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Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

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Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por Maga el Vie 30 Mar - 22:56

Proyecto Especial de Lectura BQ

INDICACIONES 
Bueno chicas en abril iniciamos este proyecto especial de lectura, como ven la ganadora es la trilogía Legend de Marie Lu. Entonces este proyecto tendrá puntos especiales y medalla especial alusiva a la trilogía, la cual ya esta en proceso de creación; por supuesto ganaran estos premios las que sigan por completo el proyecto especial de lectura, es decir las que lean aquí en conjunto y comentando, la trilogía. Aun así al terminar cada lectura igualmente ganaran los puntos y medallas normales. 

Como son tres libros, voy a recibir ayuda de mis chicas increíbles @mariateresa y @yiniva quienes me van ayudar con la moderación. 

RECUERDEN: que este es un proyecto especial, no nos vamos a regir por un cronograma especifico, ni tenemos fecha de culminación de cada lectura, una vez que se termine un libro voy a dar unos días de descanso y luego continuamos con el siguiente. Ustedes deciden si siguen la lectura o no. Solo que al final de toda la trilogía revisaré quien participó desde el inicio y se llevaran los puntos y medalla especial. 

Además este proyecto es aparte de la lectura normal que hacemos todos los meses, en abril tomaremos el primer libro como lectura de abril y allí si les gusta la lectura decidieran si siguen o no. Para mediados de abril se realizaran propuestas y sondeo para la lectura de mayo.

Cualquier duda avísenme. 
Este primer libro inicia el lunes 02-04-18 a cargo de @mariateresa



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Maga

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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por Veritoj.vacio el Dom 1 Abr - 0:59

Me apunto


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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por yiany el Dom 1 Abr - 12:19

me apunto


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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por yiniva el Dom 1 Abr - 14:28

Yo también


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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por marquesa2 el Dom 1 Abr - 15:56

Vamos con ello
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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por Celemg el Dom 1 Abr - 17:02

Me apunto y espero ke me guste.. no soy futurista jajaja


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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por berny_girl el Dom 1 Abr - 17:27

No es el estilo que mas me gusta, pero me sumo... quien sabe y me sorprendo.


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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por DESI el Dom 1 Abr - 18:52

Me anoto






 

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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por citlalic_mm el Dom 1 Abr - 20:25

ok, esperemos este interesante
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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por Emotica G. W el Dom 1 Abr - 20:37

Me unooo



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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por graciela laya el Dom 1 Abr - 20:48

me apunto
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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por Maria-D el Lun 2 Abr - 3:31

sunny  Gracias, chicas.



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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por charolai el Lun 2 Abr - 4:13

Tratare de seguuirlas


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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por marquesa2 el Lun 2 Abr - 8:52

¿Cuando empezamos?
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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por ecbermudez el Lun 2 Abr - 13:05

Me unooooo!!!!
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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por Maga el Lun 2 Abr - 17:17

Sinopsis


La República, situada en lo que en tiempos fue la costa oeste de los Estados Unidos, está embarcada en una guerra interminable con el país vecino, las Colonias. June y Day, dos ciudadanos de la República, tienen la misma edad —quince años— y viven en la misma ciudad —Los Ángeles—. Y sin embargo, habitan en mundos opuestos: mientras
que June es una chica privilegiada, destinada a ocupar un lugar en la elite del país por su condición de niña prodigio, Day vive en la clandestinidad y se dedica a sabotear los manejos de un gobierno que considera corrupto y asesino.
No hay ninguna razón para que los caminos de June y de Day se crucen... hasta el día en que Metias, el hermano de June, es asesinado, y Day se convierte en el principal sospechoso del crimen. Entonces, June y Day emprenden un mortal juego del ratón y el gato, en el que él lucha por la supervivencia de su familia mientras ella busca vengar la muerte de su hermano.


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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por Maga el Lun 2 Abr - 17:28

Los Ángeles,
California
REPÚBLICA DE AMÉRICA
POBLACIÓN: 20.174.282








Primera Parte
El chico que camina en la
luz


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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por Maga el Lun 2 Abr - 17:35

DAY


Mi madre cree que estoy muerto.
Obviamente, no lo estoy. Sin embargo, prefiero que ella no sepa la verdad porque sería
demasiado arriesgado. Por lo menos dos veces al mes aparece el cartel de «Se busca»
con mi foto en las pantallas gigantes que hay por todo el centro de Los Ángeles. Parece
fuera de lugar. La mayoría de las imágenes que proyectan las pantallas son felices:
niños sonrientes bajo un cielo azul, turistas que posan frente a las ruinas del Golden Gate, publicidad de la República en letras brillantes… También hay propaganda contra las colonias. «Las Colonias quieren nuestra tierra», declaran los anuncios. «Desean lo que no tienen. ¡No les permitas conquistar nuestro hogar! ¡Apoya la causa!».
Entonces aparece mi ficha policial. La pantalla resplandece y muestra esto:

BUSCADO POR LA REPÚBLICA
EXPEDIENTE 462178.3233. «DAY».
……………………………………………………………
DELITOS: ALLANAMIENTO, INCENDIO, ROBO,
DESTRUCCIÓN DE PROPIEDAD MILITAR,
BOICOT DE LA ACCIÓN BÉLICA.
RECOMPENSA: 20.000 BILLETES A QUIEN OFREZCA INFORMACIÓN FIABLE.

El texto va acompañado de una foto distinta cada vez. En una ocasión aparecía un chico con gafas y pelo ensortijado de color cobrizo. En otra, un chico rapado con los ojos negros. En ocasiones soy negro, otras blanco, a veces de piel olivácea, morena,
amarillenta, roja o del color que se les ocurra.
Es decir, que la República no tiene ni la menor idea de cuál es mi aspecto. Me temo que
no saben casi nada sobre mí, excepto que soy joven y que no encuentran mis huellas
digitales en sus bases de datos. Por eso me odian. No soy el criminal más peligroso del
país, pero sí el más buscado, porque los pongo en ridículo.
Acaba de atardecer, pero ya está oscuro y las luces de las pantallas se reflejan en los
charcos. Estoy en el tercer piso de un edificio, sentado en el alféizar de una ventana
ruinosa, tras unas vigas oxidadas. En tiempo esto fue un bloque de viviendas, pero
ahora está destrozado. Las bombillas están rotas, hay trozos de cristal por todas partes
y la pintura se desprende de las paredes. En una esquina hay tirado un retrato del
Elector Primo. Me pregunto quién viviría aquí, porque no sé de nadie tan loco como
para despreciar así un retrato del Elector.
Llevo el pelo recogido bajo una vieja gorra de visera, como de costumbre. Estoy casi
inmóvil, con los ojos fijos en la casita de una planta que hay al otro lado de la calle. La
única parte de mi cuerpo que se mueve son los dedos de mi mano derecha, que
manosean el colgante que llevo al cuello. Tess está apoyada en la otra ventana de la
habitación, mirándome. Me noto inquieto esta noche y, como siempre, ella lo percibe.
La peste está castigando con mucha fuerza a los habitantes del sector Lake. El brillo de
las pantallas gigantes me permite distinguir a los soldados que inspeccionan las casas
del final de la calle. Visten capas amplias de color negro y llevan máscaras de gas.
A veces, al salir de una casa, la marcan con una enorme equis roja en la puerta. Después
de eso, nadie vuelve a salir ni a entrar. Al menos, mientras haya alguien mirando.
—¿Aún no los ves? —susurra Tess con expresión sombría.
Me pongo a fabricar un tirachinas con unos trozos de tubería de PVC; necesito
distraerme.
—No he cenado. Tendrían que haberse sentado a la mesa hace horas.
Cambio de postura y estiro mi rodilla mala.
—Puede que no estén en casa… —sugiere ella.
Le lanzo una mirada de irritación. Solo trata de consolarme, pero no estoy de humor.
—La luz está encendida. Mira esas velas: mi madre jamás gastaría velas si no hubiera
nadie en casa.
Tess se acerca.
—Deberíamos irnos de la cuidad durante un par de semanas —intenta que su voz
suene tranquila, pero el miedo está ahí—. Pronto remitirá un poco la peste y podrás
volver a visitarlos. Tenemos dinero más que suficiente para pagar dos billetes de tren.
Niego con la cabeza.
—Una noche a la semana, ¿recuerdas? Déjame verlos una noche a la semana.
—Ya. Pero es que has venido todas las noches de esta semana.
—Quiero asegurarme de que están bien.
—¿Y si te contagias?
—Correré el riesgo. Y no hace falta que vengas conmigo; podrías haberme esperado en
el sector Alta.
—Alguien tiene que cuidarte —repone Tess encogiéndose de hombros. Tiene dos años
menos que yo, pero a veces se comporta como si fuera mi niñera.
Aguardamos en silencio mientras la patrulla avanza por la calle. Cada vez que se paran
delante de una puerta, un soldado llama, otro se queda a su lado con el arma en la
mano y los demás esperan detrás. Si la puerta no se abre en menos de diez segundos,
el primer soldado la derriba de una patada. No veo lo que hacen cuando están dentro,
pero conozco el procedimiento: toman muestras de sangre de los habitantes de la
casa, las comprueban en el lector portátil y verifican si tiene la peste. El proceso
completo dura diez minutos.
Voy contando los edificios que quedan entre los soldados y mi familia. Aún me queda
una hora de espera.
De pronto se oye un grito al otro extremo de la calle. Vuelvo la vista y me llevo la mano
al cuchillo del cinturón. Tess contiene el aliento.
Es una apestada. Debe de llevar meses deteriorándose, porque tiene la piel agrietada y
sangra por todas partes. Me pregunto cómo se les habrá pasado por alto a las patrullas
en las inspecciones previas. Avanza por la calzada trastabillando y cae de rodillas. Dirijo
la vista hacia los soldados: ya la han visto. El que lleva el arma desenfundada se acerca y los once restantes se quedan donde están, mirándola. Una apestada no supone una
gran amenaza. El soldado alza el arma, apunta y envuelve a la apestada en una lluvia de
chispas.
Ella se derrumba y queda inmóvil. El soldado se reúne con sus compañeros.
Me gustaría tener un arma como esa. No cuestan demasiado: cuatrocientos ochenta
billetes, menos que una estufa. Como todas las armas, funciona por
electromagnetismo y te permite dar en el blanco aunque el objetivo se encuentre a tres
edificios de distancia. Es tecnología robada a las Colonias; me lo dijo mi padre, aunque
está claro que la República nunca lo admitirá. Tess y yo podríamos comprar cinco de
esas, si quisiéramos: con los años he aprendido a ahorrar, a guardar el dinero extra que
robamos, y lo escondo para usarlo en caso de emergencia.
Pero el problema de las armas no es que sean caras, sino lo fácil que resulta rastrearte
si las usas. Cada una lleva un sensor que registra la forma de la mano, las huellas
digitales y la ubicación.
Y eso, claro, podría delatarme.
Así que me quedo con mis armas de fabricación casera: tirachinas hechos con tuberías y
cables y demás trastos.
—Han encontrado uno más —me informa Tess, entrecerrando los ojos para ver mejor.
Bajo la vista: los soldados salen de otra casa. Uno agita un spray de pintura antes de
dibujar una equis enrome en la puerta. Conozco esa casa. Allí vivía una chica de mi
edad. Mi hermano y yo jugábamos con ella de pequeños a policías y ladrones o al
hockey, con un atizador de hierro o un palo de escoba y una bola de papel.
Tess señala el paquete de tela que tengo al lado; sé que trata de distraerme para que
no me preocupe tanto.
—¿Qué les has traído?
Sonrío y desato el nudo.
—Algo de lo que he conseguido esta semana. En cuanto pase la patrulla, se van a dar
una fiesta —saco las provisiones y un par de gafas de soldador usadas. Las observo con
atención para asegurarme de que no se han roto los cristales—. Son para John. Un
regalo de cumpleaños por adelantado.
Mi hermano mayor cumple diecinueve esta semana. Hace un turno de catorce horas en
la central eléctrica del vecindario, y siempre vuelve a casa frotándose los ojos por culpa
del humo. Estas gafas fueron un hallazgo afortunado: las robé de un cargamento de
suministros militares.
Las guardo con el resto de las cosas; la mayoría son latas de carne picada y estofado de
patata que robé de la cocina de un avión. También hay un par de zapatos viejos con las
suelas intactas.
Me encantaría estar con ellos cuando abran el paquete. Pero John es el único que sabe
que estoy vivo, y ha prometido no decirles nada a mi madre y a Eden.
Eden hará diez años dentro de dos meses. En cuanto los cumpla, tendrá que pasar la
prueba. Yo la suspendí; por eso me preocupa Eden. Aunque es el más listo de los tres,
también es muy parecido a mí. Cuando terminé la Prueba, estaba tan seguro de haber
acertado las respuestas que ni siquiera me molesté en comprobarlas.
Entonces, uno de los administradores me condujo a una esquina del estadio lleno de
niños donde se celebraba la Prueba, estampó un sello rojo en mi examen y me metió en
un tren que iba al centro. Lo único mío que llevaba encima era el colgante que llevo al
cuello. Ni siquiera permitieron que me despidiera de mi familia.
Cuando un niño hace la Prueba, le pueden ocurrir varias cosas.
Digamos que consigue una puntuación perfecta: 1.500 puntos. Nadie ha sacado eso
salvo una persona, hace ya unos años. Los militares montaron un auténtico alboroto.
¿Quién sabe lo que le espera a un chico que saque una nota alta? Dinero a montones y
poder, supongo.
Saca entre 1.450 y 1.499: puede darse por contento. Tendrá acceso a seis años de
estudio en el instituto, y luego otros cuatros en una de las mejores universidades de la
República: Drake, Stanford o Brenan. Después, le contrata el Congreso y gana un
montón de dinero. Alegría, alborozo. Al menos, desde el punto de vista de la República.
Consigue una buena puntuación, entre 1.250 y 1.449 puntos: puede seguir estudiando
en el instituto y luego va a la universidad técnica. No está mal.
Si saca entre 1.000 y 1.249, el Congreso le impide ir al instituto. Pasa a formar parte de la
clase marginal, como mi familia. Lo más fácil es que acabe trabajando en una turbina de
agua (hasta que se ahogue) o en una central eléctrica de vapor (hasta que se cueza
vivo). Ha fracasado.
Y también puede suspender.
Quienes suspenden suelen ser niños de los barrios bajos. Si eres uno de ellos, la
República manda un funcionario a tu casa para obligar a tus padres a firmar un contrato
por el que ceden tu custodia al gobierno. Les dice que has sido enviado a un campo de trabajo de la República y que no volverán a verte. A los padres no les queda más
remedio que creerles y aceptar. Algunos incluso se alegran, porque la República les da
en compensación mil billetes. ¿Dinero y una boca menos que alimentar? ¡Qué gobierno
tan considerado!
¿La pega? Que es mentira. Un niño inferior, con malos genes, carece de utilidad para el
país. Si tiene suerte, el Congreso le permitirá morir antes de mandarle al laboratorio
para examinar sus imperfecciones.
Quedan cinco casas. Tess ve la preocupación en mis ojos y me pone una mano en la
frente.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, perfectamente.
No despego los ojos de la ventana, y por fin distingo una cara familiar. Eden se asoma y
contempla a los soldados. Los apunta con un cacharro metálico que parece de
fabricación casera, se agacha y desaparece de mi vista. Sus rizos lanzan un destello
blanco a la luz parpadeante de la lámpara. Conociéndole, es fácil suponer que ha
construido un aparato para medir distancias o algo parecido.
—Está más delgado —murmuro.
—Está vivo y camina —replica Tess—. Yo diría que eso es todo un triunfo.
Unos minutos después vemos a John y a mi madre deambular al fondo de la habitación,
lejos de la ventana. Hablan muy concentrados. John y yo nos parecemos bastante,
aunque él se ha vuelto más robusto de trabajar todo el día en la central. Como la
mayoría de los hombres de nuestro sector, lleva el pelo largo y recogido en una coleta.
Su chaleco está lleno de manchas rojizas de arcilla. Juraría que mi madre le está
regañando por algo, seguramente por permitir que Eden se asomara a la ventana. De
repente, le da un ataque de tos y aparta de un golpe la mano de John. Dejo escapar un
suspiro de alivio: al menos los tres están lo bastante sanos como para caminar. Aunque
alguno de ellos esté infectado, tal vez puedan recuperarse. No hago otra cosa que
pensar en lo que sucederá si los soldados marcan su puerta. Mi madre y mis hermanos
se quedarán quietos y callados en el cuarto de estar hasta mucho después de que se
hayan ido los militares. Luego, mi madre pondrá su gesto de resolución habitual y lo
mantendrá hasta la noche, cuando llorará en silencio. Por la mañana, empezarán a
recibir pequeñas raciones de alimentos y agua y solo podrán esperar hasta recuperarse.
O hasta morir.
Dejo que mi mente vague y pienso en el alijo de dinero robado que hemos escondido
Tess y yo. Dos mil quinientos billetes. Suficiente para comer durante meses, pero no lo
bastante para comprarle a mi familia vacunas contra la peste.
Los minutos se arrastran. Dejo a un lado el tirachinas y echo un par de partidas a piedra,
papel o tijera con Tess. (No sé por qué, pero es buenísima jugando a esto). Aunque
miro a cada poco la ventana de mi madre, no vuelvo a distinguir a nadie. Se han debido
de quedar los tres junto a la puerta, preparados para abrirla en cuanto oigan el ruido
del puño contra la madera.
Entonces llega el momento. Me inclino sobre el alféizar, tanto que Tess me agarra del
brazo para impedir que me caiga. Los soldados llaman a la puerta. Mi madre abre de
inmediato, les deja entrar y cierra. Me esfuerzo por escuchar voces, paso, cualquier
sonido que salga de mi casa. Cuanto antes acabe esto, antes podré darle mis regalos a
John.
El silencio se prolonga.
—Falta de noticias, buenas noticias, ¿no? —musita Tess.
—Muy graciosa.
Cuento mentalmente los segundos. Pasa un minuto. Luego dos, después cuatro. Diez
minutos.
Quince. Veinte minutos.
Me giro hacia Tess, que se encoge de hombros.
—Puede que tengan el lector estropeado —sugiere.
Ha pasado media hora. No me atrevo a moverme de mi puesto de vigilancia; tengo
miedo de que pase algo. Parpadeo velozmente y tamborileo con los dedos en el mango
del cuchillo.
Cuarenta minutos. Cincuenta. Una hora.
—Aquí pasa algo raro —susurro.
Tess frunce los labios.
—Eso no lo sabes.
—Sí que lo sé. ¿Por qué tardan tanto?
Tess abre la boca para responder, pero antes de que pueda decir nada, los soldados
salen de mi casa en fila india. Sus rostros son inexpresivos. Finalmente el último cierra
la puerta y se lleva la mano al cinturón. Me asalta una oleada de vértigo: sé lo que viene
después.
El soldado traza una línea roja que cruza la puerta en diagonal, y luego pinta otra para
formar una equis. Maldigo en silencio. Estoy a punto de darme la vuelta cuando le veo
hacer algo inesperado, algo que no he visto hasta ahora.
Alza la mano y traza una tercera línea vertical que corta la equis por la mitad.


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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por yiniva el Lun 2 Abr - 22:44

Primer capítulo y siento que me va a gustar, me parece muy interesante


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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por graciela laya el Lun 2 Abr - 23:12

Buenísimo, muy interesante esperando el otro gracias!!!
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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por Veritoj.vacio el Mar 3 Abr - 0:37

esta atrapante la historia, muchas gracias


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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por berny_girl el Mar 3 Abr - 5:26

No tengo mucho que decir en el primer capitulo... voy a esperar avanzar un poco mas para ver si me logro enganchar o no con la lectura
Cuantos capítulos serán por días? 


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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por Maga el Mar 3 Abr - 14:59

@berny_girl escribió:No tengo mucho que decir en el primer capitulo... voy a esperar avanzar un poco mas para ver si me logro enganchar o no con la lectura
Cuantos capítulos serán por días? 
solo uno, aunque hay algunos cortos que cuando toquen se colocaran dos


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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por DESI el Mar 3 Abr - 15:04

Gracias por los capi... 

Esperemos a ver como evoluciona la historia y ver si me atrapa al igual que @berny_girl






 

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Re: Lectura de Trilogía: Legend-Marie Lu #1

Mensaje por mariateresa el Mar 3 Abr - 15:36

JUNE

13:47
Universidad de Drake, sector Batalla
Temperatura interior: 22°C


Estoy sentada en el despacho de la secretaria del decano. Otra vez. Al otro lado de la 
puerta de vidrio esmerilado se agolpan muchos de mis compañeros —mayores, por lo 
menos me sacan cuatro años—. Quieren enterarse de lo que pasa. Algunos vieron 
cómo dos policías militares me sacaban de la clase de instrucción esta tarde (lección de 
hoy: cómo cargar y descargar un fusil XM-62I). Cada vez que pasa algo así, la noticia se 
extiende rápidamente por todo el campus.
La niña prodigio, la favorita de la República, se ha vuelto a meter en líos. En el despacho 
reina un silencio solo roto por el zumbido del ordenador. He memorizado cada detalle 
de la estancia (suelo de baldosas de mármol de Dakota cortadas a mano, trescientas 
veinticuatro placas de plástico cuadradas en el techo, seis metros de cortina de color 
gris que cuelga a ambos lados del glorioso retrato del Elector en la pared del fondo, 
pantalla de treinta pulgadas en una lateral a la que le han quitado el sonido. Aparece un 
titular: «GRUPO DE TRAIDORES PATRIOTAS ATENTAN CONTRA EMPLAZAMIENTO 
MILITAR, CINCO MUERTOS». Le sigue otro: «LA REPÚBLICA DERROTA A LAS COLONIAS 
EN LA BATALLA DE HILLSBORO»).
Arisna Whitaker, la secretaria del decano, da rápidos toques con las yemas de los dedos 
en el cristal que recubre su mesa. Debe de estar redactando un informe sobre mí. Sera 
el octavo de este trimestre. Supongo que soy la única estudiante de Drake que ha 
recibido tantas amonestaciones sin que la hayan expulsado.
—¿Se hizo daño ayer en la mano, señora Whitaker? —pregunto al cabo de un rato.
Se detiene y me mira.
—¿Qué le hace pensar eso, señorita Iparis?
—Las pausas que hace al pulsar. Está usando más la mano izquierda que la derecha.
Whitaker suspira y se recuesta en la silla.
—Sí, June. Me torcí la muñeca ayer jugando al kivaball.
—Cuánto lo lamento. Debería lanzar la bola con todo el brazo, en lugar de con la 
muñeca.
Aunque solo pretendía hacer un comentario amable, ha sonado un poco presuntuoso, 
como si quisiera quedar encima de ella. Desde luego no parece muy contenta.
—Dejemos una cosa clara, señorita Iparis: usted se cree muy lista. Tal vez piense que 
sus calificaciones perfectas la hacen merecedora de un trato especial. E incluso puede 
suponer que tiene fans en la universidad —hace un gesto hacia los estudiantes que se 
apelotonan al otro lado de la puerta—. Pero le aseguro que estoy harta de verla en mi 
oficina. Créame, cuando se gradúe y le asignen lo que quiera que el país elija para usted, 
este tipo de numeritos suyos no impresionarán a sus superiores. ¿Me está usted 
entendiendo?
Asiento con la cabeza porque es lo que espera que haga, pero está equivocada. No es 
que me crea muy lista; es que soy la única persona de toda la República que sacó una 
puntuación de 1.500 en la prueba. Me enviaron aquí, a la mejor universidad del país, 
cuando tenía doce años, cuatro antes de lo habitual. Después me adelantaron un año 
más: me salte el segundo curso y pasé directamente a tercero. Llevo tres años sacando 
las máximas calificaciones de Drake. Soy lista. Tengo lo que la República considera 
«buenos genes»; y como dicen mis profesores una y otra vez, una buena genética crea 
buenos soldados que tendrán mayores posibilidades de derrotar a las Colonias. Y si me 
da la impresión de que mi clase de la tarde no me aporta suficientes conocimientos 
sobre la mejor manera de escalar edificios, llevando armas a cuestas, entonces… 
bueno, yo no tengo la culpa si decido subir un bloque de diecinueve pisos con una XM-
62I sujeta a la espalda. A eso se le llama esforzarse y superar los propios límites por el 
bien del país.
Se rumorea que, en cierta ocasión, Day trepó cinco pisos en menos de 8 segundos. Y 
Day es el criminal más buscado de la República. ¿Cómo vamos a atraparlo si no somos 
igual de rápidos que él? Y si no somos capaces de detener a una sola persona, ¿cómo 
vamos a ganar la guerra?
El escritorio de la señorita Whitaker suelta tres pitidos y ella aprieta un botón.
—¿Sí?
—El capitán Metias Ipari espera en la puerta —contesta una voz—. Quiere ver a su 
hermana.
—Muy bien. Déjele entrar —suelta el botón y me apunta con un dedo—. Espero que su 
hermano empiece a vigilarla mejor, señorita Iparis. Porque como acabe otra vez en mi 
oficina este trimestre
—Metias lo está haciendo perfectamente. Mucho mejor de lo que lo harían nuestros 
padres muertos.
Mis palabras se hacen más ásperas de lo que pretendía. Se hace un silencio incómodo.
Por fin, al cabo de lo que me parece una eternidad, oigo un alboroto en el pasillo, y a
través del cristal esmerilado veo cómo las siluetas de los estudiantes se apartan para 
dejar espacio a una sombra alta. Mi hermano.
La puerta se abre. Metias entra, y en el pasillo distingo a unas cuantas chicas que 
sonríen tapándose la boca con la mano. Pero mi hermano solo tiene ojos para mí. 
Somos muy parecidos: los mismos ojos oscuros con un brillo dorado, las pestañas 
largas y el pelo negro. Mi hermano es muy guapo; incluso con las puertas cerradas se 
oyen las risitas y los susurros del exterior. Debe de haber venido directo desde su 
patrulla hasta el campus, porque lleva puesto el uniforme completo: chaqueta negra de 
oficial con doble hilera de botones dorados, guantes (de neopreno, tejidos con fibra 
anticortes y bordados con sus galones de capitán), charreteras brillantes en los 
hombros, gorra de plato, pantalones negros y botas lustrosas. Mis ojos se encuentras 
con los suyos.
Está furioso.
La señora Whitaker le dedica una sonrisa resplandeciente.
—¡Ah, capitán! —exclama—. Es un placer verle.
Metias se toca el borde de la gorra en un saludo cortés.
—Lamento que vuelva a ser en estas circunstancias —responde—. No sabe cuánto lo 
siento.
—No se preocupe, capitán —la secretaria del decano hace un aspaviento para restarle 
importancia; no puede resultar más hipócrita, especialmente después de lo que acaba 
de decir sobre Metias—. Difícilmente puede ser responsabilidad suya. Su hermana fue sorprendida escalando un rascacielos hoy, a la hora de comer. Se alejó dos manzanas 
del campus para hacerlo. Como bien sabe, los estudiantes solo pueden escalar los 
muros habilitados para este uso dentro del campus, y abandonar el recinto durante la 
jornada lectiva está prohibido.
—Sí, soy consciente de ello —la interrumpe Metias mirándome por el rabillo del ojo—. 
He visto los helicópteros sobrevolando Drake al medio día y albergaba la sospecha de 
que… June tenía algo que ver con eso.
Fueron tres helicópteros. Como no podían hacerme bajar de otro modo, me lanzaron 
una red.
—Gracias por todo —remacha Metias mientras hace chascar los dedos: es la señal para 
que me levante—. Cuando June regrese al campus, mantendrá un comportamiento 
intachable.
Ignoro la sonrisa falsa de la señorita Whitaker y sigo a mi hermano. Salimos de la oficina 
y los estudiantes se agolpan a nuestro alrededor.
—¡June! —un chico llamado Dorian se acerca a nosotros; lleva dos años pidiéndome 
(sin éxito) que vaya con él al baile de Drake—. ¿Es cierto? ¿A qué altura has llegado?
Metias lo interrumpe con una mirada severa.
—June se va a casa.
Su mano se posa con firmeza en mi hombro y me separa de mis compañeros de clase. 
Vuelvo la cabeza.
—Catorce pisos —informo con una sonrisa, y los murmullos se reanudan.
Me temo que esta es mi relación con los demás alumnos de Drake; es lo más cercano a 
la amistad que tengo. Me respetan, discuten sobre mí y cotillean. En realidad, apenas 
hablan conmigo.
Así es la vida de una chica de quince años en una universidad para mayores de dieciséis.
Metias no dice una palaba más mientras avanzamos por los pasillos. Atravesamos el 
patio, pasamos junto a la estatua del Elector y llegamos hasta uno de los gimnasios 
cubiertos. Un grupo practica las maniobras de la tarde, en las que se supone que yo 
debería estar participando. Contemplo cómo mis compañeros corren por una pista 
gigantesca, rodeaba por una pantalla en la que se proyecta un campo de batalla 
desolador. Todos sostienen los fusiles al frente y disparan tan rápido como pueden, sin
dejar de correr. En las demás universidades no hay tantos estudiantes militares, pero en 
Drake casi todos seremos asignados al ejército de la República. Uno pocos se dedicarán 
a la política en el Congreso, y otros serán elegidos para quedarse en la enseñanza; pero 
Drake es la mejor universidad del país y, dado que los mejores siempre acaban en el 
ejército, nuestro campo de maniobras suelen estar lleno de estudiantes.
Cuando salimos del campus y me subo al asiento trasero del todoterreno, Metias es 
incapaz de contener su enfado.
—¿Suspendida una semana? ¿Me quieres explicar esto? Me paso la mañana lidiando con 
patriotas rebeldes y ¿con qué me encuentro? Helicópteros a dos manzanas de Drake. 
Una chica escalando un rascacielos.
Le dirijo una mirada amistosa a Thomas, el oficial que hace de conductor.
—Lo siento —murmuro.
Metias se gira en el asiento del copiloto y entorna los ojos.
—¿Se puede saber en qué estabas pensando? ¿No sabes que está prohibido salir del 
campus?
—Sí, lo sé.
—Por supuesto. Tienes quince años. Y no se te ocurre mejor cosa que escalar catorce 
pisos con… —se interrumpe, respira hondo, cierra los ojos y recupera el control—. Por 
una vez, agradecería poder dedicarme a mi trabajo sin tener que preocuparme por los 
que estás o no estás haciendo.
Busco los ojos de Thomas en el retrovisor, pero su mirada está fija en la carretera. Por 
supuesto no va a apoyarme. Tiene el mismo aspecto pulcro de siempre, con su pelo 
perfectamente liso y su uniforme perfectamente planchado. Ni un hilo fuera de su sitio. 
Puede que Thomas sea mucho más joven que Metias y esté bajo su mando, pero es la 
persona más disciplinada que conozco. A veces desearía tener tanta disciplina como él. 
Supongo que desaprobaría mi hazaña incluso más que Metias.
Dejamos atrás el centro de Los Ángeles y seguimos en silencio por la sinuosa carretera. 
El paisaje va cambiando a medida que nos adentramos en el sector Batalla: pasamos de 
los rascacielos de cien pisos a barrios muy poblados, con bloques de cuarteles y 
edificios de viviendas de entre veinte y treinta pisos de alto. En sus tejados parpadean 
luces rojas, y la mayoría tiene la pintura desconchada por las tormentas que ha habido 
este año. Muchos han sido reforzados con vigas metálicas provisionales; espero que las
arreglen pronto. La actividad en el frente ha sido muy intensa últimamente, y por eso la 
mayor parte del presupuesto se dedica al ejército en vez de las infraestructuras. No sé 
si estos edificios podrían soportar otro terremoto.
Después de unos minutos, Metias habla con voz más tranquila.
—Hoy me has asustado de verdad —admite—. Tenía miedo de que te confundieran 
con Day y te dispararan por error.
No creo que lo diga como un cumplido, pero no puedo evitar sonreír. Me echo hacia 
adelante y apoyo los brazos en su respaldo.
—Eh, tú —le tiro de la oreja como lo hacía cuando era niña—. Siento haberte 
preocupado.
Se le escapa la risa: ya se le está pasando el enfado.
—Es lo que dices siempre, bichito. ¿No tienes bastantes cosas que hacer en Drake? Me 
extraña que te quede tiempo y ganas para buscarte más líos…
—Ya sabes: si me llevaras de misión contigo, aprendería muchísimo más y no me 
metería en problemas.
—Buen intento. No vas a ir a ninguna parte hasta que te gradúes y te asignen a una 
patrulla.
Me muerdo la lengua. Metias me permitió una vez —una— acompañarle en una 
misión, el año pasado, cuando todos los alumnos de tercero hicimos prácticas en el 
ejército. Su comandante le ordenó apresar y matar a un prisionero de guerra que había 
huido. Metias y yo perseguimos al objetivo adentrándonos más y más en nuestro 
territorio, dejando atrás la frontera entre la República y las Colonias, lejos del frente de 
batalla donde los aviones llenan el cielo. Yo lo acorralé en un callejón de Yellow Stone, 
en Montana, y Metias le disparó.
Durante la persecución me rompí tres costillas y acabé con un cuchillo clavado en la 
pierna. Ahora Metias se niega a llevarme a ninguna parte.
—Bueno, dime —susurra al fin Metias, tratando de disimular su curiosidad con poco 
éxito—. ¿Cuánto tardaste en escalar catorce pisos?
Thomas carraspea con desaprobación, pero yo esbozo una sonrisa. La tormenta ha 
pasado: Metias vuelve a quererme.
—Seis minutos —le respondo en voz baja—. Y cuarenta y cuatro segundos. ¿Qué te 
parece?
—Que tiene que ser un récord. A ver: no es que apruebe lo que hayas hecho…
Thomas frena justo detrás de la línea de un semáforo en rojo y le lanza a Metias una 
mirada de exasperación.
—Vamos capitán —murmura—. June… eh… quiero decir la señorita Iparis no 
aprenderá nada si continúa alabándola por romper las reglas.
—No te lo tomes tan a pecho, Thomas —Metias le da una palmada en la espalda—. No 
está tan mal trasgredir las normas de vez en cuando, especialmente si lo haces para 
aumentar tus capacidades en beneficio de la República. Todos buscamos la victoria 
contra las Colonias, ¿no?
La luz se pone verde y Thomas clava los ojos en la carretera (parece haber tenido que 
contar hasta tres antes de poner el todoterreno en marcha.)
—Ya —musita—. Aun así, no debería animar a la señorita Iparis a que persista en su 
conducta, especialmente teniendo en cuenta que sus padres ya no están.
La boca de Metias se aprieta hasta convertirse en una línea, y en sus ojos aparece una 
mirada tensa que me resulta familiar.
No basta que yo posea una intuición extraordinariamente desarrollada, que saque las 
mejores notas en Drake o que se la mejor en las prácticas de defensa, de tiro y de lucha
cuerpo a cuerpo: aun así, en los ojos de Metias siempre anida el miedo. Teme que me 
suceda algo como el accidente de coche que se llevó a nuestros padres. Ese miedo 
nunca le abandona. Y Thomas lo sabe.
Yo no los conocí lo bastante como para echarlos tanto de menos. Cuando lloro su 
perdida, lloro porque no los recuerdo. Solo me acuerdo de unas piernas largas, adultas, 
que caminaban por nuestro apartamento, y de unas manos que me subían hasta una 
trona. Eso es todo. Los demás recuerdo de mi infancia —buscar un rostro conocido 
entre el público mientras me entregaban un premio, tomarme una sopa mientras me 
recuperaba de una enfermedad, recibir una reprimenda, meterme en la cama…—
están ocupados por Metias.
Nos alejamos del sector Batalla y atravesamos un barrio pobre (¿por qué los mendigos 
tendrán esa manía de invadir la calzada cuando pasa un coche?). Finalmente llegamos a 
los relucientes rascacielos con terrazas del sector Ruby: ya estamos en casa. Metias se
baja de primero. Cuando hago ademán de seguirle, Thomas me dirige una pequeña 
sonrisa.
—Ya nos veremos, señorita Iparis —se despide, tocando la visera de su gorra de plato.
Ya ni me molesto en intentar convencerle de que me llame June. Jamás lo hará. De 
todas formas, no está tan mal que te traten con respeto. Tal vez, cuando sea mayor, y si 
Metias no se desmaya ante la idea de que salga con un chico…
—Adiós, Thomas. Gracias por traerme —le devuelvo la sonrisa antes de salir del coche.
Metias espera a que se cierre la portezuela y se vuelve hacia mí.
—Hoy llegaré tarde —murmura, y de nuevo veo esa tensión en sus ojos—. No salgas 
sola. Hay noticias del frente: esta noche cortarán la electricidad en las zonas 
residenciales para emplear la energía en los aeropuertos. Así que quédate en casa ¿de 
acuerdo? Las calles estarán más oscuras que de costumbre.
Se me cae el alma a los pies. Ojala la República se dé prisa en ganar la guerra para poder 
disfrutar de un mes entero de electricidad sin cortes. 
—¿Adónde vas? ¿Puedo ir contigo?
—Tengo que supervisar el laboratorio del hospital central; van a entregar unas 
probetas de un virus mutado. No creo que me lleve toda la noche… Y de todos modos 
ya te lo he dicho: no hay más misiones para ti —Metias vacila—. Volveré a casa tan 
pronto como pueda, porque tenemos mucho de lo que hablar —me pone las manos en 
los hombros, haciendo caso omiso de mi expresión perpleja, y me da un beso rápido en 
la frente—. Te quiero, bichito —es su adiós habitual.
Se sube de nuevo al todoterreno.
—¡No pienso esperarte despierta! —le grito, pero el coche ya se aleja—. Ten cuidado 
—murmuro.
No tiene sentido decir nada más. Metias ya no puede oírme.


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