: una especie de bufido furioso, un chillido desaforado e irritado como el maullido de un gato al que le han pisado la cola.
La señora Maudsley salió bruscamente de su ensimismamiento. Al oír el aullido, contempló el piano con incredulidad y se levantó con las manos en las mejillas. En medio de su desconcierto apenas tuvo un instante para darse cuenta de que no estaba sola. Pues allí, emergiendo del diván, había una figura delgada vestida de blanco… Pobre señora Maudsley.
No tuvo tiempo de advertir que la figura vestida de blanco estaba empuñando un violín y que este caía con gran fuerza y rapidez sobre su cabeza. Antes de que pudiera asimilar aquella escena, el violín chocó contra su cráneo, la envolvió la oscuridad y se desplomó en el suelo inconsciente. Con los brazos extendidos de cualquier manera y el impecable pañuelo blanco todavía remetido en la correa del reloj, parecía que no quedaba una sola gota de vida en ella. Las pequeñas bocanadas de polvo que había despedido la alfombra cuando la señora Maudsley se derrumbó regresaron suavemente a su lugar. Allí yació una buena media hora, hasta que al ama, a su regreso de la granja donde había estado recogiendo huevos, se le ocurrió asomar la cabeza por la puerta y vio una silueta oscura donde antes no había ninguna. La figura de blanco se había esfumado.
 
**********
 
Mientras transcribía de memoria, la voz de la señorita Winter pareció llenar mi habitación con el mismo grado de realismo con que había llenado la biblioteca. Esa mujer tenía una forma de hablar que quedaba grabada en mi memoria y resultaba tan fidedigna como una grabación fonográfica. Pero al llegar a este punto, después de decir « La figura de blanco se había esfumado» , se había detenido, así que yo también me detuve, dejé el lápiz flotando sobre la hoja y medité sobre lo que había sucedido después.
Había estado concentrada en el relato y, por tanto, tardé unos instantes en trasladar mis ojos del cuerpo tendido de la esposa del médico a la narradora. Cuando lo hice, me sentí consternada. La palidez habitual de la señorita Winter había adquirido un tono gris amarillento y el cuerpo, aunque siempre rígido, parecía en ese momento estar preparándose para una agresión invisible. El contorno de la boca le temblaba tanto que supuse que estaba a punto de perder la batalla por mantener los labios en una línea firme y que una mueca de dolor contenida se disponía a declararse vencedora.
Me levanté de la butaca alarmada, pero no tenía ni idea de qué debía hacer.
—Señorita Winter —exclamé impotente—, ¿qué le pasa?
—Mi lobo —creí oírle decir, pero el esfuerzo de hablar bastó para hacer que sus labios empezaran a tiritar.
Cerró los ojos, parecía luchar por regular la respiración. Justo cuando me disponía a echar a correr en busca de Judith, la señorita Winter recuperó el control. La agitación de su pecho amainó, los temblores de su cara cesaron y, aunque todavía estaba blanca como la muerte, abrió los ojos y me miró.
—Mejor… —dijo débilmente.
Despacio, regresé a mi butaca.
—Creo que dijo algo sobre un lobo —comencé.
—Sí. La bestia negra que me roe los huesos cada vez que se le presenta la oportunidad. Pasa la mayor parte del tiempo merodeando por los rincones y detrás de las puertas porque tiene miedo de ellas —dijo señalando las pastillas blancas que había en la mesa, a su lado—, pero no son eternas. Se acercan las doce y están perdiendo su efecto. El lobo me está olisqueando el cuello. A las doce y media estará clavando los dientes y las garras; hasta la una, que es cuando podré tomarme la pastilla y tendrá que regresar a su rincón. Vivimos pendientes del reloj, él y yo. Día a día se adelanta cinco minutos, pero no puedo tomar mis pastillas cinco minutos antes. Eso nunca cambia.
—Pero imagino que su médico…
—Naturalmente. Una vez a la semana o una vez cada diez días me ajusta la dosis, pero nunca es suficiente. No quiere ser él quien me mate, de modo que cuando llegue el momento, será el lobo el que acabe conmigo.
Me miró con dureza y después se aplacó.
—Las pastillas están aquí, mírelas; y el vaso de agua. Si lo deseara, yo misma podría precipitar mi final. En el momento que yo quisiera. Así que no se compadezca de mí. He elegido este otro camino porque tengo cosas que hacer.
Asentí.
—De acuerdo.
—Entonces sigamos con lo nuestro y hagamos esas cosas, ¿le parece? ¿Por dónde íbamos?
—La esposa del médico. En la sala de música. Con el violín.
Y continuamos con nuestro trabajo.
 
********************
Charlie no estaba acostumbrado a enfrentarse a los problemas. Y tenía problemas, un montón de problemas: agujeros en el tejado, ventanas rotas, palomas descomponiéndose en las habitaciones del desván, pero los ignoraba. O quizá vivía tan retirado del mundo que, sencillamente, no reparaba en ellos. Cuando la filtración de agua empezaba a resultar excesiva en una habitación, se limitaba a cerrarla y se trasladaba a otra. La casa, después de todo, era enorme. Me pregunto si, dentro de su torpeza mental, se daba cuenta de que otras personas mantenían sus hogares con esfuerzo, pero como el deterioro era su entorno natural, se sentía cómodo en él.
Aun así, la esposa de un médico aparentemente muerta en la sala de música era un problema que no podía pasar por alto. Si hubiera sido uno de nosotros… Pero una persona de fuera. Eso era otra cosa. Había que hacer algo, si bien no tenía la más mínima idea de qué podía ser ese algo, y cuando la esposa del médico se llevó una mano a la dolorida cabeza y gimió, la miró acongojado. Tal vez fuera estúpido, pero sabía lo que eso significaba: se avecinaba una catástrofe.
El ama envió a John-the-dig a por el médico y éste llegó a su debido tiempo. Durante un rato el presentimiento de una catástrofe pareció infundado, pues se descubrió que el estado de la esposa del médico no era grave, pues tan solo sufría una conmoción leve. La mujer rechazó una copita de coñac, aceptó té y al rato estaba como nueva.
—Fue una mujer —dijo—. Una mujer de blanco.
—Tonterías —repuso el ama, tranquilizadora y desdeñosa a la vez—. En esta casa no hay ninguna mujer de blanco.
Las lágrimas brillaron en los ojos castaños de la señora Maudsley, pero se mantuvo firme.
—Sí, una mujer delgada tumbada en el diván. Oyó el piano, se levantó y…
—¿La viste detenidamente? —preguntó el doctor Maudsley.
—No, solo un momento…
—¿Lo ve? No puede ser —le interrumpió el ama, y aunque su voz era compasiva también fue firme—. No hay ninguna mujer de blanco. Debió de ver un fantasma.
Entonces la voz de John-the-dig se oyó por primera vez:
—Dicen que la casa tiene fantasmas.
El grupo contempló el violín roto abandonado en el suelo y se fijó en el chichón que estaba formándose en la sien de la señora Maudsley, pero antes de que alguien pudiera opinar sobre la veracidad de esa teoría Isabelle apareció en el umbral. Espigada y esbelta, lucía un vestido de color amarillo claro; tenía el moño desarreglado y sus ojos, aunque bellos, eran salvajes.
—¿Podría ser ella la persona que viste? —le preguntó el médico a su esposa.
La señora Maudsley comparó a Isabelle con la imagen que retenía en su mente. ¿Cuántos tonos separan el blanco del amarillo claro? ¿Dónde está exactamente la frontera entre delgada y espigada? ¿Hasta qué punto un golpe en la cabeza puede afectar a la memoria de una persona? Vaciló. Luego, reparando en los ojos de color esmeralda y encontrando su pareja exacta en su recuerdo, tomó una decisión:
—Sí, es ella.
El ama y John-the-dig evitaron mirarse.
A partir de ese momento, olvidándose de su esposa, el médico dirigió toda su atención a Isabelle. La miró detenida y amablemente, con preocupación en el fondo de sus ojos, al tiempo que le hacía una pregunta detrás de otra. Cuando Isabelle se negaba a responder se mantenía impertérrito, pero cuando se dignaba contestar —maliciosa, impaciente o disparatada— escuchaba con atención, asintiendo con la cabeza al tiempo que hacía anotaciones en su bloc de médico. Al cogerle la muñeca para tomarle el pulso, reparó, alarmado, en los cortes y cicatrices que marcaban la parte interna de su antebrazo.
—¿Se los hace ella misma?
Franca a su pesar, el ama murmuró:
—Sí.
El médico apretó los labios, preocupado.
—¿Puedo hablar un momento con usted, señor? —preguntó, volviéndose hacia Charlie. Él le miró sin comprender, pero el médico le cogió del codo—. ¿Puede ser en la biblioteca? —Y lo sacó con firmeza de la estancia.
El ama y la esposa del médico esperaron en el salón fingiendo no prestar atención a los sonidos que llegaban de la biblioteca. Había un murmullo, no de voces, sino de una sola voz, serena y comedida. Cuando la voz calló escuchamos « No» , y otro « ¡No!» , con la voz elevada de Charlie, y de nuevo el tono suave del médico. Estuvieron ausentes un buen rato, y se oyeron las reiteradas protestas de Charlie antes de que la puerta se abriera y el médico saliera con el semblante grave y agitado. Detrás de él estalló un alarido de desesperación e impotencia, pero el doctor simplemente hizo una mueca y cerró la puerta tras de sí.
—Hablaré con el hospital —le dijo el médico al ama—. Yo me encargaré del transporte. ¿Le parece bien a las dos en punto?
Desconcertada, el ama asintió con la cabeza y la esposa del médico se levantó para irse.
 A las dos en punto tres hombres llegaron a la casa y acompañaron a Isabelle hasta una berlina que aguardaba fuera. Se entregó a ellos como un cordero, se instaló obediente en el asiento, en ningún momento miró por la ventanilla mientras los caballos trotaban despacio por el camino, en dirección a la verja de la casa del guarda. Las gemelas, indiferentes, estaban dibujando círculos en la grava del camino con los dedos de los pies. Charlie estaba en la escalinata, viendo empequeñecerse la berlina. Parecía un niño al que estaban arrebatando su juguete favorito y no podía creer —del todo no, todavía no— que aquello estuviera ocurriendo de verdad.
El ama y John-the-dig le observaban nerviosos desde el vestíbulo, esperando su reacción. El carruaje alcanzó la verja y desapareció tras ella. Charlie se quedó mirando la verja abierta tres, cuatro, cinco segundos más. Luego su boca se abrió en un amplio círculo, espasmódico y trepidante, que dejó ver su lengua trémula, la rojez carnosa de su garganta, los hilos de baba cruzando la oscura cavidad. Nosotros le mirábamos hipnotizados, a la espera de que el espantoso sonido emergiera de su boca, pero el sonido no estaba preparado aún para salir. Durante unos segundos eternos siguió creciendo, amontonándose dentro de Charlie, hasta que todo su cuerpo pareció querer estallar de sonido contenido. Finalmente cayó de rodillas sobre la escalinata y el grito salió de su cuerpo. No fue el bramido de elefante que habíamos estado esperando, sino un bufido húmedo y nasal. Las niñas levantaron la vista un momento, después volvieron impasibles a dibujar círculos. John-the-dig apretó los labios, se dio la vuelta y regresó al jardín y a su trabajo. No había nada que él pudiera hacer ahí. El ama se acercó a Charlie, colocó una mano consoladora en su hombro y trató de convencerle de que entrara en casa, pero él hacía oídos sordos a sus palabras y se limitaba a sorber y gimotear como un niño enrabietado. Y eso fue todo.
************
¿Eso fue todo? Un final curiosamente discreto para la desaparición de la madre de la señorita Winter. Estaba claro que la señorita Winter no tenía muy buena opinión de las aptitudes maternales de Isabelle; de hecho, la palabra madre no parecía formar parte de su léxico. Supongo que era comprensible; por lo que había podido ver, Isabelle era la menos maternal de las mujeres. Así y todo, ¿quién era yo para juzgar las relaciones de otras personas con sus madres?
Cerré la libreta, metí el lápiz en la espiral y me levanté.
—Estaré fuera tres días —le recordé—. Regresaré el jueves.
Y la dejé a solas con su lobo.


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Re: Lectura Octubre 2018

Mensaje por Maga el Vie 12 Oct - 13:31

El estudio de Dickens


Terminé de pasar a limpio las notas de esa jornada. Los doce lápices ya no tenían punta, de modo que me puse a afilarlos. Uno a uno, los introduje en el sacapuntas. Si giras la manivela de forma lenta y regular, a veces puedes conseguir que la viruta de madera con carboncillo se rice y cuelgue de una sola pieza hasta la papelera, pero esa noche estaba cansada y se quebraban constantemente bajo su propio peso. Pensé en la historia. El ama y John-the-dig me inspiraban simpatía. Charlie e Isabelle me inquietaban. El médico y su esposa tenían la mejor de las intenciones, pero sospechaba que su intervención en la vida de las gemelas no iba a traer nada bueno. Las gemelas me tenían desconcertada. Sabía lo que otra gente pensaba de ellas. John-the-dig pensaba que no podían hablar bien; el ama creía que no comprendían que las demás personas estaban vivas; los vecinos opinaban que estaban mal de la cabeza, pero desconocía —y eso resultaba más que curioso— qué pensaba la narradora. Cuando contaba su relato, la señorita Winter era una luz que lo ilumina todo salvo a sí misma. Era el punto que se perdía en el corazón de la narración. Hablaba de « ellos» , últimamente había hablado de « nosotros» , pero lo que me tenía perpleja era la ausencia del yo. Si se lo preguntara, sé lo que me diría: « Señorita Lea, hicimos un trato» . Ya le había hecho preguntas sobre uno o dos detalles de la historia, y aunque a veces contestaba, cuando no quería hacerlo me recordaba nuestro primer encuentro. « Nada de trampas. Nada de adelantarse. Nada de preguntas» . De momento me resigné a vivir en la intriga. No obstante, esa misma noche sucedió algo que arrojó cierta luz sobre el asunto. Había ordenado mi escritorio y estaba haciendo la maleta cuando llamaron a la puerta. Abrí y encontré a Judith en el pasillo.
—La señorita Winter desea saber si dispone de un momento para ir a verla. —No me cabía duda de que era la traducción cortés de Judith de un seco « Tráigame a la señorita Lea» .
Terminé de doblar una blusa y bajé a la biblioteca. La señorita Winter estaba sentada en su lugar de siempre y el fuego ardía en la chimenea, pero, por lo demás, en la estancia reinaba la oscuridad.
—¿Quiere que encienda algunas luces? —pregunté desde la puerta.
—No —fue su fría respuesta, y eché a andar por el pasillo hacia ella. Los postigos estaban abiertos y el cielo oscuro, bañado de estrellas, se reflejaba en los espejos. Cuando llegué a su lado la luz danzarina del fuego me permitió advertir que la señorita Winter estaba absorta en sus pensamientos. Me senté en mi sitio y, arrullada por el calor del fuego, contemplé en silencio el cielo nocturno. Transcurrió un cuarto de hora mientras ella rumiaba y yo esperaba. Entonces habló.
—¿Ha visto alguna vez el retrato de Dickens en su estudio? Lo pintó un hombre llamado Buss, creo. Tengo una reproducción por ahí, ya se la buscaré. En el retrato Dickens ha empujado la silla del escritorio hacia atrás y está dormitando con los ojos cerrados y su barbudo mentón sobre el pecho. Lleva puestas las zapatillas. Alrededor de su cabeza flotan personajes de sus libros como si fueran humo de cigarrillo; algunos se apiñan sobre los papeles del escritorio, otros se han deslizado detrás de él o han descendido, como si se creyeran capaces de caminar con sus pies por el suelo. ¿Y por qué no? Sus trazos son tan fuertes como los del propio escritor, así que ¿por qué no deberían ser tan reales como él? Son más reales que los libros de las estanterías, esbozados con una línea apenas visible y discontinua que en algunos lugares se desvanece en una nada fantasmagórica.
» Se estará preguntando por qué recordar ahora ese retrato. Si lo recuerdo con tanta precisión es porque refleja perfectamente la forma en que yo he vivido mi propia vida. He cerrado la puerta de mi estudio al mundo y me he recluido con mis personajes. Durante casi sesenta años he escuchado a hurtadillas y con total impunidad las vidas de seres imaginarios. He mirado descaradamente en corazones y retretes. Me he arrimado a sus hombros para seguir el movimiento de plumas que escribían cartas de amor, testamentos y confesiones. He observado a enamorados amarse, a asesinos matar, a niños jugar con la imaginación. Cárceles y burdeles me han abierto sus puertas; galeones y caravanas de camellos han cruzado mares y desiertos conmigo; siglos y continentes se han esfumado a mi antojo. He espiado las fechorías de los poderosos y he sido testigo de la nobleza de los sumisos. Tanto me he inclinado sobre personas que dormían en sus lechos que es posible que hayan notado mi aliento en sus caras. He visto sus sueños.
» Mi estudio está abarrotado de personajes que están esperando a ser escritos. Personas imaginarias, deseosas de una vida, que me tiran de la manga, gritando: “¡Ahora yo! ¡Venga! ¡Me toca a mí!”. Tengo que elegir. Y en cuanto ya he elegido, el resto calla durante diez meses o un año, hasta que llego al final de una historia y el clamor se reanuda.
» Y de vez en cuando, a lo largo de todos estos años, he levantado la cabeza de la hoja (al final de un capítulo, al detenerme para pensar con calma después de una escena de muerte o simplemente buscando la palabra justa) y he visto una cara detrás de la multitud. Una cara familiar. Tez clara, cabello pelirrojo, ojos verdes. Sé perfectamente quién es, pero nunca deja de sorprenderme verla. Siempre me pilla desprevenida. Muchas veces ha abierto la boca para hablarme, pero durante décadas estuvo demasiado lejos para que yo pudiera oírla y, además, en cuanto me percataba de su presencia, yo desviaba la mirada y fingía no haberla visto. Creo que no se dejaba engañar.
» La gente se pregunta por qué soy tan prolífica. Pues bien, el motivo es ella. Si he empezado un libro nuevo cinco minutos después de haber terminado el último se debe a que levantar la vista del escritorio significaría encontrarme con su mirada.
» Los años han pasado; el número de mis libros en los estantes de las librerías ha crecido y, por consiguiente, la multitud de personajes que flotan por mi estudio ha menguado. Con cada libro que he escrito el murmullo de las voces se ha hecho más quedo, la sensación de ajetreo en mi cabeza ha disminuido. El número de rostros reclamando mi atención ha bajado, y siempre, detrás del grupo pero un poco más próxima con cada libro, ahí está ella. La niña de los ojos verdes. Esperando.
» Llegó el día en que terminé la versión final de mi último libro. Escribí la última frase y puse el punto final. Ya sabía lo que iba a ocurrir. La estilográfica se me resbaló de la mano y cerré los ojos. “Ahora —le oí decir, o puede que lo dijera yo—, ya sólo quedamos tú y yo”.
» Discutí un rato con ella. “No saldrá bien —le dije—. Ha pasado mucho tiempo, yo era solo una niña, lo he olvidado todo”. En realidad hablaba por hablar. “Pero yo no lo he olvidado —dice ella—. Recuerdas cuando…”.
» Hasta yo reconozco lo inevitable cuando lo tengo delante. Sí, lo recuerdo.
La tenue vibración en el aire se detuvo. Mi mirada viajó desde las estrellas hasta la señorita Winter. Sus ojos verdes estaban clavados en un punto de la habitación como si en ese preciso instante estuvieran viendo a la niña de ojos verdes y pelo cobrizo. —La niña es usted. —¿Yo? —La señorita Winter desvió la mirada de la niña fantasma y se volvió hacia mí—. No, no soy yo. Ella es… —titubeó—. Es alguien que fue yo. Esa niña dejó de existir hace mucho, mucho tiempo. Su vida terminó la noche del incendio con la misma certeza que si hubiera perecido entre las llamas. La persona que tiene ahora delante no es nada. —Pero su carrera… las historias…
—Cuando no somos nada, inventamos. Llenamos un vacío.
Guardamos silencio y contemplamos el fuego. De vez en cuando la señorita Winter se frotaba distraídamente la palma de la mano.
—Su ensayo sobre Jules y Edmond Landier —comenzó al cabo de un rato.
Me volví hacia ella con recelo.
—¿Por qué los eligió como tema? ¿Sentía por ellos un interés especial, una atracción personal?
Negué con la cabeza.
—Por nada en particular.
Y a partir de ese momento solo existió la quietud de las estrellas y el chisporroteo del fuego.
Aproximadamente una hora después, cuando las llamas estaban más bajas, habló por tercera vez.
—Margaret. —Creo que era la primera vez que me llamaba por mi nombre de pila—. Mañana, cuando se vaya…
—¿Sí?
—Volverá, ¿verdad?
 Era difícil evaluar la expresión de su cara con la luz parpadeante y mortecina de la chimenea, y también era difícil determinar hasta qué punto el temblor de su voz era efecto de la fatiga o de la enfermedad, pero tuve la impresión, justo antes de responder « Sí, por supuesto que volveré» , de que la señorita Winter estaba asustada.
 
A la mañana siguiente Maurice me llevó a la estación y tomé el tren en dirección sur.


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Re: Lectura Octubre 2018

Mensaje por yiniva el Vie 12 Oct - 15:28

Se pone interesante la cosa, que tiene de especial las gemelas y que hay con el supuesto fantasma.
Gracias Maga


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yiniva

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Re: Lectura Octubre 2018

Mensaje por Maga Ayer a las 1:35

Los almanaques
Qué mejor lugar para iniciar mis indagaciones que en casa, en la librería? Los anuarios viejos me fascinaban. Desde que era niña, cuando me aburría, cuando sentía angustia o miedo me acercaba a esos estantes para hojear las páginas repletas de nombres, fechas y apuntes. Entre sus tapas se resumían vidas pasadas en unas pocas líneas rigurosamente neutras. En aquel mundo los hombres eran baronets, obispos o ministros, y las mujeres, esposas e hijas. No había ninguna anotación que revelara si a esos hombres les gustaba desayunar riñones, ningún apunte señalaba a quién amaban o qué les daba miedo en la oscuridad cuando apagaban la vela por la noche. No había ningún dato personal. Así pues, ¿qué era lo que me conmovía tanto de esos breves comentarios sobre las vidas de hombres fallecidos? Simplemente el hecho de que eran hombres, de que habían vivido, de que ahora estaban muertos. Cuando los leía, sentía una agitación dentro de mí. Dentro de mí, pero no de mí. Cuando leía las listas, la parte de mí que ya se encontraba en el otro lado despertaba y me acariciaba. Nunca expliqué a nadie por qué los almanaques significaban tanto para mí, ni siquiera decía que me gustaban. No obstante, mi padre reparó en mi afición, y siempre que salían a subasta ese tipo de volúmenes, se aseguraba de conseguirlos. En consecuencia, todos los muertos ilustres del país desde hacía muchas generaciones pasaban su vida después de la muerte en la tranquilidad de los estantes de nuestra segunda planta. Y yo era su única compañía. Y en esa segunda planta, acurrucada en el asiento de la ventana, estaba yo volviendo las páginas cargadas de nombres. Había encontrado al abuelo de la señorita Winter, George Angelfield. No era baronet, ni ministro, ni obispo, pero ahí estaba. El apellido era de origen aristocrático; habían ostentado un título, pero unas generaciones atrás se había producido una escisión en la familia: el título había ido en una dirección, el dinero y la finca en otra. Su abuelo pertenecía a esta segunda línea. Los almanaques solían seguir los títulos, pero la conexión era lo bastante estrecha para merecer una entrada, de modo que ahí estaba: Angelfield, George; su fecha de nacimiento; residió en la casa de Angelfield, Oxfordshire; casado con Mathilde Monnier de Reims, nacida en Francia; un hijo, Charles. Siguiendo su rastro a través de los almanaques de años posteriores, una década más tarde encontré una enmienda: un hijo, Charles, y una hija, Isabelle. Después de volver algunas páginas más, hallé la confirmación del fallecimiento de George Angelfield y, buscándola a ella por el apellido de su marido, March, Roland, el enlace de Isabelle. Por un momento me hizo gracia pensar que había hecho todo el viaje hasta Yorkshire para escuchar la historia de la señorita Winter cuando siempre había estado ahí, en los almanaques, unos metros por debajo de mi cama. Luego, no obstante, empecé a pensar con lucidez. ¿Qué demostraba esa información impresa? Únicamente que George y Mathilde y sus hijos Charles e Isabelle habían existido. ¿Cómo sabía yo que la señorita Winter no había encontrado esos nombres de la misma forma que yo, hojeando aquellos volúmenes? Había almanaques en cualquier biblioteca de todo el país. Quienquiera que lo deseara podía consultarlos. ¿Y si la señorita Winter había encontrado una colección de nombres y fechas y había bordado una historia en torno a ella para entretenerse? Además de mis recelos, tenía otro problema: Roland March había fallecido y la información sobre Isabelle terminaba con aquella muerte. Los anuarios configuraban un mundo extraño. En el mundo real, las familias se ramificaban como los árboles, la sangre mezclada por medio de uniones maritales pasaba de una generación a la siguiente creando una red de conexiones cada vez más extensa. Los títulos, en cambio, pasaban exclusivamente de un hombre a otro, la estrecha progresión lineal que los almanaques gustaban de resaltar. A cada lado de la línea correspondiente al título aparecían unos pocos hermanos más jóvenes, sobrinos y primos, que estaban lo bastante cerca para caer dentro del círculo de luz del almanaque. Hombres que podrían haber sido lords o baronets. Y aunque no se decía, hombres que aún estaban a tiempo de serlo si se producía una determinada sucesión de tragedias. Pero después de cierto número de ramificaciones en el árbol genealógico, esos nombres caían de los márgenes y desaparecían en el éter. Ninguna combinación de naufragios, pestes y terremotos sería tan poderosa como para devolver a esos primos terceros a un lugar destacado. El almanaque tenía sus límites. Y así sucedía con Isabelle: ella era mujer; sus hijas eran hembras; su marido (que no era lord) había muerto, y su padre (que no era lord) también había muerto. El almanaque cortaba las amarras a Isabelle y a sus hijas, dejando caer a las tres en el vasto océano de la gente corriente, cuyos nacimientos y muertes y matrimonios son, al igual que sus amores y sus miedos y su desayuno preferido, demasiado insignificantes para dejar constancia de ellos para la posteridad. Pero Charlie era varón. El anuario podía estirarse —lo justo— para incluirlo, sí bien la nube de la insignificancia ya empezaba a proyectar su sombra sobre él. La información era escasa. Se llamaba Charles Angelfield. Había nacido. Vivía en Angelfield. No estaba casado. No estaba muerto. Para el almanaque bastaba con esa información. Consulté un volumen tras otro, encontré una y otra vez la misma reseña raquítica. Con cada nuevo tomo me decía que ése sería el año que lo excluirían, pero ahí estaba año tras año, todavía Charles Angelfield, todavía de Angelfield, aún soltero. Hice un repaso de lo que la señorita Winter me había contado acerca de Charlie y su hermana, y me mordí el labio mientras daba vueltas al significado de su prolongada soltería. Entonces, cuando Charlie debía de rondar los cincuenta, tropecé con una sorpresa. Su nombre, su fecha de nacimiento, su lugar de residencia y una extraña abreviatura, DF, en la que no había reparado antes. Consulté la lista de abreviaturas. DF: declaración de fallecimiento. Regresé a la entrada de Charlie y me quedé mucho rato observándola con el entrecejo fruncido, como si por el hecho de mirarla fijamente fuera a emerger, en el grano o en la filigrana del papel, la solución del enigma. Ese año lo habían declarado muerto. Que yo supiera, se solicitaba una declaración de fallecimiento cuando una persona desaparecía, y, transcurrido cierto tiempo, la familia, por motivos de herencia, y pese a no disponer de pruebas ni de cadáver podía conseguir su patrimonio como si estuviese muerta. Creía recordar que una persona debía llevar siete años desaparecida antes de que pudiera ser declarada muerta. Quizá hubiera fallecido durante ese período de tiempo. O puede que no estuviera muerta, sino que simplemente se había marchado, se había perdido o vivía errante, lejos de todas las personas que la habían conocido. Pero que alguien estuviera legalmente muerto no siempre significaba que estuviera físicamente muerto. ¿Qué clase de vida era ésa, me pregunté, que podía terminar de una forma tan vaga, tan insatisfactoria? DF.
Cerré el almanaque, lo devolví al estante y bajé a la librería para prepararme un chocolate caliente.
—¿Qué sabes de los trámites legales que hay que seguir para que alguien sea declarado muerto? —le pregunté a papá mientras esperaba ante el cazo de la leche que tenía al fuego.
—Supongo que no mucho más que tú —fue su respuesta. Entonces apareció en el umbral y me tendió una de las sobadas tarjetas de nuestros clientes.
—Éste es el hombre a quien deberías preguntárselo. Es catedrático de derecho retirado. Ahora vive en Gales, pero viene aquí todos los veranos para curiosear y dar paseos junto al río; un tipo agradable. ¿Por qué no le escribes? De paso podrías preguntarle si quiere que le guarde el Justitiae Naturales Principia.
Cuando terminé mi chocolate, regresé al almanaque para averiguar más cosas sobre Roland March y su familia. Su tío había tenido escarceos con la pintura, y cuando fui a la sección de historia del arte para ahondar en ese dato, descubrí que sus retratos —si bien en aquel momento eran considerados mediocres— habían estado muy en boga durante un breve período. El English Provincial Portraiture de Mortimer contenía la reproducción de un retrato temprano realizado por Lewis Anthony March, titulado Roland, sobrino del pintor. Resulta extraño contemplar el rostro de un muchacho que todavía no es del todo un hombre en busca de los rasgos de una anciana, su hija. Dediqué unos minutos a estudiar sus facciones carnosas y sensuales, su cabello rubio y brillante, la postura relajada de su cabeza. Cerré aquel libro. Estaba perdiendo el tiempo. Aunque invirtiera todo el día y toda la noche, sabía que no encontraría nada sobre las gemelas que Roland había engendrado.


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Re: Lectura Octubre 2018

Mensaje por Maga Ayer a las 1:46

En los archivos del « Banbury Herald»


Al día siguiente tomé el tren a Banbury y las oficinas del Banbury Herald. Un hombre joven me enseñó los archivos. Quizá la palabra archivo impresione a quien no los ha frecuentado apenas, pero a mí, que durante años he pasado mis vacaciones en ellos, no me sorprendió que me invitaran a pasar a una especie de armario sin ventanas metido en un sótano.
—El incendio de una casa en Angelfield —expliqué brevemente—, hace unos sesenta años.
El muchacho me mostró el estante donde guardaban los legajos del período en cuestión.
—Le bajaré las cajas.
—Y la sección de literatura de hace unos cuarenta años, pero no estoy segura del año exacto.
—¿Páginas de literatura? No sabía que el Herald hubiera tenido en otra época sección de literatura. —Desplazó la escalera de mano, rescató otra colección de cajas y las colocó junto a la primera sobre una larga mesa, debajo de una potente luz—. Aquí las tiene —dijo animadamente, y me dejó a solas con mi tarea.
El incendio de Angelfield, averigüé, probablemente fue accidental. En aquellos tiempos la gente solía almacenar combustible y eso fue lo que hizo que el fuego se extendiera con tanta virulencia. En aquel momento solo se hallaban en la casa las dos sobrinas del propietario; ambas habían escapado al fuego y se encontraban en el hospital. Se creía que el propietario estaba de viaje. (Se creía… me dije extrañada. Anoté las fechas: todavía tendrían que pasar seis años para la declaración de fallecimiento). La noticia terminaba con algunos comentarios sobre el valor arquitectónico de la casa y señalaba que su estado era ruinoso.
Copié la historia y eché un vistazo a los titulares de números posteriores en busca de más información, pero como no encontré nada guardé los periódicos y me concentré en las demás cajas. « Cuénteme la verdad» , había dicho él; el joven del traje anticuado que había entrevistado a Vida Winter para el Banbury Herald hacía cuarenta años. Y ella no había olvidado sus palabras. La entrevista no aparecía por ningún lado. Ni siquiera había nada que pudiera llamarse sección de literatura. Los únicos artículos literarios eran algunas que otras reseñas de libros tituladas « Quizá le gustaría leer…» , escritas por una crítica llamada señorita Jenkinsop. Mis ojos tropezaron en dos ocasiones con el nombre de la señorita Winter. Era evidente que la señorita Jenkinsop había leído las novelas de la señorita Winter y que le habían gustado; sus elogios, aunque expresados con escasa erudición, eran entusiastas y merecidos, pero estaba claro que la mujer no había conocido a la escritora y que ella no era el hombre del traje marrón.
Cerré el último periódico, lo doblé y lo devolví cuidadosamente a su caja. El hombre del traje marrón era una invención suya; un recurso para atraparme; la mosca con la que el pescador ceba su sedal para atraer a los peces. Era de esperar. Quizá fuera la confirmación de la existencia de George y Mathilde, de Charlie e Isabelle, lo que me había llevado a hacerme la ilusión de su veracidad. Ellos, por lo menos, eran reales; pero el hombre del traje marrón, no.
Me puse el sombrero y los guantes, abandoné las oficinas del Banbury Herald y salí a la calle.
Mientras recorría las invernales aceras buscando un café recordé la carta que la señorita Winter me había enviado. Recordé las palabras del hombre del traje marrón y la forma en que habían resonado en las vigas de mis habitaciones bajo el alero. Pero el hombre del traje marrón era un producto de su imaginación. Debí haberlo supuesto. ¿Acaso la señorita Winter no era una inventora de historias? Una cuentista, una fabulista, una embustera. Y el ruego que tanto me había conmovido —« Cuénteme la verdad» — había sido pronunciado por un hombre que ni siquiera era real.
No supe explicarme el sabor tan amargo de mi decepción.
 




Ruinas


Desde Banbury tomé un autobús. —¿Angelfield? —dijo el conductor—. El autobús no llega hasta Angelfield, al menos de momento. Tal vez cambie el recorrido cuando hayan construido el hotel.
—¿Piensan construir uno allí?
—Están echando abajo una casa en ruinas para construir un hotel de lujo. Puede que entonces pongan un servicio de autobuses para el personal, pero lo mejor que puede hacer ahora es bajarse en el Hare and Hounds de Cheneys Road y seguir a pie. Un kilómetro y medio más o menos, creo.
No había mucho que ver en Angelfield. Una sola calle cuyo letrero de madera rezaba, con lógica simplicidad, The Street. Pasé por delante de una docena de casitas adosadas por pares. Aquí y allá sobresalía algún rasgo diferenciador —un tejo alto, un columpio, un banco de madera—, pero por lo demás cada casita, con su elaborado tejado de paja, los aguilones blancos y el sobrio enladrillado, parecía el reflejo de su vecina. Las ventanas daban a unos prados bien delimitados con setos y salpicados de árboles. Algo más lejos se divisaban vacas y ovejas, y más allá todavía una superficie densamente arbolada detrás de la cual, según mi mapa, estaba el parque de ciervos. No había aceras, pero tampoco importaba porque no había tráfico. De hecho, no vi señales de presencia humana hasta que dejé atrás la última casa y llegué a una tienda que hacía las veces de oficina de correos.
Dos niños con impermeables amarillos salieron de la tienda y echaron a correr carretera abajo, adelantándose a su madre, que se había detenido en el buzón. Rubia y menuda, estaba intentando pegar los sellos en los sobres sin que se le cayera el periódico que sujetaba bajo el brazo. El niño, ya un muchacho, alargó una mano para echar el envoltorio de su caramelo en la papelera clavada a un poste que había en el borde de la carretera. Cuando fue a coger el envoltorio de su hermana, ésta se resistió.
—¡Puedo yo sola! ¡Puedo yo sola!
La niña se puso de puntillas, y desoyendo las protestas de su hermano estiró el brazo y lanzó el papel en dirección a la boca de la papelera. Un golpe de brisa se lo llevó volando al otro lado de la carretera.
—¡Te lo dije!
Ambos niños se dieron la vuelta y echaron a correr, pero al verme frenaron en seco. Dos flequillos rubios se desplomaron sobre dos pares de ojos castaños de idéntico contorno. Dos bocas se abrieron con la misma expresión de asombro. No, no eran gemelos, pero casi. Me agaché a recoger el papel y se lo tendí. La niña, deseosa de recuperarlo, hizo ademán de adelantarse. Su hermano, más prudente, alargó un brazo para cortarle el paso y exclamó:
—¡Mamá!
La mujer rubia, que nos observaba desde el buzón, había contemplado la escena.
—Está bien, deja que lo coja. —La niña cogió el papel de mi mano sin levantar la vista—. Dale las gracias —dijo la madre.
Los niños obedecieron de manera comedida, se dieron la vuelta y partieron dando saltos de alivio. Esa vez la mujer aupó a su hija para que llegara a la papelera y mientras lo hacía se volvió hacia mí y observó mi cámara fotográfica con discreta curiosidad.
En Angelfield ningún forastero podía pasar inadvertido.
Esbozó una sonrisa reservada.
—Que tenga un buen paseo —dijo, y se giró para seguir a sus hijos, que ya habían echado a correr en dirección a las casas adosadas.
Los vi alejándose. Los niños corrían acechándose y persiguiéndose como si estuvieran unidos por una cuerda invisible. Alteraban el rumbo caprichosamente y hacían cambios de velocidad imprevisibles con una sincronización telepática; parecían dos bailarines moviéndose al compás de una misma música interna, dos hojas atrapadas en la misma brisa. Era algo extraño y al mismo tiempo completamente natural. Me habría quedado más tiempo observándolos, pero temerosa de que se dieran la vuelta y me descubrieran mirando, me obligué a reemprender mi camino. Tras recorrer unos cientos de metros las verjas de la casa del guarda aparecieron ante mi vista. Las verjas propiamente dichas no solo estaban cerradas, sino soldadas al suelo y entre sí por retorcidas vueltas de hiedra que entraban y salían de la elaborada artesanía de metal. Sobre las verjas, dominando la carretera, se alzaba un arco de piedra clara cuyos extremos terminaban en sendos edificios pequeños, de una sola estancia, provistos de ventanas. De una de ellas pendía una hoja de papel. Como lectora empedernida que soy, no pude resistir la tentación, así que me encaramé a la hierba alta y húmeda para leerla. Pero era un aviso fantasma. Todavía podía verse el logotipo policromo de una constructora, pero debajo solo podían distinguirse dos manchas grises que parecían párrafos y, una pizca más oscura, la sombra de una firma.
Debían de haber sido letras, pero varios meses de fuerte sol habían desteñido su significado. Estaba segura de que tendría que caminar un largo tramo alrededor de la linde para dar con una entrada, pero apenas después de unos pasos llegué a una pequeña puerta de madera abierta en un muro con un simple pestillo para asegurarla. En un instante ya estaba dentro.
En el camino que en otros tiempos había sido de grava, las piedrecillas se mezclaban con parches de tierra desnuda y hierba achaparrada. Conducía, dibujando una larga curva, hasta una pequeña iglesia de piedra y sílex con un cementerio, después doblaba en la otra dirección y transcurría por detrás de una franja de árboles y arbustos que ocultaban la vista. La maleza invadía ambos lados del camino; ramas de matorrales diversos se peleaban por un espacio mientras, a sus pies, el pasto y la mala hierba penetraban en todos los huecos que podían encontrar.
Me encaminé hacia la iglesia. Reconstruida en la época victoriana, conservaba la sobriedad de sus orígenes medievales. Pequeño y compacto, el capitel se dirigía hacia el cielo sin tratar de agujerearlo. La iglesia estaba situada en el vértice de la curva de grava; cuando estuve algo más cerca desvié la mirada de la entrada del cementerio hacia la vista que se estaba abriendo a mi otro lado. Con cada paso que daba el panorama se ampliaba un poco más, hasta que finalmente la mole de piedra clara que era la casa de Angelfield apareció ante mis ojos. Me detuve en seco.
La casa descansaba en un ángulo inverosímil. Si llegabas por el camino de grava ibas a parar a una esquina del edificio, y no estaba claro qué lado era la fachada. Parecía como si la casa supiera que debía recibir a sus visitantes de cara, pero en el último momento no pudiera reprimir el impulso de darse la vuelta y mirar hacia el parque de ciervos y los bosques que se extendían más allá de los bancales. El visitante no era recibido por una cálida sonrisa, sino por una espalda fría.
Los demás detalles de su aspecto externo solo hacían que aumentar esa sensación de inverosimilitud. La planta era asimétrica. Tres grandes salientes, de cuatro plantas de altura cada uno, sobresalían del cuerpo principal, y sus doce ventanas anchas y altas eran el único toque de orden y armonía que ofrecía la fachada. En el resto de la casa las ventanas estaban repartidas sin orden ni concierto, no había dos iguales, ninguna coincidía con su vecina de arriba o de abajo, de la derecha o de la izquierda. Por encima de la tercera planta una balaustrada trataba de envolver la dispar arquitectura en un único abrazo, pero aquí y allá una piedra prominente, un saliente o una ventana absurda echaban por tierra su esfuerzo, así que la balaustrada desaparecía para arrancar de nuevo en el otro lado del obstáculo. Por encima de ella se elevaba un horizonte irregular de torres, atalayas y chimeneas de color miel.
¿Una casa en ruinas? La mayor parte de la piedra dorada tenía un aspecto tan limpio y fresco que parecía recién salida de la cantera. Lógicamente, la intrincada sillería de las atalayas estaba algo desgastada y la balaustrada se estaba desmoronando en algunas partes, pero no podía decirse que el estado de la casa fuera ruinoso. Al verla con el cielo azul de fondo, los pájaros sobrevolando las torres y rodeada de hierba verde, no me costó nada imaginármela habitada.
Entonces me puse las gafas y comprendí.
Las ventanas no tenían vidrios y los marcos estaban, cuando no podridos, calcinados. Lo que había tomado por sombras sobre las ventanas del ala derecha eran manchas de tizne. Y los pájaros que hacían piruetas en el cielo no descendían en picado detrás de la casa, sino dentro de ella. El edificio no tenía tejado. No era una casa, era su estructura.
Volví a quitarme las gafas y el lugar se transformó en una impecable casa isabelina. ¿Sería posible sentir alguna inquietante amenaza si el cielo estuviera teñido de añil y la luna desapareciera de repente detrás de las nubes? Tal vez. Pero dibujada contra aquel cielo azul, la casa era la imagen de la inocencia.
Una barrera bloqueaba el camino. Tenía colgado un aviso. « Peligro. No pasar» . Al reparar en la ranura donde convergían las dos secciones de la barrera, retiré una, entré y la volví a colocar en su sitio.
Después de doblar la fría esquina fui a parar a la fachada de la casa Entre el primer y el segundo saliente seis escalones bajos y anchos conducían a una puerta de madera de doble hoja. Los escalones estaban flanqueados por dos pedestales bajos sobre los que descansaban sendos gatos enormes, esculpidos en un material oscuro y lustroso. Las curvas de su anatomía estaban talladas con tanto realismo que cuando deslicé mis dedos por la superficie de uno de ellos casi esperé tocar pelo y la fría dureza de la piedra me sobresaltó.
La ventana de la planta baja del tercer saliente era la que tenía las manchas de tizne más oscuras. Encaramada a un trozo caído de mampostería, alcancé la altura suficiente para asomarme al interior. Aquella visión me produjo un profundo desasosiego. El concepto de habitación reúne algo universal, algo familiar para todos. Aunque mi dormitorio sobre la librería, mi dormitorio de la infancia en casa de mis padres y mi dormitorio en casa de la señorita Winter difieren enormemente, los tres comparten ciertos elementos, elementos que permanecen invariables en todas partes y para todas las personas. Hasta un campamento temporal tiene algo en lo alto para resguardar de la intemperie, un espacio para que la persona entre, se mueva y salga, y algo que le permite diferenciar el interior del exterior. Allí no había nada de eso.
Las vigas se habían desmoronado, algunas solo por un extremo, de tal manera que cortaban el espacio en diagonal y descansaban sobre los montones de mampostería, carpintería y demás materiales confusos que llenaban la habitación hasta la altura de la ventana. Viejos nidos de pájaro ocupaban algunos rincones y recovecos. Probablemente los pájaros habían llevado semillas consigo; la nieve y la lluvia habían entrado a raudales junto con la luz del sol, así que por increíble que pareciera en ese espacio ruinoso estaban creciendo plantas; divisé las ramas marrones de una budelia y saúcos larguiruchos que apuntaban hacia la luz. La hiedra trepaba por las paredes como si fuera el dibujo de un papel pintado. Estirando el cuello miré hacia arriba y ante mi vista se abrió un oscuro túnel. Las cuatro paredes seguían intactas, pero no vi ningún techo, solo cuatro vigas gruesas espaciadas de un modo irregular seguidas de otro espacio vacío coronado por algunas vigas más, y así sucesivamente. Al final del túnel había luz. Era el cielo.
Ni siquiera un fantasma podría sobrevivir en aquel lugar.
Resultaba casi imposible imaginar que en otros tiempos allí había habido cortinajes, tapices, muebles y cuadros; que arañas de luces habían iluminado lo que ahora iluminaba el sol. ¿Qué había sido esa estancia? ¿Un salón, una sala de música, un comedor?
Escruté la masa de escombros apiñada en la habitación. Entre el revoltijo de materiales irreconocibles que en otra época habían formado un hogar algo atrajo mi atención. Al principio me había parecido una viga medio caída, pero no era lo bastante gruesa, y tenía aspecto de haber estado sujeta a la pared. Ahí había otra, y otra. Estos tablones parecían tener muescas a intervalos regulares, como sí otros trozos de madera hubieran estado en otros tiempos unidos a ellos formando ángulos rectos. De hecho allí, en un rincón, descansaba un tablón donde esos trozos seguían presentes.
Un escalofrío me subió por la espalda.
Esas vigas eran estanterías. Ese revoltijo de naturaleza y arquitectura desmoronada era una biblioteca. En algún momento, sin darme cuenta, había cruzado la ventana sin cristal. Avancé con cuidado, tanteando el suelo a cada paso. Miré en rincones y grietas, pero no vi ningún libro. Aunque tampoco esperara verlos, pues nunca sobrevivirían en esas condiciones, no había podido resistir la tentación de echar un vistazo. Durante unos minutos me concentré en hacer fotografías. Fotografié los marcos de las ventanas, las tablas de madera que antaño habían sostenido libros, la pesada puerta de roble y su colosal marco. Tratando de obtener el mejor encuadre de la gran chimenea de piedra, estaba inclinando un poco el torso hacia un lado cuando me detuve. Tragué saliva, noté los latidos ligeramente acelerados de mi corazón. ¿Había oído algo? ¿Había sentido algo? ¿Se había alterado la disposición de los escombros bajo mis pies? Pero no. No era nada. Aun así, crucé con tiento hasta el otro lado de la habitación, donde había un boquete en la mampostería lo bastante grande para atravesarlo.
Fui a parar al vestíbulo principal, donde se erigía la alta puerta de doble hoja que había visto desde el exterior. La escalera, al ser de piedra, había sobrevivido al incendio. Un amplio arco ascendente; el pasamanos y la balaustrada cubiertos de hiedra; pero las sólidas líneas de su arquitectura estaban limpias; una curva grácil que se ensanchaba en la base como una caracola. Una especie de elegante apóstrofo invertido.
La escalera subía hasta una galería que en otra época probablemente había abarcado todo el ancho del vestíbulo. A un lado solo había un borde de tablas de madera dentadas y una pendiente hasta el suelo de piedra de la planta baja. El otro lado estaba casi completo. Restos de un pasamanos a lo largo de la galería y un pasillo. Un techo, manchado pero intacto; un suelo, e incluso puertas. Era la primera zona de la casa que había visto que parecía haber escapado a la destrucción total. Parecía un lugar habitable.
Hice unas fotos rápidas y, tanteando cada nueva tabla bajo mis pies antes de trasladar el peso del cuerpo, avancé cautelosamente por el pasillo. El pomo de la primera puerta se abrió a un precipicio, ramas y un cielo azul. Ni paredes, ni techo, ni suelo, solo aire fresco del exterior.
Cerré la puerta y seguí caminando por el pasillo, decidida a no dejarme intimidar por los peligros del lugar. Vigilando en todo momento dónde pisaba, alcancé la segunda puerta. Giré el pomo y dejé que la puerta se abriera por su propio impulso.
¡Había movimiento!
¡Mi hermana!
Casi di un paso hacia ella.
Casi.
Entonces lo comprendí: era un espejo, empañado por la mugre y salpicado de manchas oscuras que semejaban tinta.
Miré el suelo que había estado a punto de pisar. No había tablas, solo una pendiente en caída de seis metros sobre duras losas de piedra.
Aunque ya era consciente de lo que había visto, mi corazón seguía desbocado. Levanté la mirada y allí estaba ella; una chiquilla de rostro pálido y ojos oscuros, una figura indefinida, confusa, temblando dentro del viejo marco.
Ella me había visto. Tenía una mano anhelante tendida hacia mí, como si yo solo tuviera que dar unos pasos para cogerla. Y bien mirado, ¿no sería ésa la solución más sencilla, dar unos pasos y reunirme finalmente con ella?
¿Cuánto tiempo me quedé observándola mientras me esperaba?
—No —susurré, pero su brazo seguía haciéndome señas—. Lo siento. —Dejó caer el brazo lentamente.
Entonces levantó la cámara y me hizo una foto. Lo lamenté por ella. Las fotos hechas a través de un cristal nunca salen. Lo sé muy bien; lo he probado muchas veces.
Me detuve ante la tercera puerta, con la mano en el pomo. La regla de tres, había dicho la señorita Winter. Pero ya no estaba de humor para continuar averiguando sobre su historia. Su casa llena de peligros, con su lluvia interior y el espejo engañoso, había dejado de interesarme.
Decidí marcharme. ¿Fotografiar la iglesia? Ni siquiera eso. Iría a la tienda del pueblo; pediría un taxi por teléfono, iría a la estación y de allí a casa. Haría todo eso dentro de un minuto. En aquel instante solo quería quedarme así, con la cabeza apoyada en la puerta, los dedos sobre el pomo, indiferente a lo que pudiera haber al otro lado, esperando a que mis lágrimas se secaran y mi corazón se calmara.
Esperé.
Y de repente, bajo mis dedos, el pomo de la tercera puerta empezó a girar solo.


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Maga

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Re: Lectura Octubre 2018

Mensaje por yiniva Ayer a las 17:01

Marg está investigando por su cuenta y miren con lo que se vino topar, gracias Maga


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yiniva

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Re: Lectura Octubre 2018

Mensaje por Maga Ayer a las 21:15

El gigante afable


Eché a correr. Salté por encima de los boquetes de las tablas, bajé de tres en tres los escalones, me resbalé una vez y me abalancé sobre el pasamanos para apoyarme. Agarré un puñado de hiedra, tropecé, recuperé el equilibrio y seguí bajando a trompicones. ¿La biblioteca? No. Hacia el otro lado. Por debajo de una arcada. Ramas de saúco y de budelia se me enganchaban a la ropa y en varias ocasiones estuve en un tris de caer mientras mis pies sorteaban los cascotes de esa casa en ruinas. Al final, inevitablemente, caí al suelo y de mi boca escapó un alarido.
—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! ¿Te he asustado? Oh, Dios mío.
Me volví hacia la arcada.
Asomando por el rellano de la galería vislumbré no el esqueleto ni el monstruo de mi imaginación, sino un gigante. El individuo bajó ágilmente por la escalera, avanzó con soltura y despreocupación por los escombros y se detuvo delante de mí con una expresión de intensa preocupación en la cara.
—Válgame el cielo.
Debía de medir un metro noventa o noventa y cinco y era corpulento, tan corpulento que la casa pareció empequeñecerse a su alrededor.
—No quería… Verás, pensaba que… Como llevabas allí un rato y… Pero eso ya no importa, lo que ahora importa, querida, es si te has hecho daño.
Me sentí reducida al tamaño de un niño. Pero, pese a sus colosales dimensiones, ese hombre también tenía algo de niño. Demasiado regordete para tener arrugas, su rostro era redondo y de angelote, y alrededor de su rala cabeza pendía una cuidada aureola de rizos de un tono rubio plateado. Sus ojos, redondos como las monturas de sus gafas, eran amables y poseían una transparencia azul. Yo debía de tener cara de aturdida y quizá estuviera pálida. El gigante se arrodilló a mi lado y me tomó la muñeca.
—Caray, menudo porrazo te has pegado. Si hubiera… No debí… Pulso algo acelerado. Hummm.
La espinilla me ardía. Me llevé una mano a la rodillera del pantalón para tocar una gota y cuando la retiré tenía los dedos manchados de sangre.
—Oh, Dios, oh, Dios, ¿es la pierna, verdad? ¿Está rota? ¿Puedes moverla?
Moví el pie y el alivio se dibujó en su rostro.
—Gracias a Dios. Nunca me lo habría perdonado. No te muevas, quédate aquí descansando mientras yo… voy a buscar… Vuelvo enseguida.
Y se marchó. Sus pies sortearon con delicadeza los bordes mellados de la madera y subieron la escalera dando brincos mientras su torso avanzaba majestuosamente, como desconectado del intrincado juego de piernas que tenía debajo.
Respiré hondo y esperé.
—He puesto en marcha el hervidor de agua —anunció a su regreso.
Llevaba consigo un botiquín de verdad, blanco con la cruz roja encima. Extrajo un desinfectante y una gasa.
—Siempre he dicho que alguien acabaría haciéndose daño en este viejo caserón. Hace años que tengo este botiquín. Más vale prevenir que curar, ¿no crees? ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! —Hizo una mueca de dolor al apretar la punzante gasa contra el corte de mi espinilla—. Seamos valientes, ¿de acuerdo?
—¿Tienes electricidad? —pregunté. Me sentía algo abrumada.
—¿Electricidad? Pero si es una casa en ruinas. —Me miró fijamente, sorprendido por la pregunta, como si al caer hubiera sufrido una contusión y hubiera perdido el juicio.
—Lo digo porque creí oírte decir que habías puesto en marcha el hervidor de agua.
—¡Ah, entiendo! ¡No! Tengo un hornillo de gas. Antes tenía un termo, pero… —Alzó la nariz—. El té hecho en termo no es muy bueno que digamos, ¿no crees? ¿Escuece mucho?
—Solo un poco. —Buena chica. Te has pegado un buen porrazo. Y ahora el té. ¿Con limón y azúcar? Leche no, lo siento. No hay nevera.
—Me encantaría con limón.
—Bien. Y ahora te pondremos cómoda. Ha dejado de llover. ¿Té en el jardín?
Se dirigió a la imponente puerta del vestíbulo y descorrió el pasador. Con un menor chirrido de lo que esperaba, las hojas se abrieron e hice ademán de levantarme.
—¡No te muevas!
El gigante llegó brincando hasta mí, se agachó y me recogió del suelo. Me llevó en volandas y suavemente al exterior. Me sentó de lado sobre el lomo de uno de los gatos negros que yo había admirado hacía una hora.
—Espera aquí y cuando regrese tú y yo disfrutaremos de una deliciosa merienda.
Entró de nuevo en la casa. Su colosal espalda se deslizó escaleras arriba, avanzó por el pasillo y entró en la tercera habitación.
—¿Cómoda?
Asentí con la cabeza.
—Estupendo. —El gigante sonrió como si realmente aquella situación fuera estupenda—. Y ahora, ¿qué tal si nos presentamos? Yo soy Love. Aurelius Alphonse Love. Pero llámame Aurelius. —Me miró con expectación.
—Margaret Lea.
—Margaret. —Esbozó una sonrisa radiante—. Magnífico. Realmente magnífico. Y ahora come.
El gigante había desdoblado una servilleta, esquina por esquina, entre las orejas del gran gato negro. Dentro había una generosa porción de un bizcocho oscuro y pegajoso; le di un bocado. Era el bizcocho perfecto para un día de frío: condimentado con jengibre, dulce pero picante. Aquel desconocido filtró el té en sendas tazas de delicada porcelana. Me tendió un azucarero con terrones y luego extrajo una bolsita de terciopelo azul de su bolsillo superior y la abrió. Descansando sobre el terciopelo había una cucharilla de plata con una A alargada, con la forma de un ángel estilizado, adornando el mango. Cogí la cucharilla, removí con ella mi té y se la devolví.
Mientras yo bebía y comía mi anfitrión se sentó en el segundo gato, que bajo su enorme contorno adquirió de repente el aspecto de un cachorro. Comía en silencio, con cuidado y concentración. También él me observaba comer, anhelando que el bizcocho fuera de mi agrado.
—Estaba delicioso —dije—. Casero, supongo.
De un gato a otro había unos tres metros, de manera que para conversar teníamos que elevar ligeramente la voz, lo que daba a la conversación un toque teatral, como si se tratara de representación. Y lo cierto era que teníamos público. Cerca de la linde del bosque, un ciervo totalmente inmóvil nos observaba con curiosidad. Sin pestañear, vigilante, con las fosas nasales agitadas. Cuando advirtió que lo había visto no hizo ademán de huir, sino que optó por lo contrario por no tener miedo.
Mi compañero se limpió los dedos en la servilleta, la sacudió y la dobló en cuatro.
—Entonces, ¿te ha gustado? La señora Love me dio la receta. Preparo este bizcocho desde niño. La señora Love era una cocinera maravillosa; una mujer maravillosa en todos los sentidos. Naturalmente, ya no está con nosotros. Se fue a una edad avanzada, aunque yo había confiado en que… Pero no pudo ser.
—Comprendo.
Si bien no estaba segura de comprender. ¿La señora Love era su esposa? Aunque había dicho que hacía ese bizcocho desde que era niño. No podía estar refiriéndose a su madre. ¿Por qué iba a llamar a su madre señora Love? Aun así, dos cosas estaban claras: que la había querido y que la mujer estaba muerta.
—Lo siento —dije.
Aceptó mi pésame con una expresión triste, pero después su rostro se iluminó.
—Eso sí, me dejó un recuerdo muy digno, ¿no crees? Me refiero al bizcocho.
—Desde luego. ¿Hace mucho que la perdiste?
Lo meditó.
—Casi veinte años, aunque parece más tiempo. O menos. Depende de cómo se mire.
Asentí con la cabeza. Seguía sin entender. Permanecimos callados un rato. Contemplé el parque de ciervos. En el vértice del bosque estaban asomando otros ciervos. Se movían con el sol por la hierba del parque. El escozor de la espinilla había disminuido. Me encontraba mejor.
—Dime una cosa… —comenzó el extraño, y sospeché que había tenido que armarse de valor para hacer su pregunta—. ¿Tienes madre?
Di un respingo. La gente casi nunca repara en mí el tiempo suficiente para hacerme preguntas personales.
—¿Te has molestado? Perdona la pregunta, pero… ¿Cómo podría explicártelo? La familia es un tema que… que… Pero si prefieres no… Lo siento.
—No pasa nada —respondí con calma—. No me importa.
Y lo cierto era que no me importaba. Ya fuera por la sucesión de impresiones que había tenido o por la influencia de ese entorno tan extraño, el caso es que sentía que todo lo que pudiera contar sobre mí en aquel lugar, a ese hombre, permanecería siempre allí, con él, y no llegaría a ningún otro lugar del mundo. Contara lo que contara, no tendría consecuencias. De modo que contesté:
—Sí, tengo madre.
—¡Tienes madre! ¡Qué…! ¡Oh, qué…! —Una expresión extrañamente intensa, de tristeza o nostalgia, asomó en sus ojos—. ¿Hay algo más maravilloso que tener madre? —exclamó al fin. Era, claramente, una invitación a que continuara hablando.
—Entonces, ¿tú no tienes madre? —le pregunté.
Aurelius torció un poco el gesto.
—Desgraciadamente… Siempre he querido… O un padre. Incluso hermanos y hermanas. Alguien que me perteneciera de verdad. De niño hacía ver que tenía una familia. Me inventé una completa. ¡Generaciones enteras! ¡Te habrías reído! —No había nada irrisorio en su rostro mientras hablaba—. Pero una madre propiamente dicha… Una madre real, conocida… Está claro que todo el mundo tiene una madre, eso lo sé. El caso es saber quién es tu madre. Y yo siempre he confiado en que algún día… Porque no es algo imposible, ¿verdad? De modo que todavía mantengo la esperanza.
—Ah.
—Es algo realmente triste. —Se encogió de hombros, procurando, sin éxito, que el gesto pareciera despreocupado—. Me habría gustado tener madre.
—Señor Love…
—Aurelius, por favor.
—Aurelius. La relación con las madres no siempre es tan agradable como imaginas.
—¿Oh? —Mi comentario pareció tener el impacto de una gran revelación. Me miró detenidamente—. ¿Hay peleas?
—No exactamente.
Frunció el entrecejo.
—¿Malentendidos?
Negué con la cabeza.
—¿Peor? —Estaba estupefacto. Buscó el posible problema en el cielo, en el bosque y, por último, en mis ojos.
—Secretos —le dije.
—¡Secretos! —Sus ojos se abrieron en dos círculos perfectos. Desconcertado, meneó la cabeza, tratando por todos los medios de entender a qué me estaba refiriendo—. No sé cómo ayudarte. Sé muy poco de familias. Mi ignorancia es más vasta que el océano. Lamento que entre vosotras haya secretos. Estoy seguro de que tienes tus razones para sentirte así.
La compasión endulzó su mirada y me tendió un pañuelo blanco cuidadosamente doblado. —
Lo siento —dije—. Debe de ser una reacción de efectos retardados.
—Eso espero.
Mientras me enjugaba las lágrimas Aurelius se volvió hacia el parque de ciervos. El cielo estaba oscureciendo lentamente. Seguí la dirección de sus ojos y divisé un destello blanco: el pelaje claro del ciervo que galopaba con agilidad hacia el abrigo de los árboles.
—Cuando noté que se movía el pomo de la puerta, pensé que eras un fantasma —le expliqué— o un esqueleto.
—¡Un esqueleto! ¡Yo! ¡Un esqueleto! —Rió encantado mientras todo su cuerpo parecía temblar de alegría.
—Y al final resultaste ser un gigante.
—¡Y que lo digas! Todo un gigante. —Se secó los ojos, humedecidos por la risa, y dijo—: La verdad es que en este lugar sí hay un fantasma, o por lo menos eso dicen.
« Lo sé» , estuve a punto de decir. « Lo he visto» , pero, lógicamente, no estábamos hablando del mismo fantasma.
—¿Lo has visto?
—No —suspiró—. No he visto ni la sombra de un fantasma.
Nos quedamos un rato callados, absorto cada uno en sus propias sombras.
—Empieza a refrescar —señalé.
—¿Tu pierna ya está bien?
—Creo que sí. —Resbalé por el lomo del gato e intenté apoyarme en ella—.Sí, está mucho mejor.
—Estupendo. Estupendo.
Nuestras voces eran murmullos en la luz menguante.
—¿Quién era exactamente la señora Love?
—La señora que me acogió. Me dio su apellido. Me dio su libro de recetas. En realidad, me lo dio todo.
Asentí. Recogí mi cámara de fotos.
—Creo que es hora de irme. Debería intentar fotografiar la iglesia antes de que la luz se vaya del todo. Muchas gracias por la merienda.
—Yo tampoco tardaré en marcharme. Ha sido un verdadero placer conocerte, Margaret. ¿Vendrás otro día?
—No vives realmente aquí, ¿verdad? —pregunté con voz dudosa.
Aurelius rió. Era un dulzor oscuro, sustancioso, como el bizcocho.
—Dios mío, no. Tengo una casa allí. —Señaló el bosque—. Vengo aquí por las tardes. Para… bueno, digamos que para meditar.
—Van a derribar la casa. Supongo que ya lo sabes.
—Lo sé. —Aurelius acarició el gato algo distraído, pero con cariño—. Es una pena, ¿no crees? Echaré de menos este viejo caserón. De hecho, cuando te oí pensé que eras uno de ellos, un perito o algo parecido. Pero ha resultado que no.
—No, no soy perito. Estoy escribiendo un libro sobre alguien que vivió aquí.
—¿Las muchachas de Angelfield?
—Sí.
Aurelius asintió pensativamente con la cabeza.
—¿Sabías que eran gemelas? Debe de ser increíble. —Por un momento su mirada viajó muy lejos—. ¿Vendrás otro día, Margaret? —preguntó mientras yo recogía mi bolsa.
—Tengo que hacerlo.
llevó una mano al bolsillo y sacó una tarjeta. Aurelius Love, servicio de catering tradicional inglés para bodas, bautizos y fiestas. Me señaló la dirección y el número de teléfono.
—Llámame cuando vuelvas por aquí. Te invitaré a mi casa y te preparé una merienda de verdad.
Antes de separarnos, Aurelius me cogió la mano y le dio unas palmaditas suaves, a la antigua usanza. Luego su enorme cuerpo subió elegantemente la enorme escalinata y cerró las pesadas puertas tras de sí.
Bajé lentamente por el camino en dirección a la iglesia, con la mente ocupada por el extraño que acababa de conocer y del que me había hecho amiga. Era algo inusitado en mí. Y al cruzar la puerta del cementerio me dije que quizá la extraña fuera yo. ¿Eran solo imaginaciones mías o desde que había conocido a la señorita Winter yo no era la misma?



____________________________________________________________________________


Tumbas


Había recordado que necesitaba luz cuando ya era demasiado tarde, así que descarté hacer más fotografías. Entonces saqué mi libreta para pasear por el cementerio. Angelfield era una población antigua pero pequeña y había pocas tumbas. Encontré a John Digence, « Llamado al jardín del Señor» , y también a una mujer, Martha Dunne, « Sierva leal de Nuestro Señor» , cuyas fechas de nacimiento y muerte coincidían bastante con las que esperaba del ama. Anoté los nombres, las fechas y las inscripciones en mi libreta. En una tumba había flores frescas, un alegre ramo de crisantemos naranjas, y me acerqué para ver a quién recordaban con tanto afecto. Era Joan Mary Love, « Siempre recordada» .
Aunque busqué detenidamente, no vi el apellido Angelfield por ningún lado. Mi desconcierto, con todo, no duró más de un minuto. La familia de la casa grande no podía tener tumbas corrientes en el cementerio. Sus tumbas serían más ostentosas, con efigies y extensos epitafios grabados en lápidas de mármol. Y estarían dentro, en la capilla.
La iglesia tenía un aspecto lúgubre. Las viejas ventanas, angostos fragmentos de vidrio verdoso contenidos en un sólido entramado de arcos de piedra, dejaban entrar una luz sepulcral que iluminaba débilmente la pálida piedra de las columnas y los arcos, las blanqueadas bóvedas entre las vigas negras del techo y la madera pulimentada de los bancos. En cuanto mis ojos se acostumbraron a la tenue luz, examiné las lápidas y los monumentos que descansaban en la pequeña capilla. Todos los Angelfield muertos desde hacía siglos tenían sus epitafios allí, renglones y renglones de locuaz encomio, grabados sin reparar en gastos en costoso mármol. Ya volvería otro día para descifrar las inscripciones de esas primeras generaciones; entonces solo estaba buscando un puñado de nombres.
Con la muerte de George Angelfield terminaba la elocuencia fúnebre. Charlie e Isabelle —presumiblemente fueron ellos quienes así lo decidieron— no parecían haber puesto mucho empeño en resumir la vida y la muerte de su padre para las generaciones futuras. « Liberado de las penas terrenales, descansa ahora con su Salvador» era el lacónico mensaje grabado en su lápida. El papel de Isabelle en este mundo y su marcha del mismo aparecía resumido en términos bastante convencionales: « Adorada madre y hermana, partió a un lugar mejor» . No obstante, anoté la frase en mi libreta e hice un cálculo rápido. ¡Más joven que yo! No tan trágicamente joven como su marido, pero había muerto a una edad muy temprana.
Estuve a punto de saltarme a Charlie. Descartadas aquella tarde el resto de lápidas de la capilla, me disponía a tirar la toalla cuando mis ojos divisaron finalmente una losa pequeña y oscura. Tan pequeña y tan negra que parecía concebida para que resultara invisible o, cuando menos, insignificante. Como no había pan de oro que iluminara las letras, fui incapaz de descifrarlas con solo mirar, de manera que alargué una mano y palpé la inscripción, palabra por palabra, con las yemas de los dedos, como si fuera braille.
Charlie Angelfield, desapareció en la oscura noche. Nunca volveremos a verlo.
No había fechas. Sentí un escalofrío. Me pregunté quién habría elegido esas palabras. ¿Vida Winter? ¿Y qué emoción escondían? Tuve la impresión de que el texto encerraba cierta ambigüedad. ¿Expresaba el dolor de una pérdida o era la despedida triunfal de los supervivientes de una mala persona?
Cuando salí de la iglesia y eché a andar lentamente por el camino de grava hacia la verja de la casa del guarda sentí un escrutinio leve, casi ingrávido, en la espalda. Aurelius se había ido, por tanto, ¿qué era? ¿El fantasma de Angelfield, o los ojos calcinados de la casa? Probablemente no fuera más que un ciervo que me observaba, invisible, desde la penumbra del bosque.
—Es una pena que no puedas ir a casa unas horas —dijo mi padre en la librería esa noche.
—Ya estoy en casa —protesté fingiendo no entenderlo.
Sin embargo, yo sabía que estaba hablando de mi madre. Lo cierto era que no podía soportar su brillo de hojalata, ni la inmaculada claridad de su casa. Yo vivía entre sombras, me había hecho amiga de mi dolor, pero sabía que en casa de mi madre mi dolor no era bienvenido. A ella le habría encantado tener una hija jovial y habladora cuya alegría le hubiera ayudado a desterrar sus propios miedos. En realidad, mi madre temía mis silencios. Prefería mantenerme alejada.
—Tengo muy poco tiempo —expliqué—. La señorita Winter está impaciente por que prosigamos con el trabajo. Además, solo quedan unas semanas para Navidad. Volveré para entonces.
—Sí —dijo papá—. Falta poco para Navidad.
Parecía triste y preocupado. Sabía que yo era el motivo de su tristeza y su preocupación, y lamentaba no poder hacer nada al respecto.
—He cogido algunos libros para llevármelos a casa de la señorita Winter. Lo he anotado en las fichas. —Está bien. No te preocupes.

********
Esa noche, arrancándome de mi sueño, siento una presión en el borde de mi cama. El pico de un hueso apretándose contra mi carne a través de las mantas.
¡Es ella! ¡Por fin ha venido a buscarme!
Solo tengo que abrir los ojos y mirarla, pero el miedo me paraliza. ¿Qué aspecto tendrá? ¿Será como yo? ¿Alta, delgada y de ojos oscuros? ¿O, he ahí mi temor, ha venido directamente desde la tumba? ¿Con qué cosa horrible estoy a punto de encontrarme, de reencontrarme?
El miedo desaparece.
Me he despertado.
Ya no siento la presión a través de las mantas. Solo había existido en mi sueño. No sé si me siento aliviada o decepcionada.
Me levanto, hago la maleta y en la desolación del amanecer invernal caminé hasta la estación para tomar el primer tren al norte.



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